viernes, 3 de julio de 2009

Ray Bradbury: "¡Al infierno con Internet!"


El autor de Crónicas marcianas, que cumplirá 89 años en agosto, asistió este fin de semana a una colecta pública para impedir el cierre de una biblioteca en Ventura (California). por falta de presupuesto. Allí, el maestro de la ciencia ficción dijo que su educación se debe enteramente a las bibliotecas públicas y que Internet es algo irreal que sólo "existe en el aire".

AUTODIDACTA. "Las bibliotecas me criaron. No creo en las universidades", dijo el autor de Farenheit 451.

A los 88 años, Ray Bradbury sigue tan energéticamente involucrado con sus pasiones como si tuviera un tercio de su edad. El hombre que escribió la novela Fahrenheit 451, donde imagina un futuro totalitario en el que los libros son quemados a rajatabla, está hoy luchando con furia e indignación contra el cierre de una biblioteca pública en el estado de California -la biblioteca H.P. Wright del pueblo de Ventura- por falta de presupuesto.

"Las bibliotecas me criaron -dijo el autor de Crónicas marcianas en una entrevista con The New York Times-. No creo en las universidades. Creo en las bibliotecas porque la mayoría de los estudiantes no tienen nada de dinero. Yo me gradué del secundario durante la gran depresión y no teníamos dinero. No pude ir a la universidad, entonces fui a la biblioteca pública tres días a la semana a lo largo de diez años".

En enero de este año el Estado de California le informó a la Biblioteca H.P. Wright que si no recaudaba 280 mil dólares tendría que cerrar sus puertas definitivamente. Contra reloj, la biblioteca ha llegado a reunir 80 mil dólares. Tiene hasta marzo del 2010 para llegar a la cifra establecida.

El sábado pasado Bradbury fue el invitado de honor en una colecta pública donde se proyectó una película basada en su cuento El maravilloso traje de helado. La entrada salía 25 dólares. Allí Bradbury dijo que ha visitado casi todas las bibliotecas públicas de California: "Yo ya estoy en una silla de ruedas. Entonces me pueden tirar en el auto y después tirarme en la biblioteca y vender libros, recaudar fondos y quedarse con todo el dinero. Lo hago gratis. Recaudo fondos para que puedan seguir".

Sin duda una de las causas del declive de las bibliotecas es el auge de Internet. En esta era de Wikipedia, ¿qué chico va a la biblioteca de su barrio para conseguir información para un trabajo del colegio?

Si uno cree que un autor de ciencia ficción como Bradbury estaría fascinado con el Internet, está equivocado. Lo detesta. "Es una distracción. No es real. Está en algún lugar en el aire", dijo el escritor.

Bradbury contó que hace poco Yahoo lo llamó para pedirle permiso para subir uno de sus textos a la web. "¿Saben qué les contesté? Les dije que se fueran al infierno. Al infierno con ustedes y al infierno con Internet".

Para rematarla, Bradbury enfatizó la centralidad de las bibliotecas para el aprendizaje y la auto-educación: "Yo leí todo en la biblioteca. Todo. Sacaba como 10 libros por semana, unos centenares de libros por año. Literatura, poesía, teatro; todos los grandes cuentos cortos... ¡todos! Me recibí de la biblioteca cuando tenía 28 años. Allí me educé. No en la universidad".

Fuente: The New York Times y The Guardian

Idea Vilariño: "Onetti y yo éramos dos monstruos"

"Onetti y yo éramos dos monstruos"

Idea Vilariño, una de las más destacadas poetas uruguayas, murió en abril de este año. En esta entrevista inédita, realizada poco antes de su muerte, habló con la periodista María Esther Gilio de su larga, compleja y al mismo tiempo amorosa relación con Juan Carlos Onetti, de su infancia, de una rara enfermedad que padeció y de su poesía.

Por: María Esther Gilio

SOBRE LO COTIDIANO. "Siempre me he rehusado a usar palabras que suelen considerarse poéticas", dice Vilariño.

En un barrio de típica clase media, arbolado y con pequeños jardines, está la casa de Idea.

Hoy, martes 28 de abril, a primera hora las radios anunciaron su muerte durante una operación que le realizaron en la madrugada de ayer. Paso por su casa y veo a la gente que se acerca, se detiene y mira las ventanas cerradas y algunos ramos de flores dispersos sin orden por el jardín. Todos hablan entre ellos. Se preguntan, ¿cómo fue? ¿a qué horas? ¿dónde? "Ella no tenía mucho apego a la vida" dice una mujer que sale de la casa con una escoba en la mano y se detiene mirándolos a todos, tal vez esperando preguntas. Una señora rubia envuelta en un chal de lana gris se acerca a ella y le pregunta a qué hora fue. "No sé bien, de madrugada creo. Ella siempre se dormía muy tarde. Esta es su casa, pero ella no murió acá. Murió en el hospital mientras la operaban." Queda en silencio y minutos después añade: "tal vez a ella le habría gustado morir en su cama. No sé, no sé. Ella siempre hablaba de morir pero no creo que le hubiera gustado morir en ningún lado. Los poetas son así, siempre dicen cosas que les parecen bonitas. ¿Pero son verdaderas? Yo no creo que Idea estuviera deseando morirse. Si a uno le gusta morirse, se suicida. Ella disfrutaba todavía de demasiadas cosas. Le gustaban los dulces, y muchas veces recibía flores de hombres que la habían querido y tal vez la seguían queriendo. Aunque no sé, tenía un carácter bastante apagado."

Ya en mi casa, busqué las cintas donde había grabado la última y casi única entrevista que le había hecho en mi vida. Una entrevista que me había dejado disgustada por la cantidad de veces que Idea había dicho "De eso no hablo, eso no lo pongas". La escuché con dificultad, pues la voz de Idea era tan baja que sólo podía entender lo que decía pegando el grabador a mi oreja. La primera pregunta me retrotrajo a varias décadas anteriores, al momento en que por primera vez leí a Idea y sentí la angustia que su poesía podía producir. Allí hablaba, creo, de personas tiradas al sol y decía refiriéndose a ellas "cada una es un fruto madurando su muerte".

Siempre recuerdo la impresión que me dejó un verso de uno de tus más viejos poemas: "Cada uno es un fruto madurando su muerte", decías. Ahora al volver a verlo en " Poesía Completa", de Cal y Canto, supe que tenías 19 años. Me pregunto qué te habría pasado para que tuvieras ya una idea tan clara de la fugacidad de la vida.

Era aun más chica cuando ya pensaba en la muerte. Hace poco rompí unos poemas de cuando tenía 12, 13 años y en ellos estaba la muerte muy presente. Yo escribía antes de saber escribir. No sabía escribir pero me fabricaba versitos, estupideces, que guardaba en la memoria. Muchas veces no sabía qué quería decir una palabra pero la usaba porque era linda.

¿Y sobre qué escribías siendo tan chica? ¿Sobre flores, pájaros?

Sí, sí. Y también sobre la patria. Recuerdo..."Fue mi patria tierra amada, que las fieras habitaban. Y entre las flores del ceibo, los picaflores volaban...", dice Idea y sonríe. Una breve sonrisa giocondina, como dijo Onetti alguna vez.

De cualquier manera me resulta curioso que la idea de la muerte te haya llegado en un tiempo en que ésta es algo que sólo le pasa a los otros.

No, no, en mi caso no. Murió mamá, a los dos años mi hermano Azul y un tiempo después papá. Los cuatro –Alma, Poema, Numen y yo– quedamos mirándonos. Dijo el médico de la familia que conocía a todos: "Ahora quieren ver quién se muere primero." Y tenía razón.

Fue terrible. Eran adolescentes.

Claro. Después de la muerte de Azul, Alma y yo pasamos a ser las mayores. Azul murió de una enfermedad del miocardio que pocos años más tarde curó la penicilina. Después me enfermé yo. No era la primera vez. Pero en ese momento la enfermedad tuvo características terribles que nada aliviaba. El médico me decía que la piel se me necrosaba todos los días. Entonces me metían en una bañera llena de agua con no sé qué producto hasta que la piel se ablandaba. Esa piel caía y yo quedaba con una piel tan frágil que si me movía se rompía.

¿Eso te pasó durante cuánto tiempo?

Yo diría que fue, con intervalos, durante varios años.
Durante los últimos episodios tú ya estabas relacionada con Manolo Claps, quien te cuidó con dedicación de madre.

Sí, Manolo fue un santo. Aunque sólo pasaba períodos en Montevideo porque estaba estudiando filosofía en Buenos Aires.

Entonces te curaste con el medicamento de aquel sabio veterinario.

Sí, vivíamos en Joaquín Requena, cerca del Parque Rodó. Al día siguiente de esta rara vacuna, yo abrí los ojos y dije: "¿Quién sacó la tela de araña que estaba allá arriba, en el ángulo? ¿Por qué la sacaron? Era una belleza".

Querías encontrar el mundo tal como lo habías dejado.

A pesar de mi miedo a las arañas, quería esa tela allí, en mi techo. Vi esa falta y al mismo tiempo escuché campanas. Luego quedé en babia y después lentamente volví a la realidad. Me ayudó el verano. El sol y el mar.

Y Manolo Claps que seguía cerca de ti. ¿Podríamos decir que tu gran amor fue Manolo Claps?

Sí, yo estuve muy enamorada de Manolo. El fue el primer hombre en todo sentido. Era una relación muy especial. Manolo era tan delicado, tan encantador. Puedo decir que después de mi padre y de Alicia Goyena fue Manolo quien me formó intelectualmente. Era argentino y siempre que llegaba de Buenos Aires venía con aquellas valijas cargadas de libros y revistas culturales que leíamos, comentábamos.

Seguimos con tu vida afectiva; después de Manolo, Onetti. El cambio es grande. Se acabó la paz...¿o no?

Tuvimos períodos en que estábamos muy bien. En que todo funcionaba, en que nos entendíamos totalmente. Esos períodos eran maravillosos.

Pero no duraban.

Era todo muy complejo. Estábamos en uno de esos buenos momentos cuando él me dijo que se iba a Buenos Aires. "¿Por qué?" dije yo, "¿por qué te vas?" "Porque tengo que casarme", dijo él. "Tengo que casarme. Tengo".

¿Pero tú qué dijiste? Tratá de recordar qué dijiste.

No sé, éramos muy especiales. Esto ocurrió en un momento en que no estábamos muy problematizados sino al contrario, estábamos insólitamente bien, maravillosamente bien. No sé qué dije. Seguramente no dije nada.

Pero ese verbo que él usó, "tengo", quedó muy grabado en tu memoria. ¿Supiste por qué "tenía" que?

Habló de Dolly, de cómo era Dolly. (Se refiere a la última mujer de Onetti, con la que el escritor estuvo casado hasta su muerte) No sé. Tal vez yo dije: "La semana que viene me voy a Las Toscas". El, claro, algo dijo. Lo curioso es que no fue algo que le costara decir. Para él era algo banal. Tenía que casarse la semana siguiente y nada más. Se trataba de algo irrelevante.

¿Y tú nada tenías que ver con ese hecho?

Qué desgraciado–, dice Idea sonriendo con indudable ternura. Entonces le dije: "Si estuviera locamente enamorada de otro hombre y te dejara por él, ¿lo aceptarías?"

¿Y él?

El... no recuerdo bien qué dijo. Creo que nada. No era de hablar mucho, de explicar. El explicaba con palabras que tornaban todo más incomprensible. Pero era así. Eramos unos monstruos. Yo también.

Tú también.

Claro, yo también. Recuerdo una vez que me prometió venir a Las Toscas a pasar una semana conmigo. Yo lo esperé pero no vino. Cuando finalmente nos encontramos le pregunté por qué no había venido. Le dije: "Te esperé". "¿Querés que te diga la verdad?" Dijo él "¿Querés realmente saber?" "Sí", dije yo que no iba a ser menos hombre que él... "Sí, sí, decime". "Mirá, –dijo él– me pasé la semana con una mujer. Pero cada vez que encendía un cigarrillo pensaba en lo nuestro." Y se acabó el tema. El decía siempre la verdad aunque esto te matara. No sabía lo que era cuidar al otro.

Tú me contás esto y yo pienso en tu poema "Ya no" donde parecés dolerte de no saber cómo habría sido estar juntos, quererse, estar. La pregunta es en definitiva, ¿querrías haber armado con él una pareja, compartir la vida de todos los días?

Yo no digo ahí que querría eso, sino que eso no podría ser.

El dijo en una entrevista que estaba enamorado de ti, pero que nunca sintió que tú estuvieras enamorada de él.

Sí, sí, ya lo sé. El me lo dijo a mí muchas veces. Cuando eso apareció en la entrevista que tú le hiciste y publicó la revista Brecha, me llamaron de todas partes para preguntarme. Yo me enojaba mucho con él cuando decía que no sentía que estuviera enamorada. "Con la cabeza lo entiendo, pero con esto no", decía él y se tocaba el corazón.

¿Por qué pensás que no creía en tu enamoramiento?

Porque yo muy a menudo decía no.

Y para él no hay amor sin sumisión.

Seguramente. Pero yo no tenía más remedio que decir no, salvo que estuviera dispuesta a dejar que me pisara la cabeza. Pero además, no se trataba sólo de amor. Era la manera de vivir. Nosotros nos contábamos todo, hablábamos de todo lo que nos pasaba, de lo que pensábamos y sentíamos con total libertad. Sin miramientos ni escrúpulos. Eso era algo que hacíamos bien, pero compartir la vida... Habría sido muy difícil. Yo no debí haberme enamorado nunca de Onetti. Era el último hombre que tenía que haberme gustado. Eramos dos personas absolutamente contradictorias.

¿Pero habrías escrito los poemas de amor que escribiste?

Eso, quién puede saberlo.

¿Cómo conociste a Onetti?

Había una reunión de la gente de la revista Número a la que iría Onetti como invitado. Yo estaba, aunque todavía débil, en plena recuperación de uno de mis episodios. No sentía ganas de ir, pero Manolo insistía. "Vení, va a estar Onetti", decía, lo cual a mí no me interesaba. Finalmente me vestí, fui y Onetti estuvo seductor. Completamente seductor, y claro, me sedujo a mí y a todos. Cuando se fue quedó en mandar de Buenos Aires los cuentos que se publicarían en la revista Número: "Un sueño realizado", "Bienvenido Bob" y otros. A partir de ahí él mandó cartas a Número donde siempre había palabras para mí, la mujer de sonrisa giocondina.

Para terminar con tus amores más importantes y también más públicos, tenés que hablar de Jorge, con quien curiosamente, te casaste.

Jorge había sido alumno mío, yo le llevaba veinte años. Siempre hablábamos mucho de mi poesía. Le pregunté si quería oír los Poemas de Amor que tenía grabados. Dijo que sí, puse el disco y se conmovió de una manera tan terrible que yo no sabía qué hacer. "¿Qué te pasa Jorge?", le dije. "Hay quienes tienen todo y quienes no tenemos nada", dijo él.

Se refería a Onetti.

Sí, Onetti tenía todo ese amor que yo expresaba allí y él no tenía nada. De cualquier modo yo sentía que era muy joven para mí. Pero yo estaba viviendo una época de allanamientos. Eran los años 70 y la policía venía a cada rato a allanar mi casa. Dejé de lado los escrúpulos. El se había expuesto varias veces por mí. Recuerdo un día en que llegamos a Las Toscas y nos encontramos veinte milicos, barriga en tierra, apuntando hacia la puerta de mi casa. Jorge atravesó esa escena y respondió al interrogatorio que le hicieron, cuyo final nadie podía prever.

En definitiva, y a pesar de la diferencia de edad, encontraste razones para casarte con Jorge. Volviendo al tema de tus viejos amores, ¿podrías decir que Onetti fue el hombre más importante de tu vida? ¿Qué fue lo que tanto te atrajo en Onetti? Tú no hablás de él en tus poemas, hablás de tus sentimientos. Hay algo que sí decís, que su piel huele a flores. En cuanto a cómo es él, nunca lo sabríamos por tu poesía.

Hay un poema que dice "No sos mío, no estás en mi vida, a mi lado, sos un extraño huésped que no quiere, no busca más que una cama, a veces, ¿qué puedo hacer? Decírtelo." Allí defino una actitud de él y una reacción mía.

Ahí hablás de una modalidad de la relación con él en algún momento.

Algo muy importante que no debés olvidar es que los poemas siempre se escriben en los momentos más negros. No toco, casi, los días felices con él. No tengo necesidad de escribir sobre esos momentos felices ya que los estoy viviendo.

En tu poesía tú hablás del dolor, la muerte, la soledad, la lejanía que duele. Todo esto abunda en tu alma. Pero cuando conversás conmigo sos menos dura con tu vida. Uno siente que tu vida te gustó bastante, ¿qué decís?

Pienso que valió la pena. Salvo aquellas épocas tan terribles de la enfermedad física, valió la pena.

De cualquier modo, cuando uno lee tu poesía no puede dejar de preguntarse si no pensaste en el suicidio.

(Largo silencio). Sí, pensé muchas veces. Y también pensé que lo que me defendía era la propia enfermedad. Porque cuando estás terriblemente enfermo y no sabés ya cómo vivir, empezás a soñar con el verano, los días de sol, el mar. Es raro lo que te digo. Y aparentemente contradictorio. Pero yo no pensaba en el suicidio cuando estaba muy mal. No pensaba.

Me gustaría que me contaras de tu infancia, adolescencia, familia y barrio. Empezamos pero no sé qué pasó. Creo que debemos cuidarnos de que Onetti no lo invada todo.

Vivía en la calle Luca. En el número decía Aguada, ése era el barrio. Cuando mis padres se casaron se fueron a vivir a una calera vieja que mi abuelo, que era un gallego precioso, había comprado cuando llegó. Aquella calera tenía un horno altísimo, en el cual la cal se echaba por arriba con el carbón en capas sucesivas y luego de cocida se sacaba por abajo. Después de vivir en ese primer piso de la calera vieja, nos hicimos una casa en la calle Luca. Esta casa tenía jardines adelante y al fondo. Chorreaban las rosas y los jazmines por todas partes. Y en ese jardín paradisíaco, una hamaca doble.

Te gusta mucho recordar eso. Hace unos minutos que hablás de tu casa en esa época y no dejás de sonreír.

Sí, fueron años muy felices. Pasaba algo que hoy veo como curioso. Me refiero a la actitud de mi padre que aceptaba complacido que saliéramos a bailar e hiciéramos en casa, reuniones, asaltos, como se usaba en la época. Para mí todo esto era muy lindo Me gustaba bailar y lo hacía muy bien. Mi padre no tenía nada que ver con este tipo de cosas. Era un hombre que pasaba sus horas libres leyendo a Kopotkin y otros en este estilo. Sólo escuchaba música clásica.

¿Te acordás del tango que más le gustaba a Onetti? Yo creo que era "Amurado".

Sí, "Amurado" le gustaba, pero yo creo que el que más le gustaba era "Tus besos fueron míos". "Pasaste por mi lado con fría indiferencia, tus ojos ni siquiera se detienen sobre mí. Y sin embargo tienen sumida mi existencia, y tuyas son las horas mejores que viví". Ese tango le encantaba.

Bailar no bailaba.

Una noche estábamos en casa y habían venido unos amigos a escuchar unos tangos viejísimos. Bailé con alguien que bailaba muy bien, con lo cual yo también bailé muy bien. Cuando me senté vi que Onetti estaba tristón. "¿Querés bailar?", le pregunté. "No, con lo que acabo de ver, no", dijo él.

Vayamos ahora a tu poesía porque ésta es una entrevista a una poeta ¿no? No hay en tu poesía palabras que no sean las cotidianas. Transmitís ideas muy profundas, que tocan el alma, pero siempre usando el lenguaje de todos los días.

Sí, siempre me he rehusado a usar palabras que salen de lo corriente, aquellas que suelen considerarse poéticas. Me cuido de no caer en eso, me cuido de no volver a tocar un poema una vez que lo dejé.

Quiere decir que no corregís.

Yo escribo un poema en unos minutos y no lo toco más. Puedo escribirlo varias veces, una atrás de otra hasta que me parece que está. Ahí lo dejo y no vuelvo a tocarlo.

Quiere decir que no cambiás una palabra o dos, sino que...

Vuelvo a escribirlo entero hasta que lo guardo o lo tiro. Cuando está, está.

En cuanto al proceso por el que llegás a escribir un poema, ¿éste te ronda la cabeza hasta que te sentás y lo escribís?

No, no, es como si la mano fuera... Es muy difícil para mí explicar lo que hago.

También podría interesar los sentimientos que te acompañan cuando escribís.

No, nada, nada. Tengo que hacer eso y lo hago. No que necesito hacer, que estoy obligada a hacer.

Juan Gelman dice que sus poemas responden a obsesiones. "Tengo una obsesión y escribo para terminar con ella". ¿Será lo tuyo algo parecido?

No, no es así. Es algo completamente natural que en determinados momentos debo hacer. Lo hago y jamás vuelvo a tocarlo, una vez hecho. Por otra parte no quiero ceder a la tentación de escribir lo que no estoy obligada a escribir. A esa tentación me resisto.

miércoles, 1 de julio de 2009

UN ESCRITOR ELIGE SU ESCENA DE PELICULA FAVORITA



El mapa de nuestras imperfecciones

Por Miguel Russo

Uno cree, a veces, que todo el mundo fue ciego para algo que vio y consideró revelador. Para lo que uno vive (de acuerdo con los japoneses y con Proust) como un satori. Pero, claro, uno, a veces, se topa con alguien que tuvo esa misma sensación de verdad magnífica y universal revelada con la misma intensidad y ante la misma escena. Escena, digo, y de modo invariable recuerdo el film de Andrei Tarkovski, El sacrificio. Lo mismo que le ocurrió hace exactamente un año a Susana Torres Molina en estas mismas páginas –digresión: debe haber una especie de satori en la conjunción de los siguientes tres estamentos: El sacrificio, junio, Radar–. “Una película que vuelvo a ver cada tanto y siempre me afecta de un modo contundente”, decía Susana, y recordaba escenas en aquella nota que invariablemente voy a recordar yo en ésta. Mejor dicho: la escena. Esa en la que el cartero, filósofo, nietzscheano y ciclista Otto le lleva de regalo de cumpleaños al crítico, ensayista y no menos filósofo Alexander un enorme cuadro con un mapa europeo del siglo XVI (es decir, de cómo creían los europeos que Europa era vista por ese dios blanco e inquisitorial, pero mirándola ellos y desde el llano).

Más digresión: la sola escena de Otto transportando el cuadro de metro y medio por metro y medio, apoyado en el pedal de la bicicleta por el medio del campo es algo sublime. La representación de la Tierra atravesando la realidad de la Tierra (puesto en palabras me salió así, pero juro que no sentí eso en el cine sino una sensación de absurda e irremediable finitud dentro de lo infinito que todavía no pude sacarme de encima y a la que aún no le encuentro palabras).

Vuelvo a aquella tarde de 1987 en la que vi por primera vez el film: Alexander le recrimina a Otto el alto costo del regalo (“es un sacrificio”, dice). Otto contesta que si no fuera un sacrificio no tendría sentido. Así, de un plumazo (un plumazo de Tarkovski, convengamos), Otto resume años y años de marxismo, de motor de la historia, de lucha de clases, de ética y estética revolucionaria, de teoría guevarista del hombre nuevo (lo juro, aunque sin haberlo querido, además de la antes mencionada sensación absurda e irremediable, todo eso se me condensó en la cabeza al leer el diálogo subtitulado). Fue como la aparición, de golpe, de la imagen de un tapiz cuando uno lo único que vio hasta el momento fueron los miles y miles de hilitos de lana amontonados en el telar sin sentido aparente. Satori, dicen los japoneses. Epifanía, como prefería Joyce.

Ese 1987 volví a ver El sacrificio siete veces en algo así como dos semanas, el escaso tiempo que duró el film en Buenos Aires. Cada versión que veía era cortada –vaya a saber uno, yo, por quién y cómo, con qué criterio, quiero decir– para llegar de las poco menos de tres horas originales a los comercialísimos noventa y pico de minutos con que se despidió de la cartelera. Por una extraña consideración, el tijeretero loco dejó afuera esa escena de Otto y Alexander. Así como otras sublimes y epifánicas por igual: la fábula del monje Pamvé y su método, que Alexander le cuenta a su hijo recién operado de amígdalas y, por lo tanto, con prohibición de hablar; una jarra llena de leche cayendo desde un estante y partiéndose en mil pedazos ante el ruido ensordecedor, y ese ruido convertido en temblor de un avión que marcha hacia la destrucción total; la mirada fija a cámara de la sirvienta-maga-símbolo sensual y divino María para decir “velas, cena, vino” como quien repite una lección aprendida desde hace siglos; las primeras palabras del hijo al salir de su mudez temporaria: “‘En el principio era el verbo.’ ¿Por qué, papá?”.

Mis hijos –que, como todos los hijos, jamás preguntan eso, pero siempre preguntan así– deambularon durante mucho tiempo para conseguirme, con mucho sacrificio, el video primero, el dvd después. Lo consiguieron, y saben que, en cualquier momento, puedo obligarlos a acompañarme a recibir otra dosis de Alexander y Otto. “Nuestra cultura es imperfecta –le dice Alexander a su hijo en el film (¿caben dudas de que, al menos para mí, es algo más que un film?) de Tarkovski–. Nuestra civilización es esencialmente imperfecta. Tendríamos que estudiar el problema y buscar juntos una solución.”

Sacrificio
(Offret, 1986)

Fue la última película de Andrei Tarkovski, estrenada el año de su muerte por cáncer, poco después de recibir el Gran Premio del Jurado en Cannes por ella. Realizada en Suecia, cuenta con concisión, belleza visual y una sencillez dramática imponente las circunstancias de un actor retirado interpretado por Erland Josephson, uno de los dos aportes bergmanianos de la película, junto con el director de fotografía Sven Nykvst. El hombre promete dejar atrás “todo aquello que lo conecta con el mundo” en una apuesta para salvarlo del inminente holocausto nuclear que ha anunciado la televisión. En su momento, algunos críticos la encontraron –a pesar de la innegable fuerza y elegancia de su puesta en escena– como una de sus obras más “deshumanizadas”, más cercana a un estudio sobre la locura que a un estudio sobre el poder de la fe (un tema central en la filmografía del autor de La infancia de Iván, Stalker, la zona, El espejo y Solaris) y el autosacrificio. Para otros fue, sin embargo una despedida inigualable, a la altura de las ambiciones del director de plasmar en el cine una expresión definitiva del desasosiego y la zozobra espiritual.

INTERNET > LA DISCRIMINACION ON-LINE

Pescame si puedes

Desde sitios que recomiendan dónde conseguir libros de circulación restringida, como Mi lucha o Los Protocolos de los Sabios de Sión, hasta grupos en Facebook que juntan firmas y dinero para asesinar a Evo Morales, pasando por organizaciones barriales contra las villas, jugadores contra árbitros y hasta sitios que denuncian a quienes denuncian las discriminaciones. El problema de la discriminación se multiplica en Internet y el modo de combatirlo es tan vasto y ágil como la misma red.

Por Gustavo Veiga

Si Henry Ford hubiera escrito hoy y no en 1920 su libro El Judío Internacional estaríamos ante un best seller del público antisemita. Con el libelo Los Protocolos de los Sabios de Sión difundido por primera vez en 1905 habría pasado otro tanto. Y así con cada uno de los textos más o menos célebres que pregonan el ideario de la supremacía racial, incluido Mi lucha de Adolf Hitler, editado en 1925. Con sólo un click en el mouse de la computadora, Internet haría posible la difusión de esos manuales de la discriminación entre millones de personas. Ni el fundador de la automotriz estadounidense podría detener –como lo intentó en 1942– que se distribuyera su obra. Ya es demasiado tarde. El racismo goza de buena salud en Facebook, Youtube y MySpace, aunque todavía cueste encontrar sus trabajos fundamentales.

“Estamos dispuestos a asesorarlo en lo que desee, contamos con un grupo de buscadores de libros descatalogados y difíciles de encontrar. Su consulta es bienvenida”, señala la Librería Argentina en su página web. Allí pueden adquirirse un ejemplar de Mi lucha por 35 pesos, Los Protocolos por 25 o los discursos completos del Führer por 84. La oferta es una de las tantas que circula en Internet para el público que busca con avidez ese tipo de textos. Están quienes procuran libros impresos, quienes se conforman con bajarlos de la red y quienes deambulan sin saber qué hacer. “¿En qué librería puedo encontrar Mi lucha?, vivo en Ciudad de México”, se pregunta un anónimo internauta en los foros de Yahoo.

El 14 de mayo pasado, el centro Simón Wiesenthal dio a conocer un comunicado en el que afirmaba que “el aumento más fuerte de ese odio digital viene de Facebook”. Algo semejante sostenía de Youtube y MySpace donde aquella organización denuncia que hubo un 25 por ciento de aumento en lo que denomina “grupos problemáticos”.

En Estados Unidos, el país donde tienen su dirección virtual la mayoría de los sitios antisemitas del mundo, la conocida Liga Anti-difamación (ADL) le atribuyó a la crisis financiera internacional un rebrote de las ideas antisemitas: “Los mensajes atacan a los judíos en general; algunos los acusan de controlar el gobierno y las finanzas, de formar parte de un ‘orden judío mundial’ y de ser en consecuencia los responsables de la crisis económica”. La entidad que lucha contra el racismo en EE.UU. señaló también que, en distintos foros sobre finanzas, se mandaron mensajes antisemitas relativos al quebrado Lehman Brothers y otros bancos. Aggiornado, el concepto sería parecido a uno que sostenía el propio Ford: el empresario creía en una banca positiva liderada por la Casa Morgan y una negativa, dominada por banqueros de origen judío.

El odio racial tiene varias cabezas como la Hidra de Lerna. El antisemitismo es la más conocida pero no la única. En Bolivia, un joven de 20 años, Hony Piérola, creó un sitio en Facebook al que convocaba bajo el slogan “Colecta global para liquidar a Evo Morales” y que llegó a tener 8000 usuarios. Fue luego de que el presidente boliviano reformara la Constitución de su país. Uno de los mensajes, fechado el 10 de agosto de 2008, le sugería al webmaster: “Yo no estoy de acuerdo con matarlo de un tiro, opino que habría que torturarlo y hacerlo padecer, como él lo está haciendo indirectamente con mucha gente boliviana”. El odio racial contra el presidente de origen aymara –azuzado por sus adversarios políticos– provocó que la red social creada por Mark Zuckerberg cerrara el grupo de Piérola a principios de este año.

En la página alemana www.boocompany.com se enumeran doscientas páginas nazis sólo en Facebook, la mayoría diseñadas en Estados Unidos, Italia, América latina, Indonesia, Turquía y los países árabes. Hay usuarios que se registran como Josef Goebbels o que colocaron una fotografía de Hitler en su perfil. En Youtube proliferan los videos donde se niega el Holocausto. Son conocidos dos casos en Australia donde ya hubo condenas de la Justicia por subir imágenes a Internet.

Para detectar ejemplos de esta práctica extendida, el centro Wiesenthal activó un mecanismo de monitoreo contra el racismo y el terrorismo internacional que se especializa en Facebook. Y también brotaron como hongos distintos foros contra cualquier tipo de discriminación en Internet.

En la Argentina, el Inadi inició una campaña en la que instó a denunciar a grupos como “Basta de negros villeros”, “Odio a todos los negros villeros, ¡hay que matarlos!”, “Por un Quilmes sin negros” y “No a los floggers, grasas, negros cabezas, villeros y otros en Facebook”, que a fines de 2008 eran algunas de las treinta comunidades virtuales bajo consignas semejantes.

Otro de los casos más conocidos surgió en Bahía Blanca, donde unos 3700 usuarios de Internet adhirieron al sitio “¿Quién conoce a esta muda?” en el que se burlaban de una mujer sordomuda que pide limosna en las calles de la ciudad. “El día que me compre una F100 le apunto al medio”, escribió un fascista virtual. Cuando la psicóloga Silvia Scheider acudió al Inadi para reportar lo que pasaba con ese grupo, le abrieron una página que llamaron “Yo odio a la psicóloga”.

En mayo último, un instructor de árbitros, José Barenboim, denunció ante la Justicia Federal y la DAIA al relator de fútbol Gabriel Anello por apología del nazismo. Según aquél, su hijo Roger recibió un mensaje en Facebook donde el periodista de Radio La Red le decía: “Hitler debió haber vivido 10 años más para terminar su obra”. De ese modo, Anello habría respondido a un agravio que el joven dejó en su muro, el lugar donde los usuarios colocan mensajes, fotografías y videos en Facebook.

Según los especialistas, en 1995 había un solo sitio web donde se alentaba el racismo, en julio de 1999 la cantidad se había ampliado a 2100 y hoy, de acuerdo con los datos que maneja el centro Wiesenthal, son algo así como 10.000 en Internet. Los grupos de pertenencia más atacados son los judíos, católicos, musulmanes, hindúes, homosexuales, mujeres e inmigrantes. Una señal de que la discriminación se guía por la aversión hacia todo aquel que sea diferente. No importa si se trata del color de la piel, la fe que profesa, su condición sexual o su origen étnico. Hay lugar para todos. Como en Internet

ANDRES CASCIOLI_murió el jueves pasado, 25 de junio, a los 72 años


Murió Andrés Cascioli, el creador de la revista Humor
La publicación fue uno de los emblemas del retorno democrático. También su nombre está asociado a la ya mítica Satiricón.

El dibujante, editor y artista plástico Andrés Cascioli, personaje entrañable del humor gráfico argentino, creador de la emblemática revista Humor y partícipe de las recordadas Satiricón ( que también fundó en 1972, junto a Oskar Blotta) y Fierro, falleció a los 72 años víctima de un cáncer. El hecho ocurrió anteanoche, pero recién fue confirmado a media tarde de ayer.

La mala noticia la dio a conocer su amigo personal Tomás Sanz, escritor y humorista con quien Cascioli trabajó durante cuarenta años en Satiricón y en Humor. Sanz describió a Cascioli como "un tipo notable y un dibujante de primera".

El humorista fallecido era oriundo de Avellaneda, donde nació en 1936. Cascioli caricaturizó a todos los personajes de la política local en los últimos 30 años e hizo de la revista Humor un semillero de figuras del humor, la historieta e incluso del periodismo. Asimismo, entre otros emprendimientos, Cascioli sacó en Ediciones de la Urraca otras publicaciones como El Péndulo, El Periodista de Buenos Aires y Humi. Dos libros recopilaron sus trabajos.

UNA PEQUEÑA HISTORIA

Por Andres Cascioli

Abogados y militares se alternaron desde siempre en el manejo de nuestro sufrido país. La pequeña historia de la revista Humor Registrado se inscribe en uno de esos tantos momentos en que los uniformados se sentían dueños y señores de la Argentina y de los argentinos. Ibérico Saint Jean, un general de la dictadura, lo expresó con siniestra crudeza cuando anunció que acabarían con los rebeldes, los familiares, los amigos y todo aquel que simpatizara con las ideas de aquellos.

La amenaza no quedó sólo en palabras: persiguieron, asesinaron, secuestraron, torturaron y, además, robaron las pertenencias a miles de ciudadanos. Y unas 30.000 personas carecenunca se sabrá con certeza cuántascarece fueron víctimas de un método terrorista inédito en la historia argentina: la desaparición.

Para “limpiar” tanta mugre ante el mundo, la dictadura recurrió en 1978 al Mundial de Fútbol. Ese contexto significó al mismo tiempo una oportunidad: la de aprovechar el auge de nuestro deporte más popular para salir con Humor Registrado, cuyo nombre fue elegido deliberadamente para pasar desapercibido y no molestar a los cancerberos de turno. Ellos estaban prestando atención a otra cosa.














Después de todo, el nombre no importaba. Lo importante eran los códigos que habíamos creado y que se reflejaban en el diseño de las portadas, en los titulares, en las secciones y en el talento de los dibujantes, guionistas y redactores que conformaban nuestro equipo.

Humor tenía un antecedente inmediato en Chaupinela, revista parida en 1975, en una oficina prestada, un verdadero cuchitril donde empezó a germinar la idea de lo que sería tres años después una publicación más madura. Pero ese precalentamiento, durante el gobierno peronista piloteado por “Isabelita”, sería muy valioso. López Rega y sus secuaces de la Triple A perseguían por esos días a periodistas, actores e intelectuales que tuvieran tufillo a “zurdo”.

Y se daba entonces una paradoja: mientras para los militares éramos “comunistas” (de acuerdo con las enseñanzas adquiridas en la escuela de Panamá), para el gobierno de Isabel y López Rega éramos “gorilas”. Años después careceya en plena restauración democráticacarece la acusación cambió: se nos empezó a tildar de “radicales”.

Con el equipo de Humor creamos nuestra propia zona liberada, porque percibíamos nuestro ámbito como un refugio, un espacio de libertad. Y la gente lo notaba. Por eso, rápidamente (un año, apenas) triplicamos las ventas.

Ya no estábamos solos. Sentíamos el decidido apoyo de los lectores.

Empezaron a sumarse, además, periodistas que no encontraban espacio en otros medios, ya que existía una fuerte censura en la mayoría de las publicaciones, salvo aquellas que manifestaban abiertamente su apoyo a la dictadura y eran recompensadas económicamente.

El gobierno militar no permanecía inmutable, desde luego, ya que utilizaba una fórmula de amedrentamiento muy eficaz: los juicios por calumnias e injurias, en los que se valía de grandes estudios particulares de abogados a los que pagaba muy bien por sus servicios.

Como editor responsable de Humor debí enfrentar más de treinta juicios de este tenor, sentado en el banquillo de los acusados frente a esos delincuentes que entonces nos gobernaban, asesorados por aquellos que alguien definió muy certeramente como “aves de rapiña”. Malos abogados y peores militares: la vieja fórmula de la dominación y el engaño.

Después, mucho después, llegaría el castigo para los máximos responsables de aquella infamia.

Pero el país olvidó castigar a los sostenes e ideólogos: los empresarios, que se enriquecieron con el “Proceso” y lograron que todos termináramos pagando sus deudas en dólares; los economistas, que crearon una deuda de más de u$s 40.000 millones y derivaron gran parte del presupuesto para sostener a los represores, y que aún años después siguen dictando “cátedra” y engañando a la gente a través de los medios; los comunicadores, que mintieron a televidentes y lectores, atacaron a las Madres de Plaza de Mayo y aplaudieron las decisiones económicas de la dictadura y siguen impunes.

Todos ellos, que estaban detrás del telón de esa obra macabra, siguieron lamentablemente gozando de sus beneficios. Nosotros, desde la pequeña trinchera de Humor, hicimos lo que estaba a nuestro alcance en aquellos tiempos duros: denunciarlos y reírnos tanto de los protagonistas de la obra como de sus guionistas.

Muchos argentinos creen que nuestro trabajo valió la pena. Yo pienso lo mismo.


Andrés Cascioli murió el jueves pasado, 25 de junio, a los 72 años. Este texto lo escribió para el libro 30 años de humor político y otras perversiones (2006), en el que recopiló su obra. La tira de Rep se publicó originalmente en la contratapa de Página/12 el 1º de junio de este año a manera de homenaje, para que Cascioli, convaleciente del cáncer que finalmente le provocaría su muerte, alcanzase a leerlo en vida.


CAFE CULTURA EN LAS CARCELES_UNA EXPERIENCIA ESCLARECEDORA



De cómo tender puentes y aprender a tomar la palabra

Desde 2005, Café Cultura Nación promueve espacios de reflexión sobre la cultura argentina, como una herramienta para la construcción de una sociedad democrática y participativa. Y también lo hace en las cárceles, con los internos como interlocutores.

Por Karina Micheletto

“La vida no es bella en la cárcel. Es la cárcel, no es metáfora. La prisión es pérdida, priva, despoja. Dicen que su función es reubicarnos socialmente, pero eso sólo se puede lograr si cada uno lo busca. Este programa es un puente para esa búsqueda, un puente que vamos construyendo con encuentros cercanos al pluralismo y a la diversidad.” Quien escribió estas palabras en un informe es Silvia Machado, cuando era una interna de la Unidad 31 del Penal de Devoto. Hablaba del programa Café Cultura en Cárceles, en el que, una vez que recuperó su libertad, trabajó como coordinadora, y también propiciando las mismas charlas de las que antes había participado como público. Dar la palabra, tomar la palabra, encontrar un puente con el afuera y con la solución de problemas cotidianos son algunos de los conceptos que se repiten en los balances de este programa de la Secretaría de Cultura de la Nación, que funciona desde 2006 en una serie de penales e institutos de menores de todo el país (ver aparte). Un programa que tiene la característica de no haber sido pensado para los presos, sino de ser una continuidad de los Café Cultura que se vienen dando en diferentes bares, centros culturales, bibliotecas o universidades del país.

Desde 2005 Café Cultura Nación promueve espacios de reflexión y debate sobre la cultura argentina, como una herramienta posible para la construcción de la tan declamada –y en ocasiones abstracta– “sociedad democrática y participativa”. En cada reunión un invitado introduce un tema a modo de disparador (los ejes de este año fueron infancia, derechos, políticas públicas y Bicentenario). “Lo que planteamos en las cárceles es exactamente lo mismo, funciona igual que en el resto del país. No es un programa hecho para los internos, y esto es algo que ellos valoran mucho, y nosotros también –apunta Milagros Barbieri, coordinadora del programa–. La diferencia es que mientras que en cualquier municipio tenemos un interlocutor que puede ser el intendente o el referente de una ONG para plantear el tema a tratar, en las unidades el equipo de programación lo coordina con los mismos internos.”

Tomar la palabra

Abrir una charla adentro de las rejas tiene sus particularidades, claro. Cuando los invitados hablan de la experiencia del Café Cultura en las Cárceles, la palabra que primero aparece es “aprendizaje”. Lo sabe Marta Gómez, presidenta del Movimiento Madres en Lucha contra el Paco, que asistió con otras madres y con un psicólogo del movimiento a varios Cafés en las cárceles de Devoto y Ezeiza. “Fuimos a contar la experiencia de la lucha contra el paco, pensando en que los internos tuvieran herramientas para apuntar a la prevención, con sus hijos y sus familias, afuera –cuenta–. Para nuestra sorpresa, nos encontramos con que el paco había entrado en las cárceles. Nosotros pensábamos que circulaban otras drogas, no teníamos noción de la realidad de las cárceles.” El encuentro terminó abriendo oídos en todas las direcciones: “Encontrarnos nos sirvió a todos. Las internas y los internos hicieron muchísimas preguntas sobre prevención, con la angustia de tener a sus hijos lejos, sin poder darles la contención del día a día. Pero nosotros también aprendimos, porque ellos también hablaron. Y es muy difícil abrir el corazón para contar experiencias tan duras”, destaca Gómez.

La palabra, entonces, pasa a ser el gran tema de estos Cafés, y lo que los diferencia de los encuentros que se dan afuera de las cárceles. Una palabra que se valora tanto más porque está tanto más negada que en otros espacios. Una palabra que comienza a ser cuidada y buscada, que ya no es únicamente la que circula todo el tiempo rejas adentro, reproduciéndose monocorde, la del ambiente tumbero. Por eso los invitados se sorprenden con el nivel de participación que encuentran, una vez roto el hielo y superada la barrera de la desconfianza inicial. Osvaldo Bayer, por ejemplo, agradece la forma en que los internos del Penal de Ezeiza se interesaron por el tema que propuso, hicieron preguntas y tomaron notas de cifras puntuales: los dos millones de hectáreas que le correspondieron a José Martínez de Hoz en la repartición de tierras que siguió a la Campaña del Desierto, por ejemplo.

En los diferentes Cafés a los que asistió –y en los que seguirá asistiendo siempre que se lo pidan, aclara él– Bayer hizo un recorrido por la historia argentina con temas que, dice, resonaban en forma distinta adentro de la cárcel: las guerras civiles y la extrema crueldad de los asesinatos políticos, el exterminio de la llamada Campaña del Desierto de Roca, las catorce dictaduras militares, la desaparición de personas y su metodología, “esa que en Europa llaman ‘la muerte argentina’, como si hubiésemos patentado un modo de matar propio”. “Es como si los internos, que en su mayoría cargan historias de abusos de todo tipo, tuviesen la capacidad de meterse de un modo especial en esas historias”, analiza.

Bayer repitió la experiencia en el penal de mujeres de Devoto, en pabellones como el que aloja a madres con sus hijos hasta los 4 años. Allí el foco estuvo puesto en la lucha de la mujer por sus derechos a través de la historia argentina. Y allí también las internas tomaron la palabra. “Tres de las presas tomaron la palabra para quejarse de no pueden estar alojadas con sus hijos, porque son menores de 21 años –cuenta Bayer–. Así lo establece la ley, y en verdad no es muy humana esa ley: ¿qué diferencia a una madre de 20 años de una de 21, cuando un año es una eternidad en una cárcel, y es una eternidad en un niño? Ellas tienen que dejar que críen a sus hijos las abuelas, u otras familias, es muy duro. Me pidieron que intercediera ante los organismos de derechos humanos para cambiar la ley, y en eso estoy.” Bayer escribió una contratapa en este diario sobre el tema, a partir de la cual comenzó a hacer llegar el reclamo por la modificación de la ley a los legisladores, por distintas vías.

Allí es donde comienza a tomar forma la idea de puente, que también aparece en los relatos sobre los Cafés en Cárceles, y los lazos que se multiplican alrededor de estos encuentros. Puentes para ayudar a conseguir trabajo, o hacerse oír ante un juez para lograr ver más seguido a la familia, por ejemplo. Y también aparecen los reclamos, describe Milagros Barbieri: “Lo que se escucha es: ‘Siempre vienen acá a empezar cosas, después se cortan y se borran. Llegan para ver cómo somos, para observarnos’. Y algo de eso hay en muchas de las experiencias que se dan en las cárceles. Por eso el compromiso de la continuidad en el tiempo es fundamental; el programa va cobrando razón de ser en su sostén a lo largo de los años”.

Intercambios

“La vida en las cárceles es todo lo difícil que nos imaginamos, pero también es cierto que en algunas unidades hay muchas actividades que tienen que ver más que nada con el ejercicio físico y el acceso a espectáculos y talleres –sigue Barbieri–. Obviamente, como Secretaría de Cultura valoramos estas posibilidades, pero lo que encontramos es que lo que está más vedada es la posibilidad de la palabra. En síntesis, se piensa en distraer a los internos, y casi nunca en escucharlos.”

Desde ese mismo concepto la música Valeria Cini planteó Cafés que abrieran el juego a la posibilidad de hablar de música, además de hacerla. “Empezamos hablando muchos, ellos y yo, yo también me encontré pensando cosas nuevas para mí. Hubo mucho intercambio –cuenta–. Desde qué lugar uno puede escribir una canción, qué cosas se pueden decir con una canción, ese tipo de cosas reflexionamos juntos. Y yo encontré nuevas respuestas. Las internas e internos me terminaron contando lo que les pasaba con algunas canciones, cosas muy íntimas, personales. Terminaron tocando la guitarra conmigo, y fue muy emotivo, sobre todo con los varones. Todo ese proceso terminó en una serie de canciones compuestas por ellos, y yo seguí yendo para escucharlas.”

Las experiencias de ese tipo se acumulan. Un Café que deriva en una articulación con una agencia de empleo, tras hablar de estrategias para enfrentar el mundo laboral –desde cómo armar un currículum, hasta si decir o no que se ha estado preso, y cómo hacerlo–. Del lado de los invitados, la experiencia que queda grabada también tiene que ver con el encierro. Lo sabe Valeria Cini, que tras haber pasado una larga jornada de trabajo en un penal, fue a abrir una puerta que daba a un jardín para tomar aire, como una acción cotidiana, natural. “La puerta estaba con llave, por supuesto. Todas las chicas del pabellón se mataron de risa, fue una carcajada general –cuenta—. Lo que sentí en ese momento es algo que no puedo explicar del todo, la experiencia del encierro pasada al cuerpo, y no sólo a la cabeza. Y también algo que recuerdo todos los días: ellas se quedaron tras esa puerta cerrada; yo me fui cuando quise.”