jueves, 12 de noviembre de 2009

CARL JUNG_El Libro rojo: La crónica de un viaje psicodélico


Cuando ya era un psiquiatra exitoso, Carl Jung se perdió en la niebla de su propia mente: visiones y voces lo acosaban. Registró esa crisis durante 16 años en un texto secreto. Celosamente silenciado por décadas, el Libro rojo acaba de editarse en inglés, como "la obra inédita más influyente en la historia de la psicología".

Por: Sara Corbett

CARL JUNG, 1961. El fundador de la psicología analítica en Zurich, poco tiempo antes de morir. Al recordar su crisis, un “cara a cara con el inconsciente”, lo comparaba con un experimento con mezcalina.

Esta es la historia de un libro de casi cien años de antigüedad, encuadernado en cuero rojo y que ha pasado el último cuarto de siglo guardado en la bóveda de un banco suizo. El libro es grande y pesado y su lomo tiene grabadas letras doradas que dicen Liber Novus, que en latín significa Libro nuevo. Sus páginas son de un grueso pergamino color crema y están llenas de pinturas de criaturas de otro mundo y diálogos manuscritos con dioses y demonios. Si uno no conociera el origen del libro, lo podría confundir con un volumen medieval.

Y, sin embargo, entre las pesadas tapas del libro, se desarrolla una historia muy moderna. Es la que sigue: El hombre llega a la mediana edad y pierde el alma. El hombre sale en busca de su alma. Tras un sinnúmero de didácticas penurias y aventuras –que tienen lugar en su cabeza– vuelve a encontrarla. Algunos opinan que nadie debería leer el libro y otros que deberían leerlo todos. La verdad es que nadie lo sabe. La mayor parte de lo que se ha dicho del libro –qué es, qué significa– es producto de conjeturas, porque, desde el momento en que se lo comenzó en 1914 en un pueblito suizo, sólo unas dos docenas de personas han logrado leerlo o echarle una ojeada. De los que lo vieron, al menos una persona, una inglesa culta a quien se le permitió leer parte del libro en los años 20, consideró que contenía una sabiduría infinita –"En mi país, hay personas que lo leerían de cabo a rabo sin detenerse a respirar", escribió–, mientras que otra, una figura literaria muy conocida que le dio un vistazo poco después, lo halló fascinante e inquietante y llegó a la conclusión de que era obra de un psicótico. Por eso, durante casi todo el siglo pasado, pese al hecho de que se lo consideraba una obra crucial de uno de los grandes pensadores de la época, el libro existió sólo como un rumor, arrebujado en la maraña de su propia leyenda, venerado y visto como un enigma.

Es por eso que una noche lluviosa de noviembre de 2007 tomé un vuelo en Boston y cabalgué sobre las nubes hasta despertarme en Zurich y llegar a la salida del aeropuerto a la hora aproximada en que abría la casa central del Union Bank of Switzerland. En aquel momento, se estaba produciendo un cambio: el libro, que había pasado los últimos 23 años en una caja de seguridad de la bóveda subterránea del banco, estaba siendo envuelto en una tela negra y colocado en el interior acolchado de un discreto maletín con ruedas. Pasó rodando frente a los guardias hasta salir al sol y al aire diáfano y frío, donde se lo cargó en un auto que velozmente se lo llevó.

Sé que esto parece el comienzo de una novela de espías o una película sobre el robo a un banco, pero en realidad es un relato sobre el genio y la locura, sobre la posesión y la obsesión, en el que un objeto –este viejo y extraño libro– deambula entre todo eso: el Libro rojo secreto de Carl Jung –escaneado, traducido al inglés y anotado– está disponible desde este mes, publicado por W. W. Norton y promocionado como "la obra inédita más influyente en la historia de la psicología".

Descenso al infierno

Carl Jung fundó el campo de la psicología analítica y, junto con Sigmund Freud, fue responsable de popularizar la idea de que la vida interior de una persona merecía no sólo atención sino una esmerada exploración, concepto que desde entonces ha llevado a millones de personas a la psicoterapia. Freud, que comenzó como maestro de Jung y luego se convirtió en su rival, veía a la mente inconsciente como un depósito de deseos reprimidos, que luego podían ser codificados, caracterizados como patológicos y tratados. Con el tiempo, Jung llegó a ver la psiquis como un lugar intrínsecamente espiritual y fluido, un océano donde se podía pescar en busca de iluminación y cura.

Lo haya querido o no, hoy día Jung –que se consideraba un científico– es recordado más como ícono contracultural, como defensor de la espiritualidad fuera de la religión y un adalid de los soñadores y los buscadores, lo cual le ha valido tanto el respeto como el ridículo póstumos. Las ideas de Jung sentaron las bases del conocido test de personalidad de Myers-Briggs e influyeron en la creación de Alcohólicos Anónimos. Sus dogmas fundamentales –la existencia de un inconsciente colectivo y el poder de los arquetipos– se han filtrado en el pensamiento New Age, pero permanecen en los márgenes de la psicología tradicional.

Jung pronto se vio enfrentado no sólo a Freud sino también a la mayoría de los que se dedicaban a su especialidad, los psiquiatras que constituían la cultura dominante en esa época y hablaban el idioma clínico de los síntomas y los diagnósticos tras los cerrojos de los pabellones para enfermos mentales. La separación no fue fácil. Cuando sus convicciones empezaban a cristalizarse, Jung, que en aquel momento era un hombre exteriormente exitoso y ambicioso con una joven familia, un próspero consultorio privado y una elegante casona junto al lago Zurich, sintió que su mente comenzaba a vacilar y tambalearse, hasta que finalmente cayó en una crisis que cambiaría su vida.

Lo que a continuación le ocurrió a Carl Jung ha dado lugar, entre los jungianos y otros estudiosos, a perdurables leyendas y controversias. Se lo ha interpretado como una enfermedad creativa, un descenso a los infiernos, un ataque de locura, una autodeificación narcisista, una trascendencia, una crisis de la mediana edad y una perturbación interior que reflejaba el cataclismo de la Primera Guerra Mundial. Sea como fuere, en 1913, Jung, que entonces tenía 38 años, se perdió en la niebla de su propia mente. Lo acosaban perturbadoras visiones y oía voces interiores. Ante el horror de lo que veía, por momentos temía estar "amenazado por una psicosis" o "haciendo una esquizofrenia", según sus propias palabras.

Más tarde compararía este período de su vida –este "cara a cara con el inconsciente", como lo llamaba– con un experimento con mezcalina. Decía que las visiones le llegaban como un "río incesante", que eran como piedras que le caían en la cabeza, como una tormenta eléctrica, como lava fundida. "Muchas veces tuve que tomarme de la mesa", recordaba, "para no caerme a pedazos".

Como psiquiatra y alguien con una veta decididamente rebelde, trató de derribar el muro que separaba su yo racional de su psiquis. Durante seis años, Jung se esforzó por impedir que su mente consciente bloqueara lo que quería mostrarle su inconsciente. Entre las consultas con sus pacientes, después de cenar con su mujer y sus hijos, cada vez que tenía una hora o dos, Jung se sentaba en el escritorio tapizado de libros del segundo piso de su casa e inducía las alucinaciones –que él llamaba "imaginaciones activas". "Para comprender las fantasías que se agitaban en mí 'subterráneamente'", escribió Jung más tarde en su libro Recuerdos, sueños, reflexiones, "sabía que tenía que zambullirme de cabeza en ellas". Se descubrió en un lugar liminal, tan lleno de riqueza creativa como de posibilidades de destrucción, que, según creía, era la misma zona fronteriza que transitaban los locos y los grandes artistas.

Jung lo registró todo. Primero tomó notas en una serie de pequeños diarios negros y luego interpretó y analizó sus fantasías y las escribió con un tono majestuoso y profético en el librote de cuero rojo. Este detallaba un viaje desenfadadamente psicodélico a través de su propia mente, una progresión vagamente homérica de encuentros con seres extraños en un paisaje de ensueño curioso y cambiante. Escribiendo en alemán, llenó 205 páginas con cuidada caligrafía y pinturas de ricos colores y sorprendente detalle.

Lo que Jung escribió no pertenecía a su anterior canon de ensayos desapasionados y académicos sobre psiquiatría. Ni tampoco era un diario hecho y derecho. El libro era una especie de moralidad fantasmagórica, surgida del deseo de Jung no sólo de trazar un mapa del manglar de su mundo interior sino también de traer consigo sus riquezas. Fue esto último –la idea de que una persona podía oscilar provechosamente entre los polos de lo racional y lo irracional, la luz y la oscuridad, lo consciente y lo inconsciente– lo que constituyó el germen de su obra posterior y de lo que llegaría a ser la psicología analítica.

El libro cuenta la historia de cómo Jung trató de enfrentar los demonios que surgían de las sombras. Los resultados son humillantes y a veces desagradables. En él, Jung recorre la tierra de los muertos, se enamora de una mujer que luego resulta ser su hermana, es aprisionado por una serpiente gigantesca y, en un aterrador momento, devora el hígado de un niño. ("Trago con desesperados esfuerzos –es imposible– una y otra vez... casi me desmayo... ya está".) En determinado momento, hasta el demonio dice que Jung es aborrecible.

Trabajó en Libro rojo de manera intermitente unos 16 años, hasta mucho después de superada su crisis personal, pero nunca logró terminarlo. Se impacientaba pensando qué hacer con él y preguntándose si debía publicarlo o guardarlo en un cajón. Pero respecto de la importancia de lo que contenía el libro, Jung no tenía dudas. "Toda mi obra, toda mi actividad creativa", recordaría después, "proviene de esas primeras fantasías y sueños".

Cuando Jung murió en 1961, no dejó instrucciones específicas sobre qué hacer con él. Su hijo Franz, arquitecto, el tercero de sus cinco vástagos, se hizo cargo de la administración de la casa y decidió dejar el libro donde estaba. Más tarde, en 1984, la familia lo trasladó al banco. Cada vez que alguien pidió ver el Libro rojo, los familiares dijeron, sin titubear y a veces sin decoro, que no. El libro era privado, afirmaban, una obra estrictamente personal.

Sonu Shamdasani, un historiador residente en Londres, se acercó a la familia con una propuesta de editar y publicar el Libro rojo en 1997, momento que resultó oportuno. Franz Jung acababa de morir y la familia estaba golpeada y aturdida por la publicación de dos libros controvertidos y muy comentados escritos por un psicólogo estadounidense llamado Richard Noll, quien planteaba que Jung era el profeta autoproclamado y mujeriego de una secta aria de culto al sol y que varias de sus principales ideas habían sido plagiadas o se basaban en falsas investigaciones. Shamdasani se presentó con la moneda de cambio indicada: dos borradores parciales (sin ilustraciones) del Libro rojo escritos a máquina que había descubierto en otra parte. Uno descansaba en la biblioteca de una casa del sur de Suiza, hogar de la anciana hija de una mujer que había trabajado para Jung como transcriptora y traductora. Halló el segundo en la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale. El hecho de que fueran copias parciales del Libro rojo significaba dos cosas: una, que Jung lo había entregado al menos a algunos amigos; y dos, que el libro, considerado confidencial e inaccesible durante tanto tiempo, en realidad no era inhallable. El fantasma de Richard Noll y de todos los que quisieran ensuciar el nombre de Jung citando selectivamente pasajes del libro se perfiló en el horizonte. Con o sin la bendición de la familia, el Libro rojo se haría público en poco tiempo, "probablemente", escribió inauspicioso Shamdasani en un informe a la familia, "de manera sensacionalista". Durante dos años, Shamdasani fue y vino de Zurich, tratando de convencer a los herederos de Jung. Tuvo almuerzos, tomó café y dio una conferencia. Finalmente, luego de tensas deliberaciones en el seno de la familia, Shamdasani recibió un pequeño sueldo y una copia en color del original del libro y la autorización para comenzar a prepararlo para su publicación, aunque debió firmar un estricto acuerdo de confidencialidad. Después de vivir prácticamente a solas con el libro durante casi una década, Shamdasani –amante del buen vino y las complejidades del jazz– ahora tiene el aspecto ligeramente azorado de alguien que acaba de encontrar la salida de un enorme laberinto. Cuando lo fui a ver este verano, estaba agregando al Libro rojo la nota al pie número 1.051. "Es el reactor nuclear de todas sus obras", dijo Shamdasani y destacó que los conceptos más difundidos de Jung –entre otros, su creencia en que la humanidad comparte un caudal de sabiduría antigua que denominó inconsciente colectivo y la idea de que las personalidades tienen componentes tanto masculinos como femeninos (animus y anima)– hunden sus raíces en el Libro rojo. La creación del libro también llevó a Jung a reformular la forma en que trabajaba con sus pacientes, como testimonia una referencia que Shamdasani encontró en el libro autopublicado escrito por una ex paciente, en la que esta recuerda el consejo que le dio Jung para procesar lo que se desarrollaba en las zonas más profundas y a veces aterradoras de su mente.

Después de escaneado, el libro regresó a su bóveda del banco, pero volverá a trasladarse, esta vez a Nueva York, acompañado por un grupo de descendientes de Jung. En los próximos meses se expondrá en el Museo de Arte Rubin.

En el Libro rojo, luego de que el alma lo exhorta a aceptar la locura, Jung todavía tiene dudas. De pronto, como ocurre en los sueños, el alma se convierte en un "profesor pequeño y gordo", que manifiesta una especie de preocupación paternal por Jung.

Jung le dice: "Yo también creo que me he perdido por completo. ¿Verdaderamente estoy loco? Todo es terriblemente confuso".

El profesor responde: "Ten paciencia, todo saldrá bien. De todos modos, duerme bien".

© The New York Times , 2009. Traducción de Elisa Carnelli.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

CLAUDE LEVI-STRAUSS (1908-2009)



El último de la tribu

Hijo de Freud y Marx, formado en la filosofía pero llevado hacia la etnología a partir de un viaje a Brasil, investigador de los mitos, la magia, la religión, los vínculos humanos y las costumbres, Claude Lévi-Strauss fue autor de un pensamiento único por el que fue considerado el padre de la antropología moderna y una influencia fundamental en las humanidades y la filosofía de la segunda mitad del siglo XX. Fundador del estructuralismo francés, parte de una célebre polémica con Sartre, autor de investigaciones como Tristes trópicos o Mitológicas que lo revelan también como un gran escritor, murió la semana pasada, pocas semanas antes de cumplir los 101 años. María Moreno lo despide como al último de su tribu. Y Eduardo Grüner rescata un aspecto poco frecuentado de su pensamiento: la hipótesis del fin de la humanidad y los esfuerzos de Lévi–Strauss por delinear nuestro legado cuando ya no estemos.

Por Eduardo Grüner

Hay algo en la teoría de Lévi-Strauss que no ha recibido –que sepamos– tantos comentarios y/o exégesis como lo merecería. Es el hecho de que su antropología está construida teniendo siempre a la vista la hipótesis del fin de la humanidad. Es posible que esa escasa atención a los alcances (ciertamente inquietantes) de semejante hipótesis sea la responsable de ciertos –a veces interesados– malentendidos, que pretenden hacer de Lévi-Strauss un precedente, o un “puente” hacia, o al menos una condición de posibilidad de, el pensamiento llamado “posmoderno” (que, por otra parte, hoy ya no existe). Es cierto que, en su celebérrima polémica con Sartre, lo amonesta a veces con cruel ironía por su excesivo –¿cómo llamarlo?– “optimismo” (aunque, ¿Sartre, optimista?) respecto de la posibilidad de cambiar radicalmente la lógica de las “estructuras”. Y es cierto también que, en algún sentido restringido, el pensamiento post–estructuralista (que no es exactamente lo mismo que el “posmoderno”) fue una operación filosófica contra Sartre. Es cierto, también, que se atrevió a escribir que el objetivo último de las Ciencias Humanas era disolver al Hombre en la química de las circunvalaciones del cerebro (y esta boutade, como se verá, no es una muestra de ramplón positivismo: todo lo contrario, es una muestra de sagacidad poética).

Pero en la hipótesis lévi-straussiana del Fin de la Humanidad –al contrario de lo que sucede con otras hipótesis sobre diversos “fines” históricos– no se trata del “fin” de ese concepto moderno de Hombre que ha dado lugar a las denominadas Ciencias Humanas, según conjeturaba Foucault. Tampoco del “fin” de una idea filosófica de la subjetividad moderna tal como fue configurada a partir de Descartes, según interpretan los (ex) “posmodernos” (ésta es una crítica a la noción de Sujeto, por otra parte, que ya puede encontrarse de maneras muy distintas –entre sí, y desde luego con relación a los “post”– en Freud, y antes en Marx, y quizás antes aún en Hegel). No, en el caso de Lévi-Strauss se trata de algo mucho más radical: es el fin literal de la Humanidad como tal. No solamente, como ya es obvio, del registrado del principio al fin de su obra (desde Tristes Trópicos hasta La historia de Lince, por ejemplo) como fin de unas sociedades “primitivas”, o “míticas”, o –como prefería decir–- “frías”, destruidas irremediablemente en el torbellino de su invasión por el colonialismo (externo e interno). Para Lévi-Strauss este “etnocidio frío” –si se nos permite– es nada más que un anticipo de lo que indefectiblemente sucederá con la Humanidad en su conjunto: así como las sociedades “míticas” han sido disueltas en el ácido implacable de la modernidad técnica, la Humanidad “histórica” quedará, y por su propia obra destructiva, nuevamente disuelta en la Naturaleza de la cual emergió. En ese extraordinario libro llamado El pensamiento salvaje, y nuevamente en el curso de su debate con Sartre, Lévi-Strauss formula una pregunta muy sencilla, y muy sensata, y quizá por eso mismo insoportable: si el Universo se las arregló durante millones y millones de años sin la especie humana, ¿por qué no pensar que seguirá impertérrito su camino después que nos hayamos destruido a nosotros mismos? No es, hay que entender, un mero alegato “ecologista”, al menos en su sentido vulgarizado. Es una declaración profundamente filosófica (Lévi-Strauss, es sabido, renegaba de la filosofía en la cual se había iniciado, pero, por suerte, nunca pudo realmente romper con ella): es como decir que a la Naturaleza no le es necesario el Hombre –este Hombre, el que hemos llegado a ser–, y más aún: le es perjudicial. Y es como decir, parafraseando a Freud, que Lévi-Strauss vino a infligirle a la humanidad su cuarta gran “herida narcisista” (después de las de Copérnico, Darwin y el propio Freud). Sólo que ésta es la definitiva.

Tal vez en esta suerte de melancolía anticipada por el destino de la humanidad –palabra que a partir de él debe escribirse sin mayúsculas– esté la clave de otra famosa boutade: los mitos (esos a los cuales les dedicó amorosamente la descomunal sinfonía en cuatro movimientos que es las Mitológicas) no son algo pensado por los hombres sino algo que se piensa entre los propios mitos, en los hombres. Lévi-Strauss, se diría, quiso salvar esa conmocionante poética de los mitos de la catástrofe, para que la Naturaleza los recupere cuando ya no estemos para escuchar su advertencia. Cuando ya no haya estructuras del parentesco, ni ilusión totémica, ni pensamiento salvaje, ni alfareras celosas, ni miradas distantes, al menos quedará flotando en el aire una música diferente al chirriar de la “metafísica de la técnica”.

Esta última referencia no es caprichosa. Es más que evidente que en aquella idea originaria de Lévi-Strauss sobre el fin de la humanidad podría trazarse una vinculación con cosas tan diferentes como: a) el camino que, otra vez en Freud, va del origen de la cultura (en Tótem y tabú) a la posibilidad cierta de su fin (en El malestar en la cultura); b) el camino que, en Heidegger, va de una acentuación de la “autenticidad” del “respecto-de-la-muerte” en el DaSein a la acentuación de la historia del “ocultamiento del Ser” en la “imagen del mundo” promovida por el andamiaje técnico, hasta el borde peligroso en el que la Técnica se confunde con el Ser mismo y hace superflua a la humanidad; c) el camino que, en Adorno, va del “pensamiento identitario” (la reducción de la Cosa singular y concreta a puro Concepto abstracto) a la sujeción de toda posibilidad de Razón crítica en la “racionalidad instrumental”. A estas formas de destrucción es que oponía Lévi-Strauss su lógica de las cualidades sensibles, que creía haber encontrado en ese pensamiento “salvaje”, “mítico”, en el cual las formas de conocimiento de la Naturaleza no estaban al servicio de su dominación cuantitativa sino de un cualitativo pensamiento de lo concreto que preserve, sí, lo mejor de la cultura, pero también el derecho a la existencia, y la dignidad, de todo lo que no ha sido creado por el hombre.

Para aclarar otro equívoco, entonces: contra lo que suele pensarse, no hay en Lévi-Strauss un pensamiento rígidamente “binario” que divide la realidad humana en oposiciones dicotómicas, partiendo de la más fundante: Naturaleza/ Cultura. La Ley más universal y originaria (la prohibición del incesto) separa Naturaleza y Cultura tanto como las articula; como lo dice el propio L-S, “es lo que ya hay de Cultura en la Naturaleza, y lo que todavía hay de Naturaleza en la Cultura”. Lo mismo sucede con otras “dicotomías” recurrentes en su obra: Estructura/Historia, Mito/Literatura, etcétera. Lejos de una intención puramente “clasificatoria” de las complejidades de lo real, buscaba –también lo dice él mismo– no sólo las semejanzas por detrás de las diferencias sino las diferencias en las aparentes semejanzas. En esos “cruces” –más dialécticos de lo que se ha percibido habitualmente– hay siempre un sutil espacio de indeterminación por el cual se cuela el “significante flotante” de una escritura y un estilo fascinantes en su discreción, que han hecho de L-S un “clásico” de las letras, y no solamente de la antropología, del siglo XX. Es casi inevitable la tentación de comparar el resultado de esa búsqueda con un gigantesco bricolage –en el mejor sentido lévi-straussiano del término– que hace del autor, en sí mismo, un exemplum de esa “ciencia de lo concreto” que él reclamaba para sus indagaciones: un montaje de retazos por detrás de cuyo “pensamiento salvaje” se dibuja el entramado de una estricta lógica, en la que el equilibrio entre lo inteligible y lo sensible (para abusar de sus propias categorías de origen matizadamente kantiano) hace de esa obra una auténtica obra de arte en la más plena acepción lévi-straussiana: un sistema de transformaciones ubicado en el gozne, en la bisagra, entre la ciencia y el mito, como a su vez el mito lo está entre la ciencia y el arte.

¿Es Lévi-Strauss, después de todo lo que hemos dicho, un crítico de la modernidad? Claro que sí. Pero lo es no a la manera de los “posmodernos”, ni de los “premodernos”. Más bien lo es –aunque en un estilo, otra vez, más discreto, casi susurrante– a la manera de aquellos (como Marx y Freud, a los que siempre atribuyó su principal inspiración) que abren la posibilidad de una autocrítica de la modernidad desde ella misma. Incluso de la modernidad política: su definición del mito como un tipo de discurso que busca resolver en el registro de lo imaginario los conflictos que no pueden resolverse en el de lo real, y su afirmación de que eso eran las ideologías políticas modernas (que ejemplificaba con el “mito” de la Revolución Francesa, nada menos que el acontecimiento supuestamente fundador de la Modernidad), así como un persistente aunque poco “dramatizado” anticolonialismo que asoma por las rendijas de toda su obra, no deja dudas sobre su posición, para nada “desatenta” a las contradicciones trágicas de una época violenta como pocas.

Frente a todo eso, la hipótesis del “fin de la humanidad” es un llamado a la humildad dirigido hacia un Sujeto Moderno cuya omnipotencia es una forma del suicidio: no es un anti-humanismo sino, en todo caso, y a falta de mejor término, un contra-humanismo; una propuesta para que el Hombre retorne a un lugar de convivencia no privilegiada con “las palabras y las cosas”. Ahora, él mismo ha ingresado a ese universo mitológico que fue, casi, su vida entera. Seguramente no hubiera querido otra cosa que transformarse en “una versión más” de su propio mito. Por fin, dejaremos de confundirlo con las modas y contra-modas parisinas, y empezaremos a escuchar la música de su insistencia.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Murió Lévi-Strauss, pensador de un siglo

Padre de la antropología moderna / Dejó su huella en las Ciencias Sociales y Humanas

El intelectual francés falleció a los 100 años; ejerció con su obra una influencia decisiva en la cultura occidental

Murió Lévi-Strauss, pensador de un siglo

Lévi-Strauss, en junio de 2001, en su oficina del College de Francia
Foto: AFP

PARIS.- Claude Lévi-Strauss vivió un siglo y fue su presencia la que, en buena medida, le dio forma a la mirada sobre el mundo con que Occidente entró en el siglo siguiente.

El intelectual y antropólogo francés, creador del estructuralismo e influencia decisiva del pensamiento del siglo XX, falleció en la madrugada del domingo en esta ciudad, a punto de cumplir 101 años. La noticia se conoció ayer, después de que Lévi-Strauss fue enterrado en la localidad de Lignerolles, en Borgoña francesa.

Criticado y ensalzado, con una trayectoria académica poco ortodoxa para el medio francés y autor de unas 30 obras -muchas de ellas clásicos ybest sellers e_SEnD , Lévi-Strauss influyó en filósofos, antropólogos, psicoanalistas, semiólogos y lingüistas, pero sobre todo encarnó el ideal de intelectual moderno, con un objeto de estudio ambicioso: el pensamiento humano.

Al menos 25 países habían celebrado su cumpleaños número 100, hace casi un año. Francia, entre ellos, le dedicó una muestra en el Museo du Quai Branly, en París, que visitaron más de 12.000 personas, con 100 conferencias sobre su obra, proyecciones, fotografías y objetos traídos de sus viajes por América. Casi encerrado en su casa parisina en los últimos años, Lévi-Strauss no asistió.

"Pocos intelectuales se han aventurado tan lejos como Lévi-Strauss en la exploración de los mecanismos ocultos de la cultura", sintetizó ayer Le Monde , en su despedida al intelectual que, según varias voces, será irreemplazable en la escena cultural francesa.

Detrás del rótulo del estructuralismo -que él mismo terminó por rechazar-, Lévi-Strauss desarrolló una innovadora manera de explicar el funcionamiento del pensamiento humano, prestando atención a sus estructuras subyacentes y detectando aquellos principios -como el pensamiento binario- que le dan forma en todo contexto cultural.

Aplicó esas ideas, por ejemplo, en Mitológicas , un análisis de los mitos en América en cuatro volúmenes, aparecidos entre 1964 y 1971, junto con Las estructuras elementales del parentesco (1949), Antropología estructural (1958) y El pensamiento salvaje (1962). Pero fue Tristes trópicos , publicado en 1955, su gran best seller. Mezcla de libro de viajes, tratado filosófico y etnografía de zonas de Brasil, contiene 500 páginas de "autobiografía intelectual", que los responsables del premio Goncourt lamentaron no poder premiar como mejor libro de ficción en Francia cuando se publicó.

De la filosofía a Brasil

Lévi-Strauss nació el 28 de noviembre de 1908 en Bélgica, en una familia de intelectuales judíos, con padre pintor y abuelo músico, dos influencias centrales en su vida. Creció en Francia; de 1927 a 1932 estudió filosofía en la Sorbona, y luego trabajó como profesor de una escuela secundaria. Desencantado de la filosofía especulativa y teórica, se acercó a la etnología y fue enviado en una misión a Brasil en 1935, donde trabajó como profesor en la Universidad de San Pablo y dirigió varias expediciones etnográficas al Mato Grosso y la Amazonia, entre los indígenas bororo y los nambikwara, que protagonizan la mayoría de sus análisis posteriores.

De regreso en Francia, en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial, fue movilizado para ser enlace con las tropas británicas, hasta que en 1941 recibió una invitación de la New School of Social Research, en Nueva York. En esa ciudad se conectó con Roman Jakobson, una influencia decisiva en su pensamiento. Después de la guerra, fue consejero cultural en la embajada francesa en Washington, cumplió misiones en la India y Paquistán para la Unesco, regresó a Francia en 1948 y fue nombrado profesor en la Ecole Pratique de Hautes Etudes. Fue entonces cuando Tristes trópicos lo hizo conocido para el gran público, un reconocimiento que se volvió internacional y se amplió con la publicación de Antropología estructural y su nombramiento en el College de France (1959).

Recién en 1973, sin embargo, entró en la Academia Francesa. En 1985 acompañó al presidente François Miterrand a Brasil, sus colecciones de objetos se expusieron en el Museo del Hombre en 1989 y sus fotografías de Brasil se editaron en 1994.

Premiado en numerosos países y universidades, formó discípulos -como Philippe Descola y Françoise Héritier-, pero fue también fuertemente criticado por contemporáneos y sucesores. Por ejemplo, quienes objetaron sus conclusiones teóricas y no sustentadas por un trabajo de campo sostenido en el tiempo. "¿Por qué no admitirlo? Tempranamente descubrí que era más un hombre de escritorio que de campo", reconoció en una entrevista con Didier Eribon, autor de Conversaciones con Lévi- Strauss , en 1988.

Ya en los años 80, los filósofos posestructuralistas -Foucault, Derrida, Barthes- criticaron su desinterés en la historia y la experiencia.

Se casó tres veces -la última en 1954- y tuvo dos hijos. "El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él", escribió en Tristes trópicos . Una confesión de melancolía que, a tono con el devenir del siglo, signó también su obra.

Aportes

  • Estudios. Hijo intelectual de Durkheim y Mauss, se interesó por la obra de Marx, Freud, Saussure y Jakobson y fue un apasionado de la geología, botánica, música y astronomía.

  • Pensamiento. Su legado abarca la estructura de los mitos, los procesos del conocimiento humano y la teoría del parentesco.

  • Herencia . Entre muchos otros, su obra ejerció influencia en los trabajos de Foucault, Althusser, Lacan y Barthes.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

EL FIN DEL: “PRINCIPESSA MAFALDA”




El 25 de octubre de 1927 fue un hermoso día de primavera para los porteños. Jornada tranquila, apacible, serena; tan apacible y serena como los tiempos que presidía gallardamente don Marcelo de Alvear, con su estampa de prócer y “su estupenda calva de senador romano”.

En las redacciones de los diarios se aprestaban a concluir el día en blanco, y a presentar a los lectores de la mañana siguiente la crónica de una jornada opaca, corriente, antiperiodístico. Era un día más sin historia, destinado a sumarse en el olvido.

En la calle San Martín, a pasos de Corrientes, corta la oscuridad de la vereda el tajo de luz de las puertas de “La Nación”. Uno tras otros van saliendo por ellas periodistas y redactores, terminada la jornada. Las máquinas ya comienzan su trajín de ruido y tinta. La composición del número correspondiente al 26 de octubre ya ha concluido.

El “Principessa Mafalda”

Adentro quedan el secretario, dos redactores y un corto grupo de cronistas con el periodismo en el alma, que se demoran en esas altas horas de la noche, revoloteando sin nada específico que hacer, como retobándose a dejar el ambiente pegadizo que envuelve a todas las redacciones. Y de pronto, como una tromba, entra alguien de la sección cables, agitando un papel en alto y gritando: -¡Naufragó el Mafalda!-. Y la bomba estalla en el semivacío edificio, galvanizando a todos, golpeando al periodista en lo más sensible de su vocación, convirtiendo un lugar que planeaba hacia el reposo en un torbellino de actividad que de inmediato se convierte en una carrera contra el reloj.

El escueto cable de Asociated Press dice: “Río de Janeiro, 26. El paquete Principessa Mafalda naufragó en las costas de Bahía ayer a las 19.15. Han sido salvados 400 pasajeros de un total de 1600”. Y la media docena de trasnochadores se zambulle de cabeza en el trabajo. La noticia, mejor dicho, la primicia, debe salir indefectiblemente en el número que en esos momentos se está imprimiendo. Alguien corre a agenciarse una foto del buque hundido; otro se arroja en busca de más precisiones sobre el lugar del siniestro, dato que ya viene en un segundo cable: ocurrió a los 16º48’ de latitud sur y 37º41’ de longitud oeste. Y mientras un redactor aporrea una sufrida máquina a velocidad apenas subsónica bosquejando la nota, otro corre a la sección policía, descuelga un mapa de Sudamérica, busca febrilmente entre paralelos y meridianos, toma un calco de la costa brasileña y marca con una hermosa cruz malteada el sitio de la catástrofe.

Un cronista de sociales intenta comunicarse con la compañía naviera, Navigazione Generale Italiana, a la que pertenecía el Mafalda. Resuenan los timbrazos en las desiertas oficinas. Atiende el sereno. No, no hay nadie; el secretario de la compañía, señor Bafico, se retiró a las 0.30 de su despacho. ¿Recibió alguna noticia especial de los buques en navegación? No, el señor Bafico había trabajado hasta tarde, pero se había despedido sin novedades. Al llamar al domicilio del señor Bafico nadie contesta, imposible dar con él. Son las tres de la mañana cuando el periodista logra entrar en contacto con el gerente de la compañía, Gilberto Brunelli, que duerme apaciblemente y despierta para recibir el susto de su vida. No sabía nada. No, no es posible que el Mafalda llevara a bordo 1600 personas. A lo sumo 800. ¿Tenía a mano el señor Brunelli una lista de pasajeros? No, no disponía de ella y no podría tenerla antes de 24 horas.

El reloj marca las cuatro cuando es ubicado el director general, Esteban Gras, también ignorante del desastre. En la negrura de la noche tiene lugar una lúgubre reunión en las oficinas de Navigazione Generale. Rostros demacrados, sin afeitar, preocupados. Gras alienta la esperanza de que todo sea una falsa alarma. Recuerda en voz alta que años atrás se dio por perdido al Mafalda, precisamente en el mismo lugar donde ahora dicen que se ha hundido. Pero los cables siguen llegando inexorables y ratifican el desastre. El buque ha desaparecido frente a las costas de Abrolhos, zona sumamente peligrosa para la navegación. ¿No habrá chocado el Mafalda con una roca? Gras rechaza la idea, el capitán del Mafalda es un viejo marino con larga experiencia; conoce esa región como la palma de su mano; imposible que haya chocado con un escollo. Y en esto el señor Gras tiene razón.

“La Nación” publicó el 26 de octubre de 1927 un croquis equivocado, marcando el lugar del siniestro más al norte

Las luces del 26 de octubre comienzan a teñir las calles porteñas. Un grupo de agotados y satisfechos periodistas se dispone a tomar una tardía cena -¿o temprano desayuno?- y esperar los acontecimientos. Les fue premiado el esfuerzo. Poco después los canillitas vocean la primicia absoluta de “La Nación”, cuya primera página despliega a todo lo ancho el anuncio “El Principessa Mafalda naufragó cerca de Bahía”. Debajo, a cuatro columnas y en negrita, los primeros telegramas recibidos, una fotografía del buque y el famoso mapita con la cruz, urgentemente bosquejado.

La noticia causó sensación en Buenos aires, donde el “Principessa Mafalda” era abundantemente conocido. Veterano de los muelles porteños, el buque italiano llevaba 19 años uniendo las costas ligures con las platenses, y si bien su categoría había disminuido con el tiempo, superada por naves más modernas, aún gozaba de la preferencia de muchos viajeros.

El capitán del “Principessa Mafalda”, Simón Guli

El comisario Carlos Longobardi, rescatado del naufragio por el buque francés ”Formose”

Construido en los astilleros de la Societa Ejercicio Bacini, de Riva Trigoso, el “Principessa Mafalda” fue la gran nave de su tiempo, única capaz de unir Italia con Argentina en catorce días. Construido en 1908 y botado en Nápoles en abril de 1909, el 25 de octubre de 1927 cumplía su nonagésima travesía. Un año antes, Carlos Gardel había sido uno de sus ilustres pasajeros en un viaje a España. Bautizado en homenaje a la princesa italiana Mafalda de Saboya, nacida en 1902, hija del Rey Víctor Manuel III y de la Reina Elena, esta nave perteneciente a Navigazione Generale Italiana Societá Riunite Florio & Rubatino, que había perdido varios años atrás a su nave gemela el “Principessa Jolanda”.

Era un impresionante trasatlántico de 9210 toneladas, que medía 485 pies de eslora y 55,5 de manga, destinado a cubrir el itinerario Génova-Barcelona-Río de Janeiro-Montevideo-Buenos Aires. Su viaje inaugural al Plata fue motivo de encandilados comentarios: era el primer paquete de gran lujo que uniría estas costas con el Mediterráneo, y poseía el privilegio de ser uno de los buques más veloces de su tiempo. A partir de ese momento fue la nave predilecta de las familias pudientes argentinas, uruguayas y brasileñas que viajaban al viejo continente, y un constante introductor de inmigrantes en sus travesías de regreso.

Ostentaba además el orgullo de un mérito histórico, ya que en 1908 fue utilizado por Guillermo Marconi para realizar experimentos radiotelegráficos tendientes a probar los efectos del sol sobre la propagación de las ondas, y a su bordo determinó que las comunicaciones se cumplían mejor de noche que de día.

Pero eso era historia antigua. Los años no pasaban en vano, y la superioridad técnica alcanzada por la industria naviera dos décadas después, indujeron a la Navigazione Generale Italiana a radiar de servicio al “Principessa Mafalda” cuando cumpliera los veinte años, de modo que en octubre de 1927 se preparaba para su último viaje (que lo fue en realidad, aunque no por designios humanos).

Desde 1924 la nave estaba a las órdenes del capitán Simón Guli, todo un viejo lobo de mar a los 55 años de edad. Como que se había iniciado casi de niño allá por 1887, cruzando el Atlántico en buques de vela que tardaban cuatro meses en llegar a Buenos Aires. Había recorrido todo el escalafón marinero, navegando primero en rudos cargueros y luego en navíos de pasajeros cada vez más mundanos y rumbosos. Era hombre de absoluta confianza para la Navigazione Generale, compañía en la que llevaba treinta años, y su reconocida pericia le había valido el comando del buque escuela “San Erasmo”, que servía a la compañía para completar el aprendizaje de pilotos y oficiales. Previamente al Mafalda había ocupado el puente de mando del “Duca degli Abruzzi”, que en esos momentos se hallaba en Buenos Aires.

Salones y cabinas del “Principessa Mafalda”

Guli preparaba la inminente travesía, cuya partida estaba fijada para el 11 de octubre hacia el mediodía, con cierta preocupación; las máquinas del Mafalda no se portaban muy bien, y los arreglos dispuestos y ejecutados no terminaban de convencerlo. La misma compañía pensó en un momento dado en suspender el viaje y radiar del servicio al “Mafalda” sin someterlo a otra navegación de altura. Se esgrimiría la excusa de la escasa venta de pasajes de cámara, y de esa manera se propuso gentilmente a los pasajeros de los camarotes de lujo ser transferidos al “Giulio Cesare”, también a punto de zarpar hacia Buenos Aires. La rica familia brasileña Da Cunha canceló el pasaje en el “Mafalda” y se trasladó al otro buque, pero el argentino Luis Felipe Mayol se negó al cambio. Había viajado muchas veces en el “Mafalda”, se sentía muy a gusto en él y no veía razones para cambiar de parecer.

Sea por lo que fuere, se siguieron expendiendo pasajes y se resolvió cumplir el viaje. De esa manera se dispusieron a embarcarse el profesor Gigli, presidente del Instituto de Estadística de roma, que viajaba a Río de Janeiro especialmente invitado para desarrollar un ciclo de conferencias; un importante representante de la casa Cinzano; el doctor Cherubini, médico mendocino, acaudalado propietario de viñedos, y dos marinos de la dotación de la fragata “Presidente Sarmiento”. En efecto, al pasar por Génova el buque escuela argentino, desembarcó al cabo principal José Santororo y al conscripto Anacleto Bernardi, convalecientes ambos de neumonía. El comandante de la “Sarmiento” había dispuesto la devolución a la patria de los dos enfermos, y el 11 de octubre se embarcaron en el “Mafalda”, dispuestos a una placentera travesía de descanso en condición de pasajeros, lejos del trajín y las responsabilidades marineras.

También fue embarcado en el “Mafalda” un suculento cargamento de 250.000 liras en oro, celosamente custodiadas por cinco fornidos policías, que el gobierno italiano enviaba al argentino.

La mañana de la partida ascendieron por la planchada 62 pasajeros de primera clase; 5 de ellos iban a Río, 16 a Santos y 41 a Buenos aires. 83 pasajeros ocuparon camarotes de segunda clase, 10 con destino a Río, 20 a Santos y 53 a Buenos Aires. A ello se sumaba un pequeño hormiguero de 838 pasajeros de tercera, casi todos inmigrantes, la mayoría con destino a la capital argentina, buena parte de los cuales pertenecían al tipo “golondrina” que llegaba para levantar la cosecha, juntar unos pesos y volver a la patria.

A los 973 pasajeros se sumaban 288 tripulantes, lo que ascendía a 1261 el número de personas a bordo del “Principessa Mafalda”.

Así llegó y pasó el mediodía del 11 de octubre, sin que el “Mafalda” dejara los muelles genoveses. Con diversas excusas los oficiales calmaron la impaciencia del pasaje, mientras en las entrañas del buque un ejército de mecánicos trabajaba afanosamente para terminar de poner en condiciones las máquinas, que parecían refractarias a toda compostura. Finalmente, al atardecer, siendo ya las 18 y con cinco horas de atraso, comenzó el trajín de zarpar. Acodado en la borda, Santororo vio bajar apresuradamente un enjambre de sudorosos mecánicos. Su condición de marino le permitió comprender en el acto que algo no andaba bien en el cuarto de máquinas y que el atraso se debió a averías.

Lo que ignoraba Santororo es que el comandante Guli tenía orden de navegar a velocidad de crucero corriente, pese a las condiciones del barco. Y, naturalmente, las cosas empezaron a andar mal tan pronto perdieron de vista las costas ligures. Llegaron con atraso a Barcelona y allá debieron detenerse 24 horas para arreglar una bomba.

Al seguir viaje, las cosas no mostraron mejoría. Las vibraciones del buque eran anormales, y tan intensas que molestaban permanentemente a los desdichados pasajeros alojados en la popa, hacia babor, al punto de convertirse en tortura.

Postal de época del “Principessa Mafalda”

Dejaron atrás el Mediterráneo y se encontraban a dos días de Gibraltar cuando la máquina de babor dejó de funcionar. Guli ordenó detener la nave, que permaneció seis horas al garete, en tanto buscaba solucionar el desperfecto. No lo lograron, y el “Mafalda” siguió viaje con una sola máquina, navegando en esa forma un día entero, ligeramente escorado a babor. La situación aconsejó al comandante italiano variar el itinerario, y en vez de dirigirse a Dakar, según lo fijado, puso proa al puerto de San Vicente, en las islas del Cabo Verde. Al pasaje se le explicó que el cambio de rumbo obedecía a la necesidad de cargar carbón, pero fueron muchos los que comprendieron que eso no pasaba de mera excusa y que algo andaba mal en el “Mafalda”.

En San Vicente subieron dos nuevos pasajeros, casi náufragos rescatados, con una sabrosa historia para contar a sus nuevos compañeros de travesía. Eran el doctor Luis Bulgarini y su hermana Elsa, ambos argentinos, que semanas atrás se habían embarcado en el “Matrero” con el propósito de regresar a Buenos Aires. Días después, y en medio del atlántico, estallaron las calderas del buque. El accidente tuvo dos siniestras consecuencias: dejó al “Matrero” sin medios de propulsión y arruinó de paso el equipo de radiotelegrafía, dejándolos incomunicados del resto del mundo. Así anduvieron seis días a la deriva, aterrorizados ante lo incierto de su destino, a merced de que una tormenta o un escollo terminara con ellos sin posibilidades de salvación, mientras la disciplina del barco se resquebrajaba visiblemente bajo los golpes del miedo. Finalmente un ángel salvador –que para el caso tomó la forma de buque italiano- los rescató del mar y los devolvió a San Vicente sanos y salvos.

El doctor Bulgarini narró detalladamente las horas de espanto vividas. No veía el momento de encontrarse otra vez en Buenos Aires pisando el seguro asfalto de sus calles. Pero ahora estaba tranquilo: el “Mafalda” no era el “Matrero”; ofrecía las máximas garantías al pasaje; no cabía duda de que el terror pasado en aquel no se repetiría dos veces…

Arreglada la máquina, el “Mafalda” dejó las islas portuguesas y se dirigió a las costas brasileñas, iniciando el cruce atlántico. Las vibraciones seguían; pisos, techos y mamparas trepidaban visiblemente. Las deficiencias se hicieron evidentes a los pasajeros, especialmente a los acostumbrados a navegar. En la primera clase la preocupación fue en aumento, hasta desembocar en la idea de solicitar formalmente al comandante Guli la interrupción del viaje, dirigiéndose al puerto más cercano por falta de seguridad en la nave. Dos o tres pasajeros comenzaron a reunir firmas, pero el asunto no prosperó ante la resistencia de algunos, que consideraron que aquello era un verdadero motín a bordo. Se negaron pues a dar sus nombres para un acto de indisciplina que seguramente crearía enemistades y tensiones entre pasaje y tripulación.

Simón Guli nunca supo de este conato de planteo, pero estaba seriamente preocupado por lo que ocurría en el cuarto de máquinas. Esa bendita maquinaria de babor se negaba a funcionar bien, y por momentos dejaba de hacerlo en absoluto, escorando al barco y haciéndolo zigzaguear, mientras perdía velocidad. Todo se trataba de llegar de una vez a destino. Por lo menos ya estaba frente a las costas americanas y navegaban hacia el sur bordeando las playas brasileñas. Naturalmente no llegaría a Río en la fecha prevista, 25 de octubre; con buena suerte estaría allí el 26 ó 27.

El 24 estaba a la altura de Porto Seguro. El mismo día, y mientras el “Mafalda” navegaba a velocidad reducida, pasó a cierta distancia, y en la misma dirección, el “Alhena”, carguero holandés con unos pocos pasajeros, que se dirigía de Rótterdam a Buenos Aires. Pronto se adelantó al buque italiano y se perdió hacia el sur. En tanto el comandante Simón Guli se concentraba en el rumbo de la nave. Pronto enfrentarían las peligrosas costas de Abrolhos.

Hacia 1920 corrió la voz de que el “Mafalda” se había hundido en Abrolhos tras chocar con una roca. Como el buque italiano navegaba por las cercanías, el asunto era tan verosímil que por un momento se lo dio por cierto. Pero no era así. El hundido era un pequeño carguero, casualmente también llamado “Mafalda”. Fue una finta del destino antes de arrojar el zarpazo siete años después.

El 25 de octubre de 1927 el “Principessa Mafalda” navegaba ocho millas mar afuera de Abrolhos, distancia perfectamente segura. Era un día espléndido, de sol radiante, suave brisa y mar en calma. Tal vez por eso simón Guli ordenó aumentar la velocidad del buque. Pronto fue visible la silueta del “Alhena”, y a las 1510 el italiano dejaba atrás al holandés. El capitán Smoolenaars, acodado en el puente, veía pasar distraidamente al trasatlántico, cuando algo en su conciencia de marino le señaló que aquel buque no andaba bien; entonces observó que no marchaba en línea recta sino sinuosamente, y que el casco estaba ligeramente inclinado a babor. Como la anormalidad no parecía molestar la navegación del barco, Smoolenaars no pensó más en el asunto y se dedicó a sus propios problemas.

Atardecía. El hermoso día se desintegraba en un luminoso, tibio fin de jornada, con la majestad de un cielo despejado y un espejo marino de cambiantes colores, que solo la belleza de un mar tropical puede ofrecer. De la tercera clase ascendían alegres coros de inmigrantes, cantando su alegría con acordeones, guitarras y danzas. En los salones de primera la orquesta tocaba aires populares y la gente joven bailaba con entusiasmo. Otros pasajeros leían en cubierta, jugaban a las cartas o tomaban una copa en el bar, a la espera de la cena, ya inminente. En los comedores los camareros tenían las mesas listas, los cocineros daban los últimos toques y ya se disponía a hacerse el primer llamado para cenar.

Ocurrió de pronto, hacia las 1900, un extraño ruido sacude el barco. La estructura se estremece espasmódicamente y el “Mafalda” queda bruscamente detenido en el mar. Estupor general. Los coros de tercera calla. La orquesta se detiene en medio de una pieza, los músicos quedan en suspenso, las parejas se separan desconcertadas- Por un momento nadie habla, todos se interrogan con la mirada. Luego estallan los comentarios; algunos corren a ver que pasa; otros formulan alarmantes preguntas. En los salones de primera aparece rápidamente el primer oficial, Moresco. Todos confían en él y el marino les explica serenamente que ha surgido un desperfecto en las máquinas que obliga a detener la marcha. No hay peligro inmediato. E invita a los pasajeros a continuar con sus entretenimientos. Dirige una seña a la orquesta y ésta rompe en un torbellino de notas alegres y movedizas. Los pasajeros obedecen y vuelven a lo suyo. Muchos entran al comedor, dispuestos a diluir la espera con una buena cena.

En segunda clase la nerviosidad es mayor y en tercera la alarma casi se palpa. Los oficiales explican y tratan de calmar, mientras el comandante Guli reúne datos concretos sobre el accidente sufrido por el “Mafalda”. No tarda en tenerlos: se ha partido el árbol de la hélice izquierda, que en esos momentos giraba a 92 ó 93 revoluciones por minuto. Las enormes palas continuaron el movimiento giratorio al desprenderse, chocaron con el casco y abrieron un enorme desgarrón en las planchas metálicas, por donde en esos momentos se precipitaba el agua dentro del buque.

Guli ordena parar las máquinas, disminuir la presión de válvulas y apagar las calderas. Pese a lo serio de la avería, el comandante italiano cree estar en condiciones de solucionar el problema en unas horas, para al día siguiente seguir rumbo a Río. A pesar de ello, y como medida precautoria, ordena iniciar las tareas de salvataje y pedir auxilio por radiotelegrafía.

Lúgubremente suenan las sirenas alertando a la tripulación para preparar botes y salvavidas. Nuevamente Moresco corre a explicar a los pasajeros de primera que se trata de una simple precaución, que a lo sumo todo se reducirá a trasbordar a las mujeres y a los niños en otros buques, en tanto duren los arreglos de la nave. Precisamente hay dos a la vista del “Mafalda”, pronto estarán a su lado y todo no pasará de una pequeña aventura. Los pasajeros aceptan la explicación y no se apuran mucho. Casi todos vuelven al comedor.

Abajo los tripulantes trabajan afanosamente por cerrar la brecha del casco. Chapas de hierro, cemento, se fueron aplicando contra la abertura. Por un momento pareció que el daño sería subsanado y todo peligro aventado, pero la enorme presión del agua embarcada pudo más que los esfuerzos de los marinos. Una de las planchas laterales cedió violentamente, como si fuera de cartón, y una avalancha de agua arrastró trabajadores y trabajo, deshaciendo en un segundo la tarea. Un torbellino de furia y espuma comenzó a inundar la sala de máquinas. El “Principessa Mafalda” estaba perdido. Guli lo comprendió inmediatamente y ordenó acelerar las tareas de salvamento. Posteriormente algunos pasajeros –sobre todos los resentidos por el susto pasado y en busca de algún chivo emisario- lo acusaron de haber retardado las tareas de salvamento. No es cierto. El comandante italiano ordenó los preparativos y mandó pedir SOS cuando aún creía posible salvar su barco.

Incluso ante la nueva situación, Guli consideró que había tiempo sobrado para sacar con vida a todo el mundo. El “Mafalda” flotaría varias horas, las suficientes para que no hubiera víctimas. Ordenó cerrar todos los ojos de buey y allí apareció la primera fisura: algunos marineros desobedecieron o cumplieron a medias la orden. Muchos quedaron abiertos. Pronto entró por ellos el agua a raudales, acelerando el hundimiento.

Anochecía. El aire, que se deslizaba suavemente, se torna brisa fuerte. El oleaje, hasta entonces tranquilo, se encrespa ligeramente. Sombras, viento, gritos de órdenes, silbatos, rechinar de las roldadas de los botes salvavidas… todos factores que alimentaron el creciente miedo, que va tornándose en pánico. El buque se hunde de popa muy despacio, pero la escoración a babor se acentúa rápidamente, hasta hacerse sensible para todos. Los objetos colgados sobre mesas, muebles y anaqueles, se van deslizando, caen y ruedan por el empinado suelo, cuando no se estrellan con estrépito, aumentando la inquietud general.

El problema principal lo ofrecieron los pasajeros de tercera. Allí se apretujaban acongojados 616 italianos (en su mayoría oriundos de la provincia de Macerata), 118 sirios, 50 españoles, 38 yugoeslavos, 2 austríacos, un húngaro, un suizo, un argentino y un uruguayo. ¿Cómo hacer para entenderse en esa Babel donde todos gritaban y nadie escuchaba? Fue una tarea superior a la fuerza de los oficiales. El salvataje, que había comenzado bien y ordenadamente, se desarticuló en un abrir y cerrar de ojos. Los despavoridos inmigrantes se desbandaron, desbordaron toda vigilancia, invadieron las otras cubiertas y sembraron el pánico a su paso. Para colmo, y por disposición de la compañía, los oficiales tenían prohibido portar armas, que en ese momento le hubieran sido preciosas. Sin poder coercitivo alguno, sin ser escuchados por nadie, fueron arrastrados por el torbellino humano. Algunos de ellos lloraban de impotencia, pidiendo a gritos esas armas que les permitirían poner un poco de orden en el pandemonium.

Los botes salvavidas estaban a medio bajar cuando hasta ellos llegó la marea de cientos de inmigrantes. Atropelladamente se arrojaron sobre ellos, tropezando entre si, zambulléndose unos encima de otros, hasta colmar la capacidad de las frágiles embarcaciones más allá del límite de seguridad. Así fue como algunos de esos botes se hicieron pedazos al tocar el agua, cayendo al mar racimos humanos que rapidamente desaparecieron bajo la superficie. También, y como suele ser tan desgraciadamente frecuente en los naufragios, en ese momento de emergencia suprema se descubrió que los botes no estaban en óptimas condiciones para un salvataje: costó mucho bajar algunos, otros hacían agua y no faltaron los que se mostraron incapaces de flotar. Finalmente y para completar el cuadro, pronto fue evidente que no alcanzarían para embarcar al millar y pico de personas que llevaba el “Mafalda”.

Lista de inmigrantes transportados por el “Principesca Mafalda” a Buenos Aires en 1910

Luis Reschia, radiotelegrafista del “Principessa Mafalda”

Junto a cada bote salvavida se desarrollaba una feroz lucha por ganar un lugar. Pocos conservaron la serenidad, y entre ellos se contaron el cabo Santororo y el conscripto Bernardi. Tan pronto como sonó la sirena de alarma, dejaron de ser plácidos pasajeros y recuperaron plenamente su condición de marinos, con un deber que cumplir. Ambos se presentaron al capitán Guli, se dieron a conocer y se pusieron a sus órdenes. Incorporados así a la tripulación italiana, los dos muchachos se entregaron a la tarea. No pudo estar mejor representada la marina argentina en esa hora de desgracia.

El pánico seguía en ascenso, incontenible. A la tercera se plegó la segunda clase. En cuanto a la primera, que hasta el momento conservara la calma, cuando intentó ponerse a salvo se encontró bloqueada por las otras dos. Para colmo, el miedo –ese pegajoso y ubicuo enemigo- ganó a la tripulación. Santororo alcanzó a ver tripulantes luchando a brazo partido con los pasajeros para ocupar los primeros botes. Pero también encontró hombres cabales. Pegado a un oficial de apellido Camppalupi, ambos colaboraron activamente en el rescate, y el cabo argentino jamás olvidaría en su vida el despliegue de heroísmo de que hizo gala el oficial italiano.

Simón Guli, conservando una pétrea impasibilidad externa, dirigía enérgicamente el salvataje. Desde el puente y usando un megáfono, daba órdenes con voz firme y serena. Pero por dentro el drama crecía. Sus cálculos no se cumplían y el “Mafalda” se hundía mucho más rápido de lo calculado. La instalación eléctrica del buque se debilitaba, amenazando dejarlos a oscuras; funcionaba mal el equipo radiotelegráfico; el agua amenazaba llegar a las calderas y provocar una explosión en la que volaría todo, buque y pasaje. ¿Qué esperaban las otras naves para acudir en su auxilio?

Encerrado en su cabina, el radiotelegrafista Luis Reschia no cesaba de insistir: “Vengan todos. Vengan pronto”.

Dos barcos recibieron de inmediato el primer SOS del “Mafalda”. Ambos estaban a la vista, si bien distantes, y pusieron proa hacia el buque italiano. Eran el “Alhena”, que navegaba a babor del “Mafalda”, y el “Empire Star”, nave inglesa que bordeaba a estribor del trasatlántico, con destino a Londres. A 36 millas de distancia captó el llamado el “Mosella”, de bandera francesa, que iba de Río de Janeiro a Burdeos. A 30 millas del “Mafalda”, el inglés “Rosetti”, que navegaba de Buenos Aires a Liverpool, recibió un llamado del barco “Rugby”, de la misma bandera, informando del pedido de auxilio de la nave italiana. Dennison, capitán del “Rosseti”, ordenó cambiar rumbo y dirigirse al lugar del siniestro. También captó el SOS el francés “Formose”, que marchaba de Génova a Buenos Aires; incluso el “Avelona”, que cubría el trayecto de Buenos Aires a Londres y se hallaba muy distante, a 288 millas, recibió el pedido por intermedio del “Empire Star”, y su capitán no titubeó en marchar a toda prisa hacia el “Mafalda”.

El 'Alhena’, cuya tripulación con heroísmo colaboró en el salvamento de tripulantes y pasajeros del 'Principessa Mafalda’, arriba el 6 de enero a Rotterdam. La travesía desde Hoek van Holland (Holanda) a Rotterdam fue para el capitán Smoolenaars y sus valientes una marcha triunfal (traducido del holandés de un diario de la época).

El primero en llegar fue el “Alhena”, que paró máquinas a 400 metros del “Mafalda”, derivando luego hasta aproximarse a menos de cien metros. Los pasajeros del buque holandés ya se habían puesto a las órdenes del capitán Smoolenaars para ocupar puestos auxiliares y dejar más tripulantes libres para el salvataje. El agua aparecía llena de náufragos debatiéndose desesperadamente; unos nadaban trabajosamente, otros flotaban asidos a maderos; se veían botes atestados de genete y con racimos humanos aferrados a las bordas; varios de ellos volcaron aumentando la sensación de angustia que pesaba sobre el lugar. Los oficiales y marinos holandeses bajaron los botes y remaron vigorosamente; incluso algunos impacientes ante ese cuadro de horror, se arrojaron al agua y nadaron a largas brazadas para salir al encuentro de los náufragos.

Smoolenaars fue el único hombre de la tripulación que quedó a bordo del “Alhena”, auxiliado por los pasajeros convertidos en excelentes voluntarios. El comandante holandés veía con horror lo que pasaba ante sus ojos. No recordaba haber visto nada tan espantoso. Desde el uente fue testigo de cómo un náufrago casi exhausto lograba aferrarse a uno de los botes salvavidas. Tras ese hombre se debatía, más que nadaba, un muchacho de unos quince años, que en el límite de las fuerzas se le abrozó a una pierna. El náufrago, al sentirse arrastrado bajo la superficie, se afirmó en un supremo esfuerzo al bote y con la pierna libre asestó un feroz puntapié al rostro del muchacho, que desapareció bajo las aguas.

Pero también vio algo que conmovió su fibra de marino. Allá en el puente del “Mafalda”, erguido y sereno, impecable en su blanco uniforme, el capitán Guli dirigía el salvataje con el tranquilo aplomo de un hombre que está más allá del miedo y la desesperación. Cuando el comandante italiano distinguió al otro buque pareció serenarse más aún. Extrajo un cigarro y lo encendió parsimoniosamente. ¿Bastaría el auxilio del “Alhena”? Seguramente no, para ya junto al “Mafalda” se destacaba la silueta del “Empire Star”.

Si espantoso era lo que ofrecía la superficie del mar, más terrible era lo que ocurría en las entrañas del “Mafalda”. La magnitud del pánico asumía caracteres infernales. Scarabacchi, jefe de máquinas del buque condenado, se descerrajó un tiero en la sien. Cuatro oficiales que intentaban salvarse, olvidados de su deber, tomaron unos salvavidas y se dirigieron a cubierta. Fueron interceptados por una marea de pasajeros enloquecidos de terror, que al hacerse cargo de lo que tramaban se arrojaron como fieras sobre ellos, despedazándolos sin misericordia. Allá quedaron cuatro cadáveres ensangrentados y cuatro chalecos salvavidas en torno a los que luchaban salvajamente seres que apenas eran humanos.

Muchos inmigrantes recorrían en patota las dependencias buque, se metían en elos camarotes de primera, en salones y depósitos, desvalijándolos concienzudamente y alzándose con cuanto objeto de valor más o menos portátil pudieron encontrar. Se habló mucho, después, de la cobardía de la tripulación. Ciertamente se dieron casos, pero donde la indisciplina estalló sin remedio fue entre los camareros, mucamos y personal auxiliar, que disputaron a los pasajeros la primacía en salvarse. Téngase presente, empero, que una oficialidad desarmada es impotente para hacerse respetar en medio del pánico.

El “Empire Star”

Pronto dejaron de funcionar los generadores eléctricos del “Mafalda”, que de una luz mortecina pasó a una oscuridad completa. La noche caía sensiblemente y la visibilidad disminuía por minutos.

Hacia las 2015 se acercaba otro buque al lugar del naufragio. Era el “Formose”, que llegaba a toda velocidad. El comandante Allemand, sin disminuir el tren de marcha, dio orden de tener los botes salvavidas listos y con sus dotaciones a punto para bajar. Estaba decidido a acercarse lo más posible al punto del siniestro, y lo cumplió de manera atrevida. La nave francesa entró en escena raudamente, se aproximó al “Mafalda” y con una maniobra precisa, matemática, que dio prueba de la destreza de Allemand, giró apretadamente trazando una curva a solo veinte metros de la proa del “Mafalda”. Tan pronto como el “Formose” quedó quieto en el agua, sus botes estaban en el mar y las palas de los remos se hundían rápidamente en busca de los náufragos.

El “Formose”

Lo que vio el capitán Allemand lo alarmó seriamente: toda la popa del “Mafalda” estaba sumergida, la proa emergía del agua y gran cantidad de genete se apretujaba en cubierta. También distinguió al capitán Guli, que saludó su llegada agitando la gorra en el aire.

A pesar de la afanosa rapidez del salvamento, el agua seguía repleta de gente. Más tarde, y sobre todo en los primeros días, se hablaría mucho de bandadas de tiburones y de considerable número de víctimas devoradas por los escualos. Pasado el primer momento de sensacionalismo, varios sobrevivientes negarían rotundamente haber visto un solo tiburón.

Las últimas energías del equipo radiotelegráfico se consumían sensiblemente. Reschia insistía: “No tenemos más botes. Hay que efectuar el salvamento de los quinientos pasajeros restantes”. ¿Qué pasaba con los botes del “Mafalda”? A medida que se fueron acercando los buques de rescate los botes de la nave italiana se dirigieron hacia ellos, pero una vez trasbordados los pasajeros, los tripulantes se dispensaban de regresar al “Mafalda” en busca de otra tanda, soltaban los remos, trepaban a la cubierta y se ponían a salvo, desentendiéndose de los demás. Allá quedaban los botes salvavidas, meciéndose vacíos e inútiles, mientras medio m9illar de personas quedaban libradas a su suerte en la cubierta del buque condenado.

Como el fin era inminente, lo más aconsejable era arrojarse al agua para ser rescatados por los botes salvavidas, pero la mayoría se negaba instintivamente a caer en el negro abismo que espejeaba abajo. La acción de los botes salvavidas fue por demás arriesgada, se acercaron hasta tocar la cubierta inclinada del “Mafalda”, que en cualquier momento podía darse vuelta. En oportunidades los remos se metieron por los abiertos ojos de buey de la borda hundida, y mientras los botes iban y venían, las grandes sombras de los buques con las máquinas detenidas derivaban por las inmediaciones. El “Alhena” llegó a acercarse hasta quince metros del “Mafalda”. Dada la marcada escoriación del buque italiano y la poca visibilidad, la situación era peligrosa para la nave holandesa, por lo que el capitán Smoolenaars adelantó su buque, cruzó por delante de la proa del “Mafalda”, cada vez más levantada, y se detuvo al otro lado, menos arriesgado para su propia seguridad.

En permanente contacto con el “Mafalda”, el radiotelegrafista del “Mosella” notó que el equipo del buque italiano se debilitaba hasta hacerse inaudible. Pasó entonces a comunicarse con el “Formose”, que en ese momento se acercaba al lugar del naufragio, y luego con el “Alhena” y el “Empire Star”, que ya se encontraban recogiendo náufragos. Los últimos minutos del buque italiano se consumían aceleradamente. En medio de una total oscuridad continuaba el salvataje. El “Mafalda” carecía de energía eléctrica, no había luna y los otros buques debieron encender sus reflectores para enfocar la nave condenada o barrer la superficie del agua en busca de náufragos.

ilustración de la época que evoca los instantes previos al naufragio del 'Principessa Mafalda’

Era urgente dejar la cubierta del “Mafalda”. Al hundirse succionaría a los que restaran en ella. Carlo Longobardi, contador de la nave, llevaba varias horas ayudando al salvataje y gracias a él muchas personas sobrevivieron al desastre. Trabajó incansablemente hasta comprender que solo le quedaban unos minutos para ponerse a salvo. Fue de los últimos en abandonar la nave. El camarero Sadinas fue otro que imitó la actitud de Longobardi. Los dos médicos del “Mafalda” tuvieron un comportamiento ejemplar y fueron de los últimos en irse. El doctor Giusepe Lellis, de 29 años, luchó hasta el agotamiento y se arrojó al agua en los últimos segundos, y fue recogido por un bote del “Formose”, y su primer cuidado fue presentarse al capitán Allemand para seguir ayudando en el salvamento. El otro médico, de sesenta años de edad y de apellido Figarolli, fue recogido del agua por un bote del “Alhena”, y era llevado a lugar seguro cuando, repentinamente, recordó que había dejado unos valores en su camarote. Creía que aún tenía tiempo de ir en su busca, trataron de disuadirlo pero en vano, se arrojó al agua, nadó hasta el “Mafalda”, trepó a cubierta y se perdió en la confusión del buque: nunca más se lo volvió a ver.

El radiotelegrafista Luis Reschia y su segundo Boccardi, recién abandonaron el equipo cuando dejó de funcionar en absoluto. Hasta entonces cumplieron con su deber impávidamente, despertando la admiración de los colegas de las otras naves. Ya era tarde para salvarse, y seguramente perecieron al lado del capitán Gulli.

De pronto todo terminó tan rápido que pasó como un sueño de pesadilla. Simón Gulli pareció presentir el fin de su buque, arrojó lejos el cigarro que fumaba, estalló en su garganta un ¡Viva Italia! Y llevándose a los labios el silbato de órdenes dio dos largas y penetrantes pitadas, que resonaron en la noche. Aún los ecos no se habían acallado cuando un sordo bramido y un espumar de olas en torno al “Mafalda” señaló el estallido de las calderas. Una vaga humareda envolvió al buque mientras un crepitar de vigas y mamparos destrozándose como si una mano gigantesca las estrujara, indicó el incontenible avance de las aguas. La proa apuntó al cielo, y un instante después el océano succionaba al “Principessa Mafalda”. Donde estuviera, quedaba un borboteo, espuma, nada.

El salvataje continuó a medida que avanzaba la noche, mientras que a bordo de los buques de rescate se atendía a los sobrevivientes (el “Alhena” rescató 531, el “Empire Star” 180, el “Formose” 200, el “Mosella” 22 y el “Rosetti” 27). A la una de la mañana del 26 de octubre el “Alhena” fue el primer buque en dejar el lugar. Dos horas depués llegó el “Avelona”, tras navegar casi 300 millas, y los brasileños “Bagé”, “Ayurnoca”, “Manaos” y Purós”, quien no recogieron ningún sobreviviente.

La noticia del naufragio del “Principessa Mafalda” repercutió dolorosamente a ambos lados del Atlántico, pero fundamentalmente en Londres, donde estaban radicados todos los seguros del buque, y el desastre hizo temblar la Bolsa de Seguros Marítimos de esas ciudad.

En Buenos Aires la Navigazione Generale Italiana dispuso la inmediata partida del “Duca degli Abruzzi” hacia Río de Janeiro en busca de los náufragos por cuenta de la compañía.

Aunque nunca se conocieron las cifras exactas, se calcula que en el naufragio perecieron 386 personas (107 tripulantes y 338 pasajeros), de un total de 1255 que iban a bordo (968 pasajeros y 287 tripulantes). La mayoría de las muertes pudo ser ocasionada porque las personas se rehusaron a dejar el barco italiano, aun sabiendo del peligro que corrían. El temor a arrojarse al mar, por el motivo que fuere, determinó el destino trágico de muchos.

Santororo y Bernardi

El conscripto Bernardi, ex-tripulante de la fragata ”Sarmiento”, se portó heroicamente salvando muchas vidas. En su último minuto en el barco, cuando la alternativa era arrojarse al mar o hundirse con aquella mole herida de muerte, vio que un anciano vacilaba sobre la cubierta y le entregó su propio cinturón de corcho. Después, Bernardi sufrió un espantoso fin.

El buque tardó menos de 3 minutos en hundirse. Bernardi, Santoro y otras 9 personas quedan agarrados a una escala de desembarco, durante media hora. Abajo, esperan los tiburones... Están a 300 metros del barco “Mosella” e intentan llegar a nado, única y última perspectiva. Sólo llegan Santoro –extraordinario nadador y de una resistencia física increíble- y el conde italiano Vicario Giúdici. Los restantes, incluido el héroe de 20 años, el conscripto que quería la vida y renunció a vivir por cumplir con su deber, eran abatidos por los tiburones, en una muerte horrible. A ese héroe de verdad, la Patria lo evoca con emoción y gratitud.

La Armada, en homenaje a este héroe argentino instituyó, en 1976, el día 25 de octubre como “Día del Conscripto Naval”, descubriendo un busto del mismo en la Base Naval de Puerto Belgrano. La entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires impuso el nombre de Conscripto Bernardi a un pasaje que llega hasta la Avenida Juan B. Justo en el barrio de Vélez Sarsfield, entre Floresta y Villa Luro.

El domingo 23 de octubre de 1977 –dos días antes del cincuentenario del célebre naufragio- falleció en Buenos Aires uno de los sobrevivientes del hundimiento del “Principessa Mafalda”. Se trataba del suboficial principal de la Armada Argentina Juan Santororo. Una semana después del hundimiento, un enviado del diario argentino “La Nación” lo había entrevistado en Montevideo: "Un día antes –dijo el cabo Santororo- se dijo a proa y a popa que el buque hacía agua. Pocos momentos después se hizo un simulacro de salvamento. Y llegó el naufragio. Cuatro golpes formidables, un mazazo gigantesco en que parecía que habían tomado parte todos los elementos. Se quebró el árbol de una de las hélices y ésta se vino hacia atrás, en tanto que el trípode giraba hacia la derecha, abriendo un rumbo en la popa". Más adelante, contó Santororo: "Mi primer pensamiento en ese momento fue salvarme. Pero me acordé que era marino argentino y me presenté al comandante poniéndome a sus órdenes. Me puse a salvar a las mujeres y a los niños. A la hora y media se hundió el buque. Alternativamente, nadaba y me aferré a la borda de una lancha, hasta llegar al 'Mosella’". Y termina el conmovedor reportaje: "Pedí una lancha para ir en busca Bernardi, a quien había visto hacer prodigios de valor a bordo y luego en el agua. Se accedió a mi pedido y lo busqué, pero inútilmente".

Ambos fueron condecorados por el gobierno argentino y el gobierno italiano.

Enviado por Osvaldo Sidoli. Hecho en base a un articulo de Miguel Angel Scenna, publicado por Todo es Historia

Fuente:www.histarmar.com.ar

domingo, 1 de noviembre de 2009

ANNA TORV

LA EXTRANJERA

La misteriosa agente Olivia Dunham La australiana de 31 años protagoniza la exitosa serie de suspenso sobrenatural "Fringe", heredera de "Lost" y "X Files".

ENIGMATICA ANNA TORV DEBUTÓ COMO ACTRIZ EN SU PAÍS HACE APENAS SIETE AÑOS.

Es condenadamente fea. Eso fue lo que respondió el productor J. J. Abrams -también creador y guionista de Lost y Alias- cuando le preguntaron por qué había elegido a la ignota Anna Torv para protagonizar su nueva serie de suspenso. Obviamente, no necesitó aclarar que se trataba de una broma. Lo que sí explicó (en una entrevista que le hizo el canal Fox) fue que había visto a muchísimas actrices para encarnar a la inocente, lacónica y algo infantil Olivia Dunham, y que cuando vio a la australiana experimentó una suerte de epifanía. "¿Viste cuando eso que estás buscando de repente te encaja? Una mezcla de indescriptible, extraña clase de calidad".

Olivia Dunham es el personaje principal de Fringe, una agente del FBI que integra un departamento ultrasecreto a cargo de investigar acontecimientos sobrenaturales provocados por dudosos experimentos científicos. La serie va por su segunda temporada, y en los Estados Unidos su estreno (el año pasado) reunió a 9 millones de espectadores, ansiosos por confirmar si realmente se trataba -como prometían- de la heredera de Lost, X Files y The Twilight Zone.

En realidad, alcanza con ver un par de capítulos (ver Información) para sospechar que la principal influencia de la serie no es sólo televisiva, sino literaria, y la elección de Torv es, quizás, la mayor evidencia: no sería descabellado asociar a Olivia con la Alicia de Lewis Carroll, tratando de atravesar el espejo de los mundos paralelos para encontrarse con otra versión de sí misma: más oscura, más violenta y con un marcado acento australiano que la actriz viene disimulando hasta ahora.

Hasta que Abrams y sus socios, Alex Kurtzman y Roberto Orci, la eligieron para este personaje, Anna Torv era una completa desconocida. Graduada en el Instituto Australiano de Arte Dramático en 2001, un año después debutó en el telefilme White Collar Blue, y desde entonces interpretó papeles secundarios en series de su país (Young Lions, The Secret Life of Us), participó en cinco episodios de la serie de la BBC Mistresses (2008) y lo último que hizo fue un personaje de enfermera en un telefilme sobre Frankenstein. También le puso la voz a la guerrera Nariko en el videojuego para Playstation 3 Heavenly Sword.

Lo más llamativo de su escueta biografía, quizás, lo aporta su tía paterna, que curiosamente lleva su mismo nombre de pila: la escritora Anna Maria Torv Murdoch Mann, que estuvo casada durante 30 años con el magnate de los medios Rupert Murdoch.

Nacida en Melbourne el 15 de abril de 1978, Torv se crió en la Gold Coast, Queensland. "Crecí cerca de la playa, me gusta surfear, siempre tuve caballos, amo andar a caballo. Estoy tratando de convencer a los autores para que Olivia haga salto, o algo por el estilo. Me encanta todo lo físico, algo que por el momento no pude desarrollar mucho", decía la actriz hace unos meses, antes del estreno de la segunda temporada de la serie que, asegura, le cambió la vida por completo. "Yo estaba acampando en las afueras cuando me llamaron para esto. Nunca antes había vivido en los Estados Unidos, es mi primera incursión en la televisión americana, el programa resultó un éxito, y para colmo... ".

Para colmo Torv se enamoró de su compañero de elenco, el actor y ex combatiente en la Guerra del Golfo Mark Valley, 14 años mayor que ella. Se mudó a Nueva York y en diciembre del año pasado se casaron. En la historia, él -más conocido por su papel en Justicia ciega (Boston Legal)- compuso a John Scott, un ex novio de Olivia, que luego resultó ser un traidor y murió en la primera temporada.

Ajena a la "movida australiana" en Hollywood (varios actores de ese país encabezan series exitosas, como Simon Baker, de The Mentalist, y Dominic Purcell, de Prison Break), dice: "No tuve oportunidad de conocerlos, porque me instalé en Nueva York... Oí que hacen asados y esas cosas". Cuando le piden que se describa a sí misma, Torv no es muy expansiva. "Me gusta pasar el rato... Soy muy hogareña", resume. Si tiene que darle un consejo a su atribulado personaje, piensa un minuto y suelta: "Cariño, tomate un día libre, date un baño... no sé, un chill out, sólo por un rato".«