viernes, 25 de febrero de 2011

BIUTIFUL, DE ALEJANDRO GONZALEZ IñARRITU, CON JAVIER BARDEM




Otro calculado descenso a los infiernos








Por Luciano Monteagudo

El cine del mexicano Alejandro González Iñárritu opera por acumulación: en su promocionada trilogía integrada por Amores perros, 21 gramos y Babel (2000-2006), producto de su asociación con el guionista Guillermo Arriaga, el director no se conformaba con narrar una historia por vez, sino varias, a cual más trágica y sórdida. Las tres insistían con una misma fórmula –la de film coral, con múltiples acciones paralelas– de la que luego Arriaga, en una ruidosa polémica pública con Iñárritu, reclamó su autoría, incluso realizando él mismo una película (Camino a la redención) que llevaba al extremo estos tópicos, para que no quedaran dudas de quién era el padre de la criatura. Como consecuencia de ese litigio, en Biútiful Iñárritu no sólo cambió de guionista (ahora trabajó con los argentinos Armando Bo y Nicolás Giacobone) sino también de estructura narrativa. Pero no de mañas. Candidata el próximo domingo al Oscar al mejor film extranjero, Biútiful vuelve a exhibir la propensión del director por el exceso y la sordidez a cualquier costo, como una manera de golpear al espectador, no importa si por arriba o por debajo del cinturón.

No han pasado quince minutos de película y Biútiful ya nos informa que su protagonista absoluto, Uxbal (Javier Bardem, a su vez candidato al Oscar como mejor actor), es adicto a las drogas duras y tiene un cáncer terminal que lo lleva a orinar sangre frente a cámara, además de sacrificarse como padre de dos hijos pequeños cuya madre (la argentina Maricel Alvarez) es una yonqui irrecuperable, que eventualmente se prostituye bajo el eufemismo de “masajista”. Como si todo esto fuera poco, en ese primer comienzo se sabe también que Uxbal tiene poderes psíquicos que le permiten mantener un último diálogo con los muertos, como lo demuestra en el velorio colectivo de tres niños (a falta de uno), a quienes la cámara siempre impúdica de Iñárritu no se priva de filmar –en primer plano, de ser posible– adentro de sus cajones.

Este don natural de Uxbal es, sin embargo, apenas una fuente lateral de ingresos, por los que cobra un puñado de euros. Su ocupación principal, con la que mantiene el ruinoso departamento en el que sobreviven sus hijos en una de las calles más oscuras del viejo Barrio Chino de Barcelona, es la de intermediario entre los explotadores de los inmigrantes sin papeles llegados de Asia y Africa y la corrupta policía catalana, que cobra por hacer la vista gorda. Pero a pesar de su oficio, Uxbal es bueno: sólo lo hace por “el puto dinero” para mantener a su hijos y para facilitarle el trabajo a otros desamparados como él.

Que en su torpe bondad y en su irreflexivo afán de ayudar al prójimo (“¿Quién te crees, la Madre Teresa de Calcuta?”, lo increpa uno de sus interlocutores) provoque todo tipo de catástrofes, incluida la muerte de una docena de inmigrantes chinos –niños incluidos, por supuesto–, no le sugiere al film ninguna consideración crítica. A diferencia del Nazarín de Buñuel, que veía en la ingenua virtud de su personaje el costado absurdo e inútil de la santidad, el Uxbal de Biútiful aspira a la expiación de los demás y de sí mismo a través del sufrimiento y la muerte, una constante en el cine como catequesis de Iñárritu.

El final circular de Biútiful, que termina allí donde la película empieza, no hace sino ratificar otra de las marcas de cilicio del cine del director: ubicarse como un dios por encima de sus personajes y, desde su propio cielo, condenarlos o expiarlos, según el caso. Como en la trilogía que la precede, Biútiful es otro calculado descenso a los infiernos, en el que Iñárritu esta vez se solaza con la miseria de los barrios bajos de Barcelona, con sus yonquis y sus inmigrantes ilegales, a quienes el director les da un trato aún peor que el de la policía española: los mata, para inspirar piedad.

BIUTIFUL

(México/España, 2010).

Dirección: Alejandro González Iñárritu.

Guión: Alejandro González Iñárritu, Armando Bo y Nicolás Giacobone.

Fotografía: Rodrigo Prieto.

Música: Gustavo Santaolalla.

Intérpretes: Javier Bardem, Maricel Alvarez, Hanaa Bouchaib, Guillermo Estrella, Eduard Fernández, Cheikh Ndiaye y Diaryatou Daff.

martes, 15 de febrero de 2011

ARGENTINA: JOVENES INMIGRANTES SUDACAS Y EURACAS_ Discriminación descontrolada




La inmigración limítrofe se mantuvo en el 3 por ciento, mientras que en los últimos años llegaron más extranjeros provenientes de Europa y Estados Unidos. Las noticias de las “tomas” y las declaraciones políticas caldearon xenofobia e hicieron resurgir ese absurdo orgullo de tener lugar de origen en un país de inmigrantes. En fin, juntamos a migrantes del tercer mundo con los del primer mundo para entender cómo se trata en estas pampas a las personas según de dónde vengan.




Por Federico Lisica

La remera que trae Milad nació de un stencil global. En el centro está Paddington –el osito peruano hallado en la estación de tren londinense, icono de la literatura infantil inglesa– con la leyenda: “La inmigración no es un crimen”. La consiguió en un viaje a Colombia y la ofrece para la sesión de fotos. Finalmente quedará a un costado cerca de su dueño, un alemán acompañado de dos españoles, un italiano, un boliviano y un uruguayo. Se sientan en ronda bajo la mirada atenta de otro nómada como Luca Prodan. La foto del cantante de Sumo, a lo alto de una de las paredes de la residencia para estudiantes extranjeros, no parece haber sido colgada ahí por azar. Ellos tampoco están acá por casualidad. Cada uno tiene sus motivos.

Marcelo dejó una pesada historia familiar del otro lado del río (“todos en la Villa 20 me conocen como ‘El Uru’”, aclara). Cada mañana atraviesa las calles de barro, mira el tendal de cables grises, el basural y la torre fantasmagórica de Interama para llegar a su trabajo como ayudante gastronómico. “La verdad es que la Argentina en un principio no me gustaba, soy muy del lugar, y vine re deprimido. Tenía 25 años y piqué para el Norte, a Salta y Jujuy, que no tiene nada que ver con lo de acá... hablo de la gente, el respeto por la palabra”, dice –con unos poquísimos pero perceptibles “tá” y “vó”– en el camino. Vive con su mujer e hijas en una de las villas más pobladas de la ciudad, y semanas atrás estuvo palmo a palmo con Juan en la toma del Parque Indoamericano. Marcelo cuenta que cuidaron “las carpitas hechas con plásticos y palos”, que se resguardaron “de los tiros que venían desde cualquier lado”, que vieron sangre y muerte entre el humo. Juan, por su parte, nació en la provincia de Santa Cruz en Bolivia y ancló con toda su familia en el sur de la capital hacia 2003, básicamente, “porque allá no había nada para comer, pero nada nada”. Junto a Marcelo es uno de los más de 40 mil habitantes de esa tierra que quema, y para lograr algo más no pudo escapar para rendir sus exámenes en el colegio (ver recuadro “¿Qué ves cuando me ves?”).

Andrea es clown y giramondo. Cuenta que “hasta que la maquinita funcione” va a seguir cruzando fronteras con su arte; ésta es la tercera vez que se radica “por un cachito” en la Argentina. “La primera fue por la ‘Contra Cumbre de las Américas’ en 2005, luego trabajé con grupos indígenas en Chiapas enseñando teatro, estuve en Colombia, volví a Italia como cocinero, tomé cursos de payaso y ahora vine a montar un espectáculo... Para mí esto es como cerrar una etapa y abrir otra”, expresa sin necesidad de mostrar el pasaporte lleno de colores y sellos. Cuando vuelve a la residencia de sus ensayos, le gusta perderse por los recovecos de la noche de Almagro “y tomarse unos vinitos en las milongas”. Aunque diferencia: “Al principio es más vivir fiu fiu fiu, de fiesta. Después caes, compartes, y a eso de los cinco meses te dicen: ‘¿Vamos a tomar una cerveza? Me cago en la puta madre, no tengo plata’. Y por eso me ha enganchado Buenos Aires, por lo pasional, en un momento sos estrella y después estás en el charco, arriba y abajo”.

Esos contrastes son los que Ruth no hallaba en Barcelona (“tenía como una realidad inventada, el mundo no es tan así, lo correcto, lo estable, lo no salirse de la norma, y aquí era lo bueno y lo malo juntos, la riqueza y la pobreza, el entusiasmo... se vive más”). Con Paco, aparte de su origen catalán, comparte algo más. Son actores y parte del staff del Proyecto AEBA (proyectoaeba.com.ar). “Somos españoles y a todos nos atrae la ciudad en lo teatral. Buscamos juntar experiencias, montar obras, ser un lazo”, explica Ruth, la ideóloga de la empresa. A ella se la puede oír en la película Los paranoicos, ver en obras como La casa de Bernarda Alba, cantar con su proyecto Kodama y moverse por el barrio de Boedo “como una porteña más”, jura. “Es que si hago mi tonada de aquí no se dan cuenta –se ríe–. Llegué hace cinco años por vacaciones, conocí a una chica, me enamoré y me quedé. Fue un poco por el idioma, porque me siento cómoda; pero más bien es por el teatro, el amor al teatro”, cuenta con emoción en la voz.

Paco pasó la puerta corrediza de Ezeiza hace “dos... tres meses” con el objetivo de hacer un voluntariado en teatro. “Tal vez aquí sea más duro que en otros lados –comenta–, pero la gratificación es mayor. En este poco tiempo tengo la sensación de que me han pasado muchísimas cosas, casi imposible para ese lapso.” Algunas de ellas fueron preparar su espectáculo de stand-up, animar fiestas y ubicarse en el barrio de Belgrano: “Muy cerca del banco que robamos”, tira.

Milad es oriundo de “un pequeño pueblito bohemio” alemán y escogió Buenos Aires para perfeccionarse en Medicina por “su doble reputación, lo cosmopolita y por la que tenía el sistema público de aquí. Felizmente mi último año de carrera puedo hacerlo en otro lugar y aquí estoy”. Lleva puesto el ambo azul con el que salió hace un rato del Hospital Santojanni –bastante cerca de la Villa 20–, aunque los fines de semanas se lo quita para bailar en salas como Uniclub o Crobar. “Me tenía que volver en diciembre, pero no pude ir, fue como atajarme de un microcosmos.” Si bien al principio “las informaciones desordenadas” y la comida de las “pariyas malas de caye Florida” le dieron “náuseas y ganas de volverse”, sin click alguno comenzó a conectar: “La llegada es dura, pero es como una forma de honestidad. Este es un planeta aparte, muy adictivo. La gente, los lugares, la movida artística, es la onda, la buena y mala onda... me gusta la onda”.

DESCONTROLADOS Y 1200 POR MES... ¡JODER!

Según Alejandro Grimson (antropólogo e investigador del Conicet / Idaes–Unsam), existen varios tipos de inmigración (permanente, transitoria, golondrina) y que por una cuestión vital ésta suele darse en la juventud. Los entrevistados cuadran en esas categorías. Aunque –¿dónde está el chino que escucha pop oriental mientras atiende en la caja del súper?, ¿o será el “ponja maxiquiosco” de la publicidad?, ¿y el morocho que vende oro?– podría etiquetarse y preguntar al borde de la discriminación descontrolada. Es que en muy poco tiempo, dos noticias relacionadas con la inmigración y con los jóvenes aparecieron con virulencia, caldearon xenofobia y ese ubicuo y raro orgullo por el lugar de origen.

La primera hizo mella a partir de lo dicho por el jefe de Gobierno de la Ciudad con su hashtag nacionalista y vergonzoso: “#InmigraciónDescontrolada”. “Es racismo puro, y punto”, marca Andrea. “Nosotros nos cagamos de la risa en la cara de él; te olvidaste, culeao, de tu papá, de tu mamá, de cómo vinieron”, lanza Marcelo, que estuvo en Casa Rosada tras los incidentes en Villa Soldati junto a representantes de las comunidades que ocuparon el predio. Dos días antes, Mauricio Macri –con los mismos argumentos que el Alcalde Diamante en un episodio de Los Simpson– profirió, una y otra vez, la polémica frase.

No importa que las estadísticas oficiales demuestren que la inmigración limítrofe se mantiene desde hace un largo tiempo cerca del 3 por ciento (se calcula que un 10 por ciento de la población en nuestro país es de origen paraguayo, boliviano y peruano), o que según los datos de Migraciones entre 2004-2009, en proporción, han llegado más italianos y estadounidenses que gente del país de Juan. “Con lo de ‘inmigración descontrolada’ no se refería a Europa, hablaba de Perú, de Paraguay, de Bolivia, ni siquiera de Uruguay”, dice el charrúa entre risas y bronca, optimista –incluso– por la organización surgida de las tomas.

“Cuando una persona la pasa mal y se muere de hambre, ¿cómo puedes decir qué es un descontrol? Aunque me parece que la inmigración es un fenómeno global al que hay que buscarle soluciones. Intentar que la gente que viene no termine en talleres clandestinos, a veces manejados por sus propios compatriotas. Toda persona en esa situación tiene derecho a salir”, apunta Paco.

“Yo tengo que hablar de eso”, anuncia Ruth con voz de reto. El tema: los mil doscientos españoles de entre 25 y 35 años que emigran “para buscar en la Argentina la alternativa laboral que su país no les brinda”. La nota apareció en un diario ibérico a mediados de diciembre y fue replicada en nuestro país. “Lo que se está queriendo decir, la información que se quiere dar... es patético.” Ni Ruth ni Paco creen en esos números: “Tendrán en cuenta a los que tienen doble nacionalidad, los que vienen a hacer turismo por largo tiempo. Además, el primer destino suele ser Francia e Inglaterra”, dicen entre los dos.

Pero la bronca viene por otro lado: “Llamaron a AEBA porque querían hacer una nota de los españoles en la Argentina. Querían un español que les dijera que acá estábamos de puta madre y que se vinieran todos. Mira, yo vine hace 5 años, así que no vine por la crisis –le explicó Ruth a la periodista–. Una compañera le habló de la presión social que tenía allí, de un trabajo fijo, de una hipoteca, y tan tan tan; y pusieron todo como si aquí fuera lo más, que te dan trabajo... ¡cuando vio la publicación! A mi amiga la insultaron mal, que se había dado la vuelta, y todo ese rollo. En definitiva, quieren que nos rajemos; antes en España era con los inmigrantes, ahora ya es cualquiera”, lanza. “No vengamos con que aquí es la panacea –suma Paco–. La verdad es que un puesto estable o la calidad de vida es mejor en España que en la Argentina. Aunque el teatro es un sector aparte, y como mucho de lo que se hace allí es a través de ayuntamiento, es cierto que ha disminuido por la crisis. Había averiguado que aquí había 300 mil españoles, leo esa nota y... ¡pero la puta madre, no soy original!”, dice entre carcajadas.

A Ruth le causa gracia un término que ha comenzado a circular en la web, nacido entre aquella sensación que Manu Chao señaló sobre las ventajas de su pasaporte –y que reconocen los entrevistados del Viejo Mundo–, las facilidades del cambio monetario y cierta metamorfosis de época: “No me molestaría que me llamen ‘euraca’ –se ríe–, está bueno que nos puedan llamar mal, prefiero eso a que me digan ‘¡ay, mi amor!’ porque soy española. La connotación de sudaca, en cambio, es horrible. Yo vine aquí para vivir ‘la realidad’, no quiero que me den beneficios de nada”.

“NO HE TERMINADO CON BUENOS AIRES”

Wendy Sulca, el Delfín y la Tigresa del Oriente cantaron juntos su hit dedicado a Israel (y apoyado por la embajada de ese país) en Ciudad Konex (muy cerca de donde se hizo esta entrevista para el NO). El recital fue en ese epicentro cultural semejante a la torre babilónica por el mix de colores e idiomas de sus visitantes. Menos kitsch y con plena sinceridad en la voz, Andrea dice que por su estilo de vida es “casi más inmigrante en Europa que acá”. Como Milad, confía en las experiencias que le llenan el alma. “Cuanto más viajas, más tienes como opción quedarte en otro lugar, las fronteras caen y juegan un papel menos importante –razona el alemán–. Sé que es una perspectiva privilegiada, aquí hay personas diferentes de países diferentes. Yo tengo esa posibilidad, más por casualidad que por otra cosa.”

En ese aquí y allá, en ese ellos y nosotros, en esa nacionalidad a la que Paco en varios momentos de la charla definirá “accidental” (sus mismos padres migraron por Europa), para Marcelo implica un antes y un después: “Después de lo que pasamos en la toma, de lo que vivimos, quiero nacionalizarme. Es para pelearla por gente que acá está muerta y no lo sabe. Es tan grande la diferencia... Y no es por la necesidad que siempre está, pero la torta está tan mal recortada. Yo puedo contar lo que es la villa, pero otra cosa es vivirla. Esto –dice mirando el ambiente de unos pocos metros cuadrados– es un lujo. Allá las mujeres están solas y con pibes, las casas hechas con cuatro palos, lo primero que te tildan es de chorro y al final somos todos iguales, seres humanos. Milad y yo tenemos la misma visión, luchar por un futuro de estabilidad, si no, ¿para qué emigraste con todo lo tuyo a cuestas?”.

“Cuando anunciaron que Evo Morales iba a dar tierras si nos volvíamos –lanza Juan con seguridad–, uno se pone a pensar: ¿y para qué vine acá? Uno viene a laburar, para salir adelante, ganarse la vida bien y listo.”

Los sueños de radicarse aparecen como una opción en Milad: “Es que no terminé con Buenos Aires. Tengo que volver a Alemania por mi graduación, estoy pensando cuándo, cómo y en qué rol podría volver. Si podría comprar mi departamento. Hay que tener una conexión con la ciudad”. A Ruth, en cambio, la seduce la confianza en el presente: “No sé si me quiero quedar, si soy consciente de lo que voy viviendo. Como que voy generando cosas; ya llevo cinco años e ir a otro lugar sería empezar de cero. Y es necesario anclar. Mi deseo sería vivir en los dos lugares. Dos meses en España y el resto aquí y en otras partes; pero sé que es muy difícil”.

Uno de esos “frutos” es justamente el proyecto AEBA concebido como colectivo teatral y algo más: “Estaba desconectadísima de todo lo español, quería vivir como una argentina más; pero al cabo de tres años se te empiezan a disparar otras cosas, de hacer un tipo de bromas, de compartir un lenguaje, de recuerdos infantiles, de pasarte toda una tarde acordándote de programas de chico”. Hoy el proyecto reúne a casi una treintena de artistas como Paco (que anda con su “billete” sin confirmación de vuelta). “Buenos Aires me ha abierto una puerta que no sé muy bien a dónde me va a deparar”, dice el catalán.

VOLANDO VENGO, VOLANDO VOY

“Me gusta el concepto de tener una pasión, eso de ‘primero Racing... después existo’, pero nunca ganas en la realidad”, se ríe Milad por su afición blanquiceleste. La charla derivó para el fútbol. Y si esa elección puede sorprender, la de los dos catalanes no lo hace en absoluto. “San Lorenzo por el blaugrana”, anuncian los dos. “Es obvio –manda Ruth–, además vivo en Boedo.” Mejor no preguntar por la elección del Balón de Oro para Messi.

La única bandera que lleva consigo Andrea es la de la Fiorentina. Es un banderín mental, ya que no queda espacio en la valija por los discos. “De cada lugar en el que estoy me llevo un CD con su música, soy súper fanático de la cumbia. Aunque la cumbia villera me cabe hasta ahí. Pero más porque acá me joden con ‘ay, Andrea...’ –canturrea el tema de Pibes Chorros–, bueno, me rompe un poco.” Juan dice que en Bolivia escuchó reggaetón antes que cualquier argento. Señales de origen (y/o adopción) que calan perfecto en Ruth: “Me gusta el flamenco, la rumba, la fusión y me apasiona el tango. Canto y bailo tango, lo siento mucho más propio que cualquier amigo argentino, me hace flashear que soy de acá o en otra vida nací aquí. Lo que no me apasiona es el rock nacional, supongo que es más generacional, no me he comprado esos discos, ni leído las letras, bah, no crecí con ellas en el reproductor”.

De ese espejo portátil en el que uno y otros se miran, surgen visiones que han ido madurado por el tiempo de los tiempos. “Acá vamos a comer asado pum pam... yo creo que allá, son más fríos”, tira “El Uru”. Paco y Milad se asombraron de que en la misma calle, al hablar con transeúntes, brotan los lazos –más o menos imaginarios, más o menos reales– con el otro lado del Atlántico. Paco fascinó con la cantidad de imitadores de Joaquín Sabina (aunque todavía no conoce al gran Joaco del Garzo). “En mi caso, por decir que soy alemán ya me consideran de cierta forma”, dice Milad. A Andrea en Colombia le pedían plata constantemente al oírlo hablar, “hasta que me veían payaso, con la nariz colorada, y bueh...”. “Tenemos prejuicios de cómo es el argentino, el italiano o el belga; hay una lucha interior que tienes que hacer todo el tiempo –explica Paco–. Yo me siento bien tratado porque me he movido mucho, he puesto mucho de mí. Está en uno romper las barreras mentales, los estereotipos, hay que abrir los ojos.” Como lo hace “El Uru” cada vez que le sucede algo en particular: “¿No les pasó de dar vuelta en una esquina, y en tu película es igual al lugar de dónde viniste?”. Tal vez les suceda en la próxima ronda. Ruth ya partió; Milad y Andrea se quedan en la residencia; Paco pregunta cómo tomarse la línea E para ir a la estación La Plata; Juan y Marcelo encaran la avenida más larga del mundo donde los espera el 5 que va hasta Piedra Buena, y de ahí caminando a la villa.


LOS MIEDOS DE COMUNICACION

What do you see when you see me?


Por suerte a ningún desorientado se le ocurrió dejar una queja en el Inadi por los sketches de Micky Vainilla. Hace algún tiempo les pasó a los Jamón del Mar con su tema Negros de mierda que se bajaba gratis de Datafull y proponía sin aclaraciones y “humor” grueso sacrificar al distinto. Alejada de cualquier chiste, bien o mal entendido, la periodista Sandra Borghi habló de la “baja calidad” de los que eligen radicarse en la Argentina. Y acá vale parar un poco. ¿Quiénes tienen el pedigrí necesario para hacerlo? ¿Qué vara usar para medir “la calidad”? ¿El coeficiente intelectual? ¿La salud? ¿El color de piel? El argumento de “hacerse cargo” de lo que uno dice es peligroso y banal. Vaya si los nazis se hicieron cargo de lo que pensaban. El mismo Milad, de hecho, dice sentirse “representante de la nueva inmigración”, ya que sus rasgos –más al este de Europa– no son los que soñó para Alemania un tal Adolfo. “Lo de ‘inmigración descontrolada’ para mí es crear alarma todo el tiempo –manifiesta Ruth–. Yo vivo sin televisión y voy más tranquila que mucha otra gente. Lo loco es que no se hace mucho para cambiar la situación, simplemente se fomenta el miedo y que cada uno esté pendiente de lo suyo.” Con una mirada de lo local hecha por extranjeros, The Argentina Independent es un medio prototípico de lo que legó el post-2001 en lo referido a jóvenes –y de países centrales– intrigados por “el caso argentino”. Su editora es Kristie Robinson (31 años), quien concibió este periódico de entrega gratuita y quincenal (su web es argentinaindependent.com) en 2006. Las temáticas son amplias y buscan “entender los fenómenos desde la raíz para poder explicarlos a los residentes extranjeros”. Leer en inglés los artículos sobre lo sucedido en el Parque Indoamericano obliga a un escaneo sorprendente. Repensar, traducir y masticar lo que un pibe argentino de 23 años, por ejemplo, opina al ser consultado por el tema: “The evictions are a good thing, remove them all!” (“Los desalojos son algo bueno, sáquenlos a todos”).


LA TOMA POR DENTRO (Y POR FUERA)

¿Qué ves cuando me ves?


Existe una Buenos Aires que anhela exhibirse como metrópolis europea de remix latino. Pero también hay otra que depara sólo la peor parte del asunto. Y la villa es la postal más descarnada de todas ellas (la que algunos turistas tantean en tours). Esas diferencias que, para Alejandro Grimson, se ven en los tópicos asociados con la inmigración. Si la europea tiene que ver con civilización, con el progreso y modernización; la que se da con los países limítrofes suele ser una y sola: “Vienen a pedir”. Ambos tienen mucho de desconocimiento, poco se dice –según el antropólogo– de los emprendimientos sociales, culturales y económicos ligados a esas comunidades. “Hay un indicador de discriminación explícito que es el insulto, otro es implícito y tiene que ver con que si sos candidato o no a que alguien se enamore de vos por tu color de piel y rasgos”, precisa. Una cerrazón de la sociedad argentina con muchos/as jóvenes de Bolivia. Paradójicamente no es éste el caso de Juan. Durante la toma del Parque Indoamericano (con el racismo desencadenado mucho más allá de lo verbal), Juan se separó de su chica por razones claras. Juan estaba cuidando un terreno: “Como mucho dormía 15 minutos por día; había que vigilar. Y el lunes tenía que rendir unas materias en el colegio. Me levanto, me refresco con agua de un balde y voy corriendo para afuera. ‘Comandante general, ¿puedo salir?’, le pregunto al gendarme. ‘No se puede salir hasta que hagas el censo’, me responde. ‘Pero tengo que dar un examen’, le pido. ‘¿Vos fumaste?’, me pregunta. ‘No, ¿por qué?’ ‘Es domingo’, me dice. Me lavé la cara de nuevo y me fui para adentro.”

martes, 8 de febrero de 2011

JOHNNY DEPP: EL TIEMPO PASA, NOS VAMOS PONIENDO...



















Por Mercedes Halfon

Johnny Depp está por cumplir cuarenta y ocho años, un dato no demasiado significativo si se piensa la cantidad de galanes de Hollywood que, a diferencia de lo que pasa con las mujeres, llegan a los cincuenta cepillando canas, adornados de arrugas y no se bajan de la cresta de la ola. George Clooney, Tom Cruise, Clive Owen, ¡Brad Pitt! son sólo algunos ejemplos. Johnny además, tiene predilección por esos papeles raros en los que su belleza delicada podría hasta considerarse innecesaria. Por supuesto que no es así. Por supuesto que Johnny Depp es desde 1990 el chico más lindo, con más onda y elegido con justicia quichicientas veces como el “más sexy” de todo Hollywood. Hoy ese letrero tal vez le calce mejor a otro, aunque sobren los atractivos, detalles seductores y gestos adorables para seguir encontrando en él. Por eso, al margen de todos los reparos, es válido preguntarse para este ex rockero y estrella juvenil, cuál será el modo en que envejezca en pantalla.

El turista, la última película que lo tiene como protagonista se mete de lleno en ese problema. Desde el primer plano en que se lo ve sentimos un pinchazo en el corazón: Johnny Depp ya no es lo que era. Tiene la cara redonda como una moneda de cincuenta centavos, la piel demasiado bronceada y porosa, una permanente notoriamente artificial en el pelo. ¿Qué pasó? Parece que Depp, una vez que el director Florian Henckel von Donnersmarck le propuso el papel de Frank Tupelo, el oscuro profesor de matemáticas de provincia que interpreta en el film, decidió afearse. Sí. Para encarnar mejor a este hombre común que contrasta de un modo impactante con la belleza inhumana de Angelina Jolie, engordó, se hizo ese peinado horrendo, eligió las camisas que peor le quedaban, y se abocó a una actuación naturalista, de esas que tan poco suele hacer. Es como si por debajo de la película, lo que estuviera en discusión, entonces, es si la belleza de Depp, despojada de los atributos de personajes híper-caracterizados como Jack Sparrow, o el Sombrerero loco, resiste el paso del tiempo.

La respuesta tarda en llegar. Frank Tupelo se enamora de la chica de hielo, pero él es de carne. Y estas características pertenecen tanto a los personajes como los actores. Johnny se deja ver aquí como es, por más que esté gordo y despeinado, es él, supongamos, recién levantado de la cama. Angelina no. Camina por las calles de Venecia como en una geométrica pasarela imaginaria y su rostro expresa que lo mejor está sucediendo “en otro lado”. Utiliza a Frank en una estrategia para reunirse con su verdadero amor, un poderoso magnate fraudulento que nunca se presenta porque justamente, está huyendo de la policía. El desafío de Tupelo entonces (y de Depp también) es el de comparecer en esta contienda desventajosa y seducir a su Ice Queen. Afortunadamente no va a usar la trillada batería de chistes ingeniosos –tan propia de un actor como Hugh Grant, para justificar una pareja imposible– sino atravesar esa muralla helada, armado con una timidez prudente, una sonrisa tierna, cierta decisión para ir hacia su deseo.

A Johnny Depp, como quedó demostrado con la saga Piratas del Caribe, le sobra grandeza para correrse del rol de galán de la parejita, dejarle ese espacio a, por ejemplo, Orlando Bloom, y aun así seguir robándose la película entera con un rol insólito, inolvidable. Ni le hace falta meterse en esa camisa tan estrecha justo a él, que tiene onda para usar y regalar, que puede estar diez años con la misma mujer (la bellísima francesa Vanesa Paradis), ser padre ocupado de dos niños pequeños y al mismo tiempo ser amigo de Keith Richards (de quien está haciendo justo ahora un extenso documental) o el fallecido Hunter S. Thompson, pasando por Marlon Brando y su mentor e inseparable compinche Tim Burton. No debe haber nadie a quien no le gustaría tomarse por lo menos una cerveza con él. Eso es lo que le pasa a Angelina en la película. Podrán pasar mil años, pero su carisma sigue teniendo efecto hasta sobre la Antártida. Intacto.

LO QUE DICE ROBERT DE NIRO.

















Por Robert De Niro

Los que hablan no saben. Los que saben no hablan. Eso ha sido así desde siempre.

También: si no vas, nunca lo sabrás. Les digo eso a mis hijos.

Diez años parecen haber sido hace unos pocos años.

Si es la silla indicada, no lleva demasiado tiempo sentirse cómodo en ella.

Italia ha cambiado. Pero Roma es Roma.

Construimos una pared de goma para la escena de la cárcel en Toro salvaje. Era una gomaespuma dura. Estrellar la cabeza contra una pared verdadera no hubiera sido posible. Había que hacerlo hasta quedar contentos.

Me gustaría ver todas mis películas una sola vez tan solo para ver qué me hace pensar, para ver cuál fue el patrón. Pero con todas las películas en las que estuve, eso significaría ver dos o tres por día durante un mes. No sé de dónde sacaría el tiempo.

Si Marty quisiera que yo hiciera algo, lo consideraría muy seriamente, aún si no me interesara.

Mi definición de un buen hotel es un lugar en el que me quedaría.

Si no recuerdo mal, no se hacían muchas secuelas en aquella época. El Padrino fue una de las primeras. Así que no pensábamos sobre las secuelas de la manera en que lo hacemos ahora. Recuerdo estar viendo la calle completa entre la Avenida A y la Avenida B convertida en los comienzos del siglo XX. Las vidrieras, los interiores de los locales. El tamaño era increíble. Uno sabía que lo que estaba haciendo era ambicioso.

Siempre estaré en deuda con Francis.

Cuando hice El francotirador, pensé: Tailandia es un lugar interesante. Volveré pronto. Pero no regresé hasta como dieciocho años después.

Todos pueden criticar. Pero al final del día, uno sabe que las intenciones de Obama son las correctas.

Deberías haber hecho esto. Deberías haber defendido esto más que aquello. El presidente tiene que lidiar con eso todo el tiempo. Imaginate lo que debe ser tener que tratar con todas estas fuerzas que se te vienen encima, tener que transar, sopesar las consecuencias de cada decisión en relación a las otras. Es difícil. Si lo pensás un poco, es un poco como ser un director.

Siempre les digo a los actores que van a una audición: No temas hacer lo que indican tus instintos. Tal vez no consigas el papel, pero la gente va a tenerte en cuenta.

Me dicen que Jodie Foster dijo:

Para el momento en que me dieron el papel en Taxi Driver, ya había hecho más cosas que De Niro o Martin Scorsese. Había estado trabajando desde los tres años. Así que aunque tenía sólo 12 años, sentía que era la veterana allí.

De Niro me llevó a un lugar aparte cuando empezamos a filmar. Me pasaba a buscar por mi hotel y me llevaba a diferentes restaurantes. La primera vez básicamente no dijo nada. Sólo murmuraba. La segunda vez comenzó a repasar las líneas conmigo, lo cual era bastante aburrido porque yo ya me las sabía. La tercera vez, repasó las líneas conmigo otra vez, y ahora estaba realmente aburrida. La cuarta vez, repasó las líneas conmigo, pero empezó a irse para otro lado, sobre ideas completamente diferentes dentro de la escena, hablando sobre cosas muy locas y pidiéndome que siguiera su improvisación.

Así que empezamos con el guión original y él luego se iba por una tangente y tenía que seguirlo, y entonces era mi trabajo encontrar eventualmente el espacio para devolverlo a las últimas tres líneas de texto que ya habíamos aprendido.

Fue una revelación enorme para mí, porque hasta ese momento yo creía que ser un actor era tan solo actuar naturalmente y pronunciar las líneas que había escrito otro. Nadie jamás me había pedido que construyera un personaje. Lo único que habían hecho para dirigirme era decir algo como “Decilo más rápido” o “Decilo más lento”. Así que era una sensación completamente nueva para mí, porque me di cuenta de que actuar no era un trabajo tonto. Yo creía que era un trabajo tonto: alguien escribía algo y vos lo repetías. ¿Qué tan tonto era eso?

Hubo un momento en algún restaurante, en algún lugar, en el que me di cuenta por primera vez de que era yo quien no había estado aportando demasiado a la mesa. Y sentí una excitación de esas en las que transpirás y no podés comer y no podés dormir.

Me cambió la vida.

¿Jodie dijo eso? No, no me acuerdo. La gente tiene recuerdos de cosas que yo no recuerdo. ¿Ella tenía cuánto, doce? Increíble...

Si no lo hacés bien ahora, nunca será como debería ser; y se queda ahí para siempre.

Es la misma historia de siempre: la delgada línea entre el dinero y la calidad. ¿Tenemos que gastar todo esto para hacer esto? Bueno, sí, porque si no lo hacemos...

Si tomás un atajo, la gente se va a dar cuenta y se va a sentir engañada. Es como una película: acumulativamente, todos los atajos y los engaños restan algo de la textura.

En ocasiones, tener restricciones financieras te beneficia. Te obliga a inventar soluciones más creativas.

Simplemente voy al teatro. Nadie me molesta. Ni siquiera me reconocen. Lo hago de cierta manera.

No pude entrar a ver Avatar en el IMAX 3-D.

Mientras tengas hijos, siempre habrá algún problema.

No sé si mis hijos me han enseñado algo, pero se me han revelado cosas. Cosas que ocurren. Ahora sos un abuelo. Y tus hijos te están dando consejos.

Es interesante cuando tus hijos te dan consejos. El otro día tuve una conversación con mi hijo mayor. El me decía: “No debería hacer esto, y esto, y esto”. No es que estuviera de acuerdo con él en todo. Pero fue una buena sensación.

Envejecés y te volvés más cauteloso.

Aparecen situaciones por las que ya pasaste, y podés ver hacia dónde se dirigen.

Un buen consejo puede ahorrarte un pequeño fastidio.

Tuve a mis mellizos aquí. Tienen quince años. Cuando yo era adolescente, había menos restricciones que las que yo les impongo a mis hijos. Pero yo sé que esas restricciones son importantes. Aun así, tienen que tener su espacio. Es un equilibrio delicado. Te decís: yo sobreviví a eso. ¿Cómo lo harán ellos? Y sin embargo lo hacen. Con un poco de suerte.

Puedo reírme más ahora que cuando era más joven. Soy menos sentencioso.

Me cuesta mucho regalar una de las pinturas de mi padre.

He mantenido el estudio de mi padre por los últimos 17 años, desde que murió. Lo mantuve tal cual estaba. En un momento pensé en dejarlo ir. Luego tuve una reunión de amigos y familiares para verlo por última vez. Grabarlo en video. Pero me di cuenta de que es diferente en persona que en video. Es otra experiencia. Así que me lo quedé.

Sé valiente, pero no imprudente.

Sin importar lo que hiciera, Marlon siempre era interesante.

Para mostrar lo primitivas que solían ser las cosas: teníamos que disponer un trípode para pasar en video las escenas de Marlon en la sala de proyección de Paramount, para que yo pudiera estudiar sus movimientos. Lo interpretaba sobre un pequeño acto por acto.

Nunca hablamos con Marlon sobre nuestras actuaciones en El Padrino. ¿Qué me iba a decir? Nos conocíamos. Pasé algún tiempo en su isla con él. Pero no hablás de actuación. Hablás de cualquier cosa menos de actuación. Supongo que la admiración no se expresa en palabras.

Sí, podés hacer nuevos amigos. Hace poco conocí a una pareja; son mucho más jóvenes que yo. Es agradable.

La realidad es este momento.

Alguna gente entiende lo que es crear algo especial, y otras piensan en qué es lo que pueden sacarle.

No voy a leer todos los libros que quiero leer.

Quizá me gustaría hacer cosas que fueran más como retirarse. Como sentarme en un lugar y simplemente disfrutar. Una buena caminata. Un café. Como retirarme, pero no retirarme. Mientras disfrute de lo que estoy haciendo, ¿por qué retirarme?

Atravesás muchas fases diferentes en la vida. Solía comer postres todo el tiempo de chico. Ahora no como mucho postre. Excepto cuando estoy en restaurantes especiales y me digo: Bueno, estoy acá, tengo que comer el postre.

Ahora es ahora. Entonces era entonces. Y el futuro será lo que el futuro sea. Así que disfrutá el momento mientras estás en él. Ahora es un gran momento.


Así respondió Robert De Niro al periodista Cal Fussman para la extraordinaria sección “Lo que sé” de la revista norteamericana Esquire, en su número de enero de 2011.

MARIA SCHNEIDER (1952-2011) bailó su último tango en París.




Famosa a los 19 años por su protagónico junto a Marlon Brando en el célebre film de Bernardo Bertolucci, Schneider nunca pudo desprenderse de ese personaje, a pesar de haber filmado con otros grandes directores, como Michelangelo Antonioni y Jacques Rivette.







La actriz francesa Maria Schneider murió el 3 de febrero de 2011, a los 58 años, luego de luchar durante años contra “una larga enfermedad”, según la fórmula que eligió su familia para comunicar la noticia. Si bien a lo largo de su trayectoria trabajó a las órdenes de cineastas tan destacados como Michelangelo Antonioni, Jacques Rivette, Marco Bellocchio, Werner Schroeter y Philippe Garrel, Schneider siempre será recordada por su papel protagónico, con tan sólo 19 años, junto al gran Marlon Brando en Ultimo tango en París, la famosa película dirigida por Bernardo Bertolucci que narraba la violenta atracción sexual entre una joven actriz amateur llamada Jeanne y un misterioso viudo muchos años mayor que ella.

Schneider había nacido en París el 27 de marzo de 1952 y era hija del actor Daniel Gélin (quien nunca la reconoció) y de la modelo de origen rumano Marie-Christine Schneider. La actriz tuvo su debut actoral a los 15 años, y dos años más tarde obtuvo su primer papel en la pantalla grande en El árbol de Navidad (1969), de Terence Young. Luego compartió la pantalla con Alain Delon en un pequeño papel en la película Madly, de Roger Kahane.

Schneider cuenta en su filmografía con títulos como El pasajero (1975), de Michelangelo Antonioni, que protagonizó junto a Jack Nicholson; Violanta (1977), con Gérard Depardieu; Baby-sitter, de René Clement; y La Dérobade (1979), por la que obtuvo un premio César en 1980 como mejor actriz de reparto. A partir de ese momento, realizó múltiples interpretaciones en producciones francesas, alemanas e italianas. Pero nunca encontró su lugar en Hollywood.

Cuando en 1972 se presentó al casting para el proyecto de Bertolucci, resultó elegida entre cientos de candidatas para el rol de Jeanne, que si bien la llevó a su consagración como actriz, también la estigmatizó con una imagen lujuriosa por el resto de su carrera. Es que su interpretación en Ultimo tango en París fue también una experiencia traumática, ya que era demasiado joven e inocente para un papel tan crudo. En alguna ocasión llegó a contar que Bertolucci no le avisó de la escena en la que Brando le practicaba sexo anal ayudándose de manteca, que fue tan real como aparece en la película. “Fue una idea suya”, confesó públicamente refiriéndose al cineasta italiano. “Y Bertolucci me dijo lo que tenía que hacer poco antes. Me engañaron. Casi me violaron. Esa escena no estaba prevista. Las lágrimas que se ven en la película son verdaderas”, agregó la actriz a la prensa. Aunque en otras ocasiones también le agradeció a Bertolucci haberle permitido ingresar en la historia del cine.

Tras aquella aparición, Schneider no quiso volver a salir desnuda en ninguna de las películas en las que trabajó. Y en contra de su voluntad, se convirtió en una figura de la revolución sexual, suerte de continuadora de Brigitte Bardot, en cuyo departamento vivió mientras se rodaba Ultimo tango... En 1977 también atravesó una experiencia conflictiva cuando Luis Buñuel la echó del set de Ese oscuro objeto del deseo, tras apenas tres días de rodaje, para sustituirla en el personaje de Conchita no por una sino dos actrices, Angela Molina y Carole Bouquet.

Durante la década del ’80 filmó bajo las órdenes de Jacques Rive-tte (en Merry-Go-Round) y Jean-Louis Comolli (en Balles perdues). Y en los ’90 tuvo pequeñas intervenciones en La condanna, de Marco Bellocchio, y Las noches salvajes, de Cyril Collard. En el 2000 protagonizó Les acteurs, de Bertrand Blier, donde se interpretó a sí misma. Su última aparición en la pantalla grande data de hace tres años, cuando tuvo un papel en Cliente, de Josiane Balasko. Pero en paralelo a su carrera, Schneider se labró fama de actriz maldita, consumida por drogas y depresiones.



domingo, 6 de febrero de 2011

Jon Lee Anderson: “Me incomoda ver cómo nuestros diarios se convierten en filtros para filtraciones”.

Autor de una de las biografías del Che Guevara más vendidas, y uno de los cronistas de guerra más conocidos de nuestros tiempos, Anderson aportó su visión sobre el fenómeno de WikiLeaks. Habla desde su casa, en Londres, recién llegado de Afganistán, un contraste que le permitió medir el impacto de las filtraciones en uno y otro mundo.

Por ANDRES HAX



Una de las acusaciones más serias contra Julian Assange es que ha puesto vidas en peligro. Usted conoce los campos de batalla estadounidenses íntimamente. ¿Cómo evalúa esta acusación?

Para ser honesto, no he escuchado ninguna evidencia directa de que la información que él ha filtrado haya puesto vidas en peligro. Por supuesto WikiLeaks es algo que está en la boca de todos — y me he encontrado con muchos periodistas y también algunos oficiales estadounidenses en Afganistán, y nadie lo mencionó. Entonces, no es algo que está muy presente en la mente de estas personas. No es una respuesta científica, pero es lo mejor que puedo dar en el momento. Es un tema marginal.

¿Considera a Assange como periodista? ¿Qué impacto puede tener sobre el periodismo ahora y a largo plazo?

Contestaré la primera parte de la pregunta después, porque aún estoy tratando de entenderlo… No me gustaría llegar a conclusiones o definiciones muy apresuradas sobre qué es lo que pienso que es WikiLeaks. Aún está en evolución. Es todo muy "Brave New World" ("Un mundo feliz"). Creo que aún no se puede definir. Es parte de un debate más amplio sobre cómo está cambiando el periodismo en términos generales. Podemos agregarle WikiLeaks a este debate en curso en cual todos participamos. ¿Hacia dónde va la industria, cómo cambia la tecnología la percepción del público, cómo su relación con las noticias y con los políticos — junto a nuestra propia habilidad para entender y comunicar los eventos de nuestros tiempos como periodistas?

Todo esta cambiando. Y WikiLeaks es parte de esto. Y es posible por la revolución tecnológica que aún estamos experimentando. Pero forma parte de una tradición de cruzadas o de revelaciones de secretos. Dentro de los medios siempre ha habido un sector encargado de esta función. Yendo al pasado hay casos famosos. Y lo de WikiLeaks forma parte de esa tradición. Sin embargo, creo que también es cierto que Assange y sus colegas se ven como activistas públicos.

Y esto no se limita necesariamente a WikiLeaks. Lo he observado en el último año (tengo amigos en Human Rights Watch) y con cada vez más frecuencia estas personas están haciendo el trabajo, en algunos casos, que hacían periodistas de investigación tradicionales. Pero hay tan pocas organizaciones de noticias que subvencionan, mantienen o realmente han apoyado equipos de investigación propios. Y eso ha dejado un vacío que se tuvo que llenar, y que se está llenando —en muchos casos— por activistas sociales y por organizaciones como Human Rights Watch. Algunos de sus informes no son meramente noticias legítimas, sino que también son bien narrativas. Si miras a los diarios, cada vez más están tomando la posta de tales organizaciones, ni hablar de WikiLeaks (sic).

Volviendo a la otra pregunta: ¿cómo esta afectando las noticias? ¡Por dios! Yo llegué la noche anterior de Afganistán a una Inglaterra que estaba transformada en cuanto a la prensa… Si uno mira la prensa de calidad, por supuesto The Guardian, que está participando en este consorcio de diarios que están publicando las filtraciones… está lleno, por un lado, de las revelaciones de WikiLeaks; por otro lado, de noticias sobre WikiLeaks y sus consecuencias; y agregado a esto, noticias sobre las reacciones sobre WikiLeaks, que es político.

Entonces, WikiLeaks ahora no es solamente un divulgador de información oculta, sino que también está afectando los acontecimientos globales. O, de todas formas, la percepción de acontecimientos globales. Estamos viviendo tiempos fascinantes.

¿Qué significa la participación activa de los grandes medios en editar y difundir las filtraciones de WikiLeaks? ¿Le da más credibilidad a Assange? ¿Por qué no lo subió a su sitio no más?

No tengo respuesta al por qué no subió simplemente las filtraciones a la Web. Pero claramente aumenta su credibilidad y lo legitimita a un nivel extraordinario. Que cinco de los diarios líderes del mundo occidental participen y cooperen publicando la información dada por WikiLeaks le da una legitimidad enorme… Crea un argumento contundente contra esas voces políticas que están pidiendo que Assange sea ejecutado…

Allí está The New York Times. Hay que decir que The New York Times ha sido, históricamente, una publicación de registro del mainstream; y también ha sido un importante filtro para información filtrada por agencias del gobierno de los Estados Unidos… Aun afuera del tema de WikiLeaks, reiteradamente se muestra dispuesto a publicar información en su primera plana con referencia a la guerra en Afganistán que está filtrada directamente por fuentes importantes, anónimas, del gobierno estadounidense. Y con fines políticos.

Puedo pensar en por lo menos cuatro artículos que he leído yo mismo en el último mes en los cuales el diario, en el tercer o cuarto párrafo, dice: “hemos omitido el nombre de la fuente por pedido de la Casa Blanca.” Aunque estés de acuerdo o no, muestra que han adoptado una posición de filtro para la Casa Blanca.

¿Y eso lo ves como una actitud sumisa o colaboracionista?

Es una actitud de colaboración. Estoy pensando en un artículo donde se reveló, en una primera instancia en The New York Times, que el gobierno de los Estados Unidos y de Karzai estuvieron activamente reclutando a defectotes talibanes para que se fueran a Kabul — y hasta fueron transportados por helicópteros estadounidenses dentro de negociaciones secretas; y después, ¡ese mismo diario reveló que el supuesto mediador talibán era, en realidad, un impostor! Y que ellos conocían su nombre desde el principio, pero que —por pedido de la Casa Blanca— habían ocultado la información. Ahora. La primera información fue filtrada por la Casa Blanca: querían que se supiera que estaban negociando con los talibanes, para lograr un efecto político. Pero después el mismo diario se prestó a revelar que esa persona (cuyo nombre conocían desde el principio, pero en sólo ese segundo momento revelaron) era un impostor.

¿Estás sugiriendo que la Casa Blanca está editando The New York Times?

No iría tan lejos. Esas son tus palabras, no las mías… Pero creo que a veces esa relación es cuestionable y se debe debatir. Me preocupa, en cierto grado. Uno tiene que tener cuidado sobre cuánto uno se convierte en filtro para figuras o instituciones del poder. Ahora, menciono esto porque al mismo tiempo este mismo diario es parte del grupo de diarios que está publicando WikiLeaks; que al mismo tiempo está molestando al mismo gobierno estadounidense, que también provee filtraciones al mismo diario. Es una situación fascinante. Y, personalmente, me siento incómodo al ver cómo nuestros diarios se convierten en filtros para las filtraciones. Esto no es una forma indirecta de decir que me preocupa el tema de WikiLeaks. Estamos en una crisis de confianza pública en nuestras instituciones públicas. Y este fenómeno de WikiLeaks pone en evidencia esto mismo. Recién estamos viendo los primeros relámpagos de un problema mucho más grande, que es que no tenemos debates honestos y saludables…

Yo estaba intentando pensar qué es realmente lo que pienso sobre todo esto. ¿Estoy de acuerdo con toda esta gente que esta tan indignada?... Y en el fondo, la pregunta es: ¿He leído algo en las filtraciones de WikiLeaks que no hubiera querido saber? ¿O algo que ha afectado la seguridad de nuestro mundo? Y la respuesta es, no. Entonces, uno tiene que ponerse a un lado y preguntarse ¿Por qué es así? Y es porque nuestros gobiernos se pasan todo el tiempo filtrando la información que ellos mismos eligen para influir la opinión pública.

¿Cómo compara las filtraciones diplomáticos con los de la guerra? ¿Es posible que estas últimas filtraciones le vayan a jugar en contra a Assange y WikiLeaks?

Sólo en el sentido que ha sumado un montón de enemigos. Estas últimas filtraciones afectaron directamente las carreras de muchas personas. Pero ambos están motivados, en su centro, por un impulso parecido, que es un ideal casi anarquista de desafiar a los gobiernos y a las instituciones que han llevado a nuestras sociedades a sus dilemas actuales.

¿Piensas que lo van a callar?

No lo van a callar. Él va a encontrar una forma de seguir sacando su información. Y no creo que el público se enoje cuando saque sus próximas filtraciones sobre Bank of America. Dado el colapso económico, dadas las sospechas sobre los bancos como instituciones, dadas las decisiones políticas que nos han llevado a guerras controversiales y conflictos que no terminan y cuestan cantidades enormes de dinero… Dado todo esto, es un fenómeno imparable. Es un síntoma de nuestros tiempos.

ENTREVISTA A JOHN BERGER.



EL ANFITRION DE LA MONTAÑA



Hay varios pares de botas de goma y de zapatos en el porche de entrada a la casa. De hombre y de mujer, de distintos tamaños. En la pared lateral, ordenadas, las herramientas para trabajar en la tierra cuelgan a cierta altura. Las botas, los zapatos ahí, y obviamente las palas, los rastrillos y los zapines, tan a mano, hablan de los moradores de esta casa y dicen que acá la vida es fundamentalmente eso, hundir las manos en la tierra para sembrar, cuidar las verduras y las frutas, criar a sus animales. En la parte superior de la pared, una foto grande de un poeta palestino que falleció hace dos años. Así que la vida en esta casa también es amistad, poesía y memoria.

Esta tarde la luz del este de Francia es muy clara y mientras vamos viajando por la ruta esa luminosidad penetra los vidrios del auto y nos permite ver a mucha distancia sin dificultad. La claridad de esta luz hace pensar en que el aire está límpido y en el horizonte, aunque lejano, se ve una línea perfectamente definida. Tan diáfano todo, que los colores de siempre se ven más claros y transparentes. Habíamos salido de Ginebra un poco después de las tres de la tarde con Paulina Tercero Leyzaola. Paulina es hija de la escritora mexicana ya fallecida Margarita Leyzaola y por estos días está presentando en México y en Suiza En nombre de mi padre, el libro que Margarita escribió pero nunca pudo ver publicado y que lleva prólogo de Elena Poniatowska, la escritora que, en 2007, participó del homenaje a John Berger en La Jornada. A poco de salir de Ginebra nos damos cuenta de que no llevamos pasaportes, tendríamos que regresar a buscarlos pero desechamos rápido la idea y decidimos seguir para no demorar el encuentro. Tomamos el camino de la autopista. De frente, brillan los picos nevados de las montañas. Pero ¿qué vamos a decirles a los agentes de la aduana cuando nos pidan los documentos para cruzar legalmente?, ¿que la literatura nos basta para atravesar esta y todas las fronteras?

“La escritura, tal como la concibo, no tiene un territorio propio. El acto de escribir –dice el autor– no es más que el acto de aproximarse a la experiencia sobre la que se escribe; del mismo modo, se espera que el acto de leer el texto escrito sea otro acto de aproximación.” John Berger incluye este párrafo en Esa Belleza y también en Puerca tierra. En la claridad de esta tarde, mientras vamos hacia su casa en la Alta Saboya, vuelve a mí esta afirmación suya, tal vez porque los libros de John Berger siempre me hacen atravesar una experiencia de proximidad, al leerlo puedo oír el ir y venir de su respiración en la construcción de cada frase y, con sólo extender la mano, uno siente que puede tocar al autor detrás de cada una de sus palabras.

Llegamos a la aduana: hoy no hay controles así que avanzamos porque tenemos el pase libre. Pero unos metros más adelante, la muchacha que nos cobra en el puesto del peaje, cuando le preguntamos por el pueblo, nos dice no conocerlo y nos hace desviar. Tomamos por el camino que sube la montaña. Este camino es muy bello y enseguida, guiadas por la lectura de los carteles llegamos a Quincy. Ya en las calles del pueblo, nos detenemos a preguntarle a una mujer que lleva a un bebé dormido en su cochecito. La mujer habla bajo para no despertar al niño y se sonríe cuando le preguntamos si sabe cuál es la casa de John Berger.

–Soy su esposa –me dice– ¿Usted es la escritora argentina? –pregunta y enseguida juntamos nuestras manos.

Entramos las tres a la casa por el porche en donde están los zapatos de trabajar y las herramientas. El niño no, el niño queda en su coche, durmiendo bajo la frescura de un árbol. Antes de entrar a la casa, nos llama la atención una foto, un retrato. La foto es grande, tiene un marco ancho y está colgada sobre el umbral de la puerta. Pero no preguntamos nada y entramos. En la cocina grande John Berger saluda con un abrazo que se prolonga y enseguida prepara café. Apenas unas semanas atrás, nos habíamos cruzado en París sin vernos. Mejor, pienso ahora, de haberlo encontrado allí, no existiría esta tarde en Quincy. Hablamos de su operación de cataratas y cuando le digo que leí el texto que él escribió contando su experiencia se sorprende.

–¿En Ginebra? –me pregunta

–No –le contesto–, en Buenos Aires.

–¿Y qué le parecieron los dibujos –me pregunta– le gustaron?

–No los vi –le digo mientras distribuimos las tazas sobre la mesa amplia. Y comentamos el texto, uno de los mejores que leí en el último tiempo.

La luz que hace posible la vida y lo visible. Tal vez aquí toquemos la metafísica de la luz (Viajar a la velocidad de la luz significa dejar atrás la dimensión temporal). Al caer, no importa sobre qué, la luz otorga una cualidad de “primeridad” que lo vuelve prístino aunque en realidad puede ser una montaña o un mar de equis millones de años. La luz existe como un continuo comienzo interminable. La oscuridad, en cambio, no es, como suele suponerse, una finalidad sino un preludio. Es lo que me dice mi ojo izquierdo que apenas puede distinguir los contornos todavía.

–¿Cómo que no vio los dibujos? –me pregunta, y enseguida se levanta como un resorte, va a la habitación de al lado y regresa con el manuscrito–. Hice el pedido expreso de que no se publicara nada sobre la operación de cataratas sin las ilustraciones –me dice y me extiende los originales.

Berger tiene razón. Los dibujos del ilustrador turco tienen tanta fuerza como el texto.

Pasamos un buen tiempo mirando ese original. Doy vuelta las hojas con cuidado, con plena conciencia de tener una piedra preciosa entre las manos. Vincent ya ha despertado de su siesta y ahora está entre nosotros y mira también las ilustraciones. Nos detenemos en los dibujos, en algunas frases. Avanzamos y volvemos atrás. Pero por momentos me salgo del libro y, atraída por las manos de este escritor, sigo sus movimientos. Y entonces me digo que seguir sus manos quizás sea, de algún modo, otra manera de estar dentro de sus libros.

Cada par de ojos inevitablemente debe cargar con su propio horizonte. Pero este sentido ampliado de anchura y de lo lateral lo estimula a uno a imaginar (como ocurre en la infancia) una multitud de horizontes alternativos. La compuerta cayó desde arriba. Los horizontes se extienden en todas direcciones. Detrás de mi ojo derecho cuelga una arpillera; detrás de mi ojo izquierdo hay un espejo. Por supuesto no veo ni la arpillera ni el espejo. Sin embargo, lo que miro refleja ostentosamente su diferencia. Ante la arpillera, lo invisible permanece indiferente; ante el espejo comienza a jugar.

Berger me dice que ese libro se publicará en unos pocos meses y que le gustaría que los ejemplares se distribuyeran gratuitamente en todos los hospitales en los que se realizan operaciones de vista, que se regalara un libro a cada paciente porque nadie escribe sobre estas cosas, me dice, nadie habla sobre la experiencia de la operación.

Una intervención quirúrgica para extirpar las cataratas devuelve a los ojos buena parte de su talento perdido. Talento, no obstante, implica invariablemente cierta cantidad de esfuerzo y resistencia como también gracia y beneficio. Y por esa razón la nueva visibilidad representó para mí no sólo un don sino un logro. Principalmente, el logro de los médicos y las enfermeras que realizaron la intervención y también, en grado un poco menor, el logro de mi cuerpo.

El dolor me hizo tomar conciencia de eso.

–La relación médico-paciente ya no existe –dice Berger sin despegar los ojos de los dibujos del caricaturista turco a quien tanto admira–. Ya no se da ese lazo, no hay un vínculo, todo eso se cortó. Ahora los médicos son otra cosa.

Y entonces claro, recordamos a John Sassall, el médico inglés que ejercía su profesión en una comunidad rural y que Berger hizo protagonista de Un hombre afortunado, uno de sus primeros libros.

–Durante dos meses fui a vivir al pueblo rural donde él atendía, y, junto con el fotógrafo Jean Mohr, nos pegamos a él durante cada hora del día, fuimos su sombra, estuvimos en todas sus consultas, las visitas que hacía a sus pacientes, presenciamos todos los diálogos, las curaciones, y luego me llevó dos años escribir el libro.

El señor de la montaña

Berger cuenta que vive en esta casa desde que su hijo tenía la misma edad que su nieto ahora. Los dos permanecemos sentados en el banco largo pero ahora nos separamos todo lo que podemos, cada cual en un extremo para que Vincent, que está aprendiendo a caminar, practique. Paso tras paso, el niño va y viene desde él hasta mí y luego se da la vuelta y regresa. Hace ese camino entre nosotros, a veces más firme y otras tambaléandose, pero de algún modo u otro siempre llega a nosotros que, esta tarde, aquí, en Quincy, uno a cada extremo del banco, somos su destino.

–Me gusta vivir acá, pero claro, los inviernos a veces son muy largos. Hay un solo colectivo que sale a la mañana temprano para Suiza para llevar a la gente a su trabajo y regresa recién al caer la tarde. Hace 34 años que vivo acá pero si tuviera que decir por qué elegí venir a este pueblo de campesinos, no sé, es que las decisiones nunca son por una sola causa, a veces uno no sabe muy bien por qué, siempre hay más de una razón para hacer algo, pero yo no podría decir que ninguna haya sido suficiente para tomar una decisión. Lo que pasa es que después vienen los reportajes y los periodistas preguntan por qué vive aquí y como insisten con la pregunta uno va construyendo respuestas. Pero en la vida no todo tiene una causa clara para uno, sino que las cosas se dan, algo aparece en determinado momento y uno actúa.

Berger tenía 50 años cuando vino a vivir a Quincy entre los campesinos de montaña.

–Mi educación formal había concluido a los 16, pero entre estos campesinos de Quincy, aquí, entre las montañas, yo aprendí tanto como en una universidad.

Y de pronto aparece entre nosotros Páginas de la herida. De repente, así como aparece siempre la poesía. Se instala ahí como un suceso que hay que abordar. Buscamos un poema en especial, así que vamos y venimos por sus páginas, nos demoramos. Sus manos otra vez, esas manos. Cuando por fin lo encontramos, como ésta es una edición bilingüe, él lee una parte en inglés y luego yo sigo en español. Después Berger busca la exquisita edición de 1994, que incluye fotos y dibujos y afirma que leer un poema significa ser transportado pero no al futuro ni al pasado. Que sólo hay un aquí y ahora. Un tiempo y un lugar idénticos al de la lectura del poema y que lo incluye todo.

Berger hace también sus preguntas. Quiere saber por ejemplo qué enseño en la escuela, cuántos años tienen mis alumnos, cómo son las clases, qué escriben los estudiantes. Me cuenta que él escribe poemas desde los 12 pero no conserva ninguno de esa época. Me pregunta también por mis parientes en Italia, que conoce muy bien esa zona del norte, la comuna de Coli, me dice, y se dispone a escuchar las historias familiares. Quiere detalles y a veces vuelve a preguntar para que la respuesta sea más larga. Y entonces hablamos de la inmigración, de la hambruna de los pueblos, de la separación de las familias, los hermanos que no pudieron volver a verse nunca más, de las tristezas y de las fatigas, de las madres y los padres que fueron envejeciendo habiendo perdido para siempre todo contacto con sus hijos, de las guerras.

Parece que a Vincent la caminata sobre el banco le abrió el apetito.

–¿Qué hora es? –pregunta Berger–. Podríamos tomar una copa de vino.

Entonces se levanta y corta primero unas rodajas de pan fresco y las dispone sobre la mesa. Luego toma de la alacena una botella de vino y busca las copas en el armario. El ventanal de la cocina es grande y desde aquí se ven las tierras cultivadas y un recorte del pueblo. Se ven también, y parecen cercanos, los picos blancos de los Alpes y el modo en que la nieve fulgura desde esa altura. Estamos parados frente a la mesada de la cocina. Muy cerca de nosotros hay un canasto lleno de nueces. Mientras él descorcha el vino, yo hundo mis brazos entre las nueces hasta tocar el fondo del canasto. Al oír el crujido de las cáscaras, Berger señala hacia afuera.


–Todas estas nueces son de ese mismo árbol –dice.

El nogal que se ve tras la ventana es una planta grande, fuerte.

Llenamos las copas.

–Brindemos –dice Berger, y cada uno a su turno elige para ese brindis sus propias palabras, que son deseos, y que quedan flotando sobre la mesa.
Insisto, hay que ver las manos de este poeta, manos que tienen las marcas del trabajo en la tierra, en la escritura, la pintura. Hay que ver estas manos.
Después miramos algunos libros de fotos y hablamos sobre las diferencias entre foto y escritura.

–No podría decir cuándo me inicié en la fotografía. Lo que sé es que siempre he reaccionado a las imágenes de cualquier tipo, no sólo a las fotográficas. Y cuando publiqué poemas que incluían fotos mi intención no era que la fotografía fuera una ilustración, no, no me gusta esa idea. Yo quiero que la foto sea un texto del mismo nivel que el poema. Muchas veces incluso primero surgía la imagen y recién después escribía el poema.

El perfume del vino es dulce pero también huele a maderas y, como los deseos del brindis, queda en el aire, sobre la mesa, entre nosotros.
–Una foto –dice Berger– es una instantánea. Un fotógrafo puede tomar muchas fotos, y descartarlas y volver a tomarlas y continuar así. Pero una imagen nunca está terminada. Un texto en cambio nos visita y luego nos abandona.

Salimos juntos de la casa. No bien pasamos la puerta, la imagen del poeta Mahmoud Darwish desde la gran foto que cuelga alta en la pared hace que nos detengamos allí frente a él.

–Era mi amigo –dice Berger– y está muerto. Luego, por unos segundos, en silencio, Berger se queda mirando el paisaje del otoño en Quincy. Las hojas amarillas de las plantas que se desprenden y caen livianas, las ramas de los árboles que empiezan a quedarse peladas.
Nos despedimos en el porche. Por alguna razón, su abrazo tan fuerte me recuerda el nogal cargado de frutos en el jardín. Habíamos pasado la tarde leyendo poesía, hablando de la tierra y los lugares, de las lenguas. Habíamos tomado vino e imaginado otras vidas en otros tiempos. Nos contamos historias familiares y hablamos de los fracasos y los sueños.

En la última imagen que tengo de este encuentro, una imagen que es también una poesía, lo veo a Berger parado en el medio de la calle. Nos sigue con su mirada celeste y levanta el brazo bien alto para saludarnos mientras nosotras empezamos a bajar por el camino entre montañas. Con la distancia el poeta debería verse más pequeño a medida que nos alejamos. Pero no.

–Ya no nos volveremos por la autopista –me dice Paulina mientras andamos todavía por las calles de Quincy.

–¿Y por dónde entonces? –le pregunto.

–Por adentro –me contesta–, volveremos por adentro y así atravesaremos los pueblos.

Y eso hacemos, vamos pasando uno a uno todos los pequeños poblados y los nombramos exagerando la pronunciación en francés. Ya casi termina la tarde cuando llegamos a la frontera con Suiza. Pero hay algo raro. Aun cuando el aire empieza a oscurecerse cada vez más porque el sol ya está poniéndose detrás de las montañas nevadas nosotras nos volvemos de ese encuentro como quien regresa de una iluminación que, en su brevedad, durará sin embargo para siempre y traerá una y otra vez la misma imagen. Nos abrazamos en el porche para despedirnos, después John Berger nos acompaña con su mirada celeste, se para en el medio de la calle, siempre grande y tan fuerte como un nogal, nosotras nos alejamos, él levanta el brazo bien alto y nos saluda agitando su mano.