lunes 27 de febrero de 2012

LIBRO SOBRE LIONEL MESSI: ESPERANDO AL MESSIAS.


¿Quién es realmente Lionel Messi? Mientras sigue ganando balones de oro y ocupa las tapas de las revistas del mundo más allá del fútbol (Time, Esquire, GQ), los rumores y las versiones son legión, pero casi todos mueren en el silencio que lo rodea. Por eso, la aparición de la biografía Messi (Debate), del periodista argentino Leonardo Faccio, es un agudo retrato con más de una sorpresa. No sólo porque Messi se aburre cuando no juega, duerme todos los días la siesta, detesta los fastos con que lo reciben, tiene un hermano insólito o reacondicionó su casa natal en Rosario, aunque está casi siempre vacía, sino porque consiguió lo que nadie hasta ahora: hablar con su familia, su entorno y el mismo Messi. Mientras el mundo lo celebra, en la Argentina se lo discute y la Fundación Messi repudia el libro, hablamos con el autor y explora la relación del nuevo pibe 10 con ese único olimpo que se le resiste: el de los mitos argentinos.

 Por Martín Pérez

Un Lionel Messi que concede un reportaje recién llegado de unas vacaciones familiares en Disneylandia. Otro que se presenta al rodaje de una publicidad de calzado en el Estadio Olímpico de Barcelona. Y un tercero que se prepara para la entrega del Balón de Oro al mejor jugador del mundo en Zurich. Tres Messi que son uno solo, el mismo, pero retratado un año tras otro. Así es como el periodista argentino Leonardo Faccio, instalado desde hace una década en Barcelona, eligió contar la vida del mejor futbolista del mundo. En tres actos, tres capítulos, cada uno de ellos con un punto de partida casi banal –un breve reportaje, una publicidad, la entrega de un premio–, el de un futbolista cumpliendo con sus compromisos, fuera de su ámbito natural. Pero alrededor de ese protagonista casi distraído, el engañosamente breve libro de Faccio –digno de la Pulga Messi– va desplegando historias, presentando personajes y compilando datos que funcionan como las inyecciones de hormonas con las que el rosarino pudo continuar con su crecimiento. Y es así como con el Messi Recargado de Faccio se descubre un personaje nuevo, que se aburre con series como Lost o Prision Break, no le gusta que confundan al futbolista genial con el chico tímido que parece frágil fuera del campo, y desprecia los lujos privados que le preparan en los rodajes: jamás usa el motorhome puesto a su disposición sino que se cambia de ropa frente a todo el mundo. Así es como su admirable libro, titulado simplemente Messi, pero subtitulado largamente como El chico que siempre llegaba tarde (y hoy es el primero), funciona como la mejor puerta de entrada a un mundo privado tan complejo y sencillo a la vez, como sólo puede serlo también ese juego llamado fútbol.


¿Por qué Messi?


–Messi afecta el estado de ánimo de mucha gente. Yo no soy futbolero, pero veo que hay ilusiones depositadas en él. Ese lugar de poder inestable de los ídolos siempre me interesó. Creo que, desde hace un tiempo, Messi trasciende lo futbolístico y acepté cuando me propusieron retratarlo. Mi editor, el director de la revista peruana Etiqueta Negra, Julio Villanueva Chang, me dijo: “De Messi se hablará mucho y sabemos muy poco”. Tres años después, la aventura periodística acabó en libro.

¿Por qué pensaste que lo que empezó siendo apenas una nota en una revista podía ser un libro?

–Hay dualidades en la personalidad de Messi que exigen espacio para ser explicadas: el Messi del Barça y de Argentina, el explosivo y el apático. El resto de los genios del fútbol se parecen a sí mismos dentro y fuera del campo –el andar con el pecho afuera de Maradona, la elegancia de Zidane, la sonrisa de Ronaldinho–; Messi desafía el paradigma de héroe que conocemos. Es una persona de rutinas, predecible lejos de la pelota y tiene una personalidad más compleja de lo que aparenta. A mí las paradojas me motivan y tuve ganas de continuar con su historia. El perfil publicado en Etiqueta Negra llamó la atención del director de la editorial Debate, Miguel Aguilar, y comencé a trabajar en el libro.

El libro está formado por tres partes, fechadas en tres años consecutivos: 2009, 2010 y 2011. ¿Por qué elegiste esa estructura?

–Es el período en que seguí su vida: tres años en los que Messi podía eclosionar o hundirse. El tiempo real tenía el dramatismo suficiente como para mantener la tensión del relato y decidí respetarlo. Otro motivo está relacionado a la forma: el fútbol es el más popular de los deportes y el libro debía ser para un público muy amplio, de modo que elegí un género con origen popular como referencia: la ópera. A cada parte-acto le corresponde un tempo diferente: Allegro, Adagio y Presto. Supongo que puede leerse como una ópera non-fiction.

 

EL ESLABON PERDIDO

 

Al teléfono desde Barcelona, Leonardo Faccio suena relajado y preocupado a la vez. Relajado porque finalmente ha terminado de soltarle la mano al libro en el que estuvo trabajando durante los últimos años. Y preocupado porque aún tiene que presentarlo, y entonces se reconoce obsesivo a la hora de responder el cuestionario vía mail con el que se hizo la mayor parte de esta entrevista. “Olvidé mencionar algo que creo debería haber explicado, ya que está relacionado con el título del libro, y va encadenado con la idea de ruptura del paradigma de héroe que conocemos”, se preocupa por agregar. “Lo veo como una especie de elogio a la lentitud en tiempos dominados por la velocidad. Esa forma que tienen algunas personas, como Messi, siesteras, perezosas, que llegan a lo que quieren moviéndose lentamente”, subraya Faccio, quien dice que el tema principal de su libro es el trauma de crecer. “Un día, su padre me dijo: ‘A Leo le falta un eslabón’. Se refería justamente a la particular forma de crecer de su hijo: el desarraigo y las exigencias del mundo profesional lo marcaron a la edad de trece años. Messi sufrió un déficit de la hormona del crecimiento y se fue a Barcelona porque en su país ningún club quería financiar el costoso tratamiento que necesitaba para crecer. Newell’s Old Boys colaboró sólo durante unos meses, River Plate le negó el apoyo. Messi vivió ese rechazo cuando era niño. La medicina que necesitaba para alcanzar una estatura normal cuesta mil dólares por mes, y él la pagó jugando al fútbol en el Barça. Su condición de genio precoz le arrebató la despreocupación de la adolescencia, pero también le exigió conservar la energía creativa que sólo tienen los niños cuando juegan. Es la esencia de su arte. En suma, yo intento comprender el carácter de una persona con una misión de vida. Messi construyó su identidad en torno de la pelota. Llegó más lejos que ningún futbolista de su edad y todos esperan más de él: que sea el salvador de la Selección de su país, el putañero discreto, el argentino utópico. El éxito o el fracaso con el balón puede reportarle tanta felicidad como tormento.”

¿Cuál fue el primer hilo del que tiraste para ir construyendo su retrato, o el momento en que dijiste “lo tengo”?

–Nunca dije “lo tengo”. Messi se mueve, crece y yo quería retratarlo en acción. No tiene sentido fijar en bronce la vida de un chico en permanente cambio. Por eso escribí un perfil y no una biografía. Las biografías suelen subordinar los rasgos de carácter de las personas a la estática información biográfica. Yo hago el proceso inverso. Los patrones de conducta que explican a Messi tienen el mayor protagonismo y narrarlos ocupa espacio. Por ejemplo: Messi dice que le gusta dormir la siesta, su hermana me cuenta que Messi pasa horas tendido en el sofá y Juan Sebastián Verón asegura que es difícil sacar a Messi de la cama. El desafío está en diferenciar las conductas eventuales de las que marcan un patrón. Messi suele aburrirse lejos de la pelota y la siesta es clave en su rutina. El chico que entretiene a millones no encuentra por las tardes nada más entretenido que tumbarse a dormir. Nadie se aburre cuando duerme.

 

EL FIDEL DE MESSI

 

Cuando se le pregunta a Faccio por todo el material sobre Messi que debió investigar antes de sumergirse en su libro, confiesa que en realidad de lectura encontró poco. “Lo que encontré fue pilas de relato épico: historias de lucha, vencedores y vencidos. La prensa deportiva suele construir personajes más bien unidimensionales y lo que yo buscaba eran matices. Quería humanizar al ídolo. En ese trance creo que mi orgullo se consumió en el afán de producir y escribir lo mejor posible.”
Es la producción, por ejemplo, la que lo pone ante el carnicero que lleva los pedidos a la casa de Messi frente al Mediterráneo. O lo lleva a Las Heras, un barrio obrero del sur de Rosario, donde se encuentra la casa donde Messi nació y vivió hasta los dos años, su Rosebud particular, a la que se preocupó por reformar, pero está casi siempre deshabitada. Cada vez que regresa a su ciudad, Messi no se va sin visitar esa casa, aunque a veces su paso es tan fugaz que en Las Heras no se dan cuenta de su visita. Y es también la producción la que lleva a Faccio hasta la Masía, la fábrica de talentos del Barça, para descubrir que si Messi entraba último al comedor y se terminaba sentando en las últimas filas, era porque así quedaba cerca del metegol. Escribe Faccio: “Si hubiese una moraleja en la remolona actitud de Messi fuera de los campos de juego, sería que a veces el camino más rápido hacia lo que de verdad nos interesa se toma moviéndonos con lentitud”.
Pero la escritura es la que da vida a los mejores personajes del libro, los secundarios, como su primer representante, que confiesa: “Si me pongo a pensar que nunca más voy a descubrir a alguien como él, me tengo que matar”. O el doble de Messi, que empezó a dar demasiadas entrevistas, y ahora la familia ya no lo contrata más. O esos amigos de la infancia que aseguran que Leo, en cuestión de mujeres, “prefiere pasar por tonto que por calentón”. Y como prueba está esa anécdota del Mundial juvenil de Colombia, en 2005, cuando una periodista de televisión le dijo a su representante que quería conocer a Messi, y le pasó su número. Cuando al día siguiente se acercó a la concentración llevando el número de la chica como un regalo, Messi le dijo casi al pasar: “Ya estuve con ella”. Pero el mejor de los personajes es el hermano del medio de los Messi, Matías, el que se quedó en Las Heras y tiene problemas con la ley, que cree que le trae mala suerte a su hermano porque cuando viajó a Londres para ver un partido de la Copa de Campeones de Europa, frente al Chelsea, Lionel se lesionó. “Me senté en un lugar donde no me sentaba nunca: fue culpa mía”, le dice el increíble Matías a Faccio, que en su libro parece escaparles a los escándalos y a los titulares –no hay trascendidos de vestuario, de esos que siempre llegan a las páginas de deportes, por ejemplo–, pero al mismo tiempo profundiza tanto su relato que llega incluso a tocar temas tabú a la hora de las biografías deportivas, como el del sexo con modelos, algo habitual dentro del mundo del fútbol actual, pero de lo que no se suele hablar fuera del efímero mundo de las páginas de chimentos.

¿Hay cosas que descubriste y dejaste afuera?

–Conté todo lo que sabía. Los episodios que pueden sonar “escandalosos” sirven, como cualquier otro, para comprender a Messi. Lo explico con un ejemplo: una tarde, sus abuelos me reciben en su casa, una construcción humilde, y se quejan de la evidente postergación económica en la que viven. Lo importante no es la escena en sí misma. A la edad de 24 años, casi nadie se ocupa de sus abuelos. No hay novedad en eso. El conflicto familiar me interesa porque habla del nivel de influencia de cada miembro de la familia. A Messi lo explica su entorno. En el libro busco una dimensión humana que el relato de la prensa deportiva –por épico y vertiginoso– suele negarnos. En función de ese objetivo no me puse límites. Evité escenas coyunturales o muy conocidas porque cuento otras poco difundidas que dicen lo mismo. Los lectores completan con su memoria el relato. Más que escaparle al escándalo, creo que hice el intento de normalizar una vida íntima que podemos ver como exótica. Lo curioso es que Messi, con su carácter humilde y su regularidad en la cancha, logra que veamos lo extraordinario como si fuese normal. Con la camiseta del Barça lo raro es que no haga goles.

Al hablar de su biografía del Che, Jon Lee Anderson dijo que la única fuente a la que lamentaba no haber accedido era Fidel Castro, porque sabía cosas que nadie más podía saber... ¿Hay algún Fidel en la historia de Messi?

–Entrevisté a más de cien personas para escribir el libro, y si hay una ausencia más comprensible que lamentable es la de Celia Cuccittini, la madre de Messi. La llamé durante más de dos meses todos los días. Pero la señora estaba muy agobiada por el periodismo y decidí respetar su intimidad. Dejé su presencia en boca de otros y me alegré de que la búsqueda no haya sido en vano. En el afán de encontrar a la mamá llegué por casualidad a una de las voces más valiosas de la historia: la hermana, María Sol. En el libro abundan personajes que podemos definir como secundarios: la maestra, el carnicero, el doble, el hermano del medio, amigos, compañeros de habitación, la hermana. A diferencia de otras personas más expuestas a los medios, como el papá, a quien también entrevisté, ellos miran con perplejidad la intimidad de Messi. Esa mirada es reveladora.

Durante tu entrevista inicial con Messi, mencionás que cuando descubre en tu mochila el libro que escribió el periodista italiano Luca Caioli sobre su vida, Messi, el niño que no podía crecer, te señala que en él “salen cosas que no deberían haber salido”. Vos contás la historia del hermano del medio, de su relación con las chicas, de su problema legal con el primer representante... Recientemente, la Fundación Lionel Messi desautorizó tu libro. ¿Sabés por qué? ¿Tiene algo que ver con el libro de Caioli?

–Hay asuntos delicados que fuera del libro pueden adoptar la vulgaridad de un chisme. Hasta donde yo sé, el rechazo hacia ambos libros tiene al menos un motivo en común. Tal vez haya otros. Yo escribí la historia sin censuras y entiendo que una reacción de repudio es esperable. Primero porque nadie suele gustarse cuando acaban de retratarlo. Segundo porque los vaivenes de cualquier existencia requieren tiempo de asimilación. Alguien que cuenta su historia desde el cenit de su carrera puede ver con perspectiva su pasado. No es el caso de Messi. Con frecuencia olvidamos que apenas tiene veinticuatro años.

 

AHI VA EL CAPITAN LEO

 

Aun cuando Messi aparece entrevistado en el libro –de hecho, toda la primera parte gira alrededor de esa entrevista–, no es precisamente en sus respuestas donde se pone de relieve su participación en él. De hecho, lo que dice entonces es lo menos importante de ese capítulo. El trabajo de Faccio, justamente, fue el de rodear sus respuestas aparentemente de compromiso en esa primera nota con la suficiente sustancia periodística y narrativa como para que fuese relevante. Y lo hizo tan bien, que hubo quien terminó pensando –por suerte– que esa nota bien podría crecer hasta ser un libro que es prácticamente la antítesis de Yo soy el Diego de la gente. Si aquel era el verbo hecho carne, el de Messi es puras versiones, pero que juntas permiten asomarse a un mundo en silencio. “Me gusta pensar que el libro cuenta la historia de un prodigio: la carrera desigual de Messi por empatar la madurez que tiene dentro del campo con la ternura apática que a veces muestra fuera de él”, explica. “Esa complejidad parece atractiva.”

¿Cuál fue tu relación con Messi durante la construcción del libro?

–Partí con una idea más o menos clara: no quería que a Messi lo limitasen sus pocas palabras. John Carlin, el periodista inglés, publicó un perfil de Messi unos días antes de que yo empezara con el mío, y decía: “He entrevistado a Messi en dos ocasiones, y si me ofreciera una tercera posibilidad de hacerlo, respondería cortésmente que no; no, gracias. Tiene poco sentido sentarse a hablar con él y exigirle palabras de autorreflexión”. Carlin, igual que otros reporteros, se había frustrado ante el silencio de Messi. Yo lo entrevisté una vez y luego construí un relato coral con su entorno cercano. Esto hubiese sido imposible sin su consentimiento. Messi seguía mis pasos desde su teléfono móvil. Incluso participaba con mensajes de texto. Los códigos del chat electrónico son un recurso ideal para los tímidos. Fue más expresivo vía SMS que en persona.

A comienzos de este mes, la revista norteamericana Time puso a Messi en su tapa, pero no se privaron de señalar que su entrevistado no contestaba prácticamente nada que esté fuera del fútbol, y se quejaron de que fue imposible sacarle algún dato de color. A esta altura vos ya debés saber mucho de Messi... ¿hay algún secreto para hacer que hable?

–Si hay un secreto para que Messi hable, no lo conozco. Cuando lo entrevisté, él recién llegaba de sus vacaciones y yo intenté seguir el sentido de su estado de ánimo. Digamos que apelé al sentido común. Messi había estado en Disneyworld y se mostró entusiasmado al hablar de momentos divertidos. A mí me interesaba su vida fuera del fútbol y hablamos de su novia, los amigos, Rosario, la familia. No me acerqué buscando sentencias sino gestos, reacciones.

La misma nota de Time se centra –de hecho lo expresan en la tapa misma– en la paradoja de que Messi tal vez sea el mejor futbolista del mundo, pero aún le cuesta ser aceptado en su país. ¿Es una cuenta pendiente para él? ¿Tiene algún sentido insistir con ese tema?

–Martín Caparrós dice: “La mayoría de los argentinos universales tuvieron que dejar de ser argentinos para serlo”. Es la historia del Che, Piazzolla y también de Messi. Se fue de la Argentina a los trece años y hasta hace muy poco era un ilustre desconocido en su propio país. ¿Cómo querer a alguien que no conocés? Hace falta algo más que goles. En la Argentina a Messi se le exige ser un caudillo expansivo al estilo Maradona, y Maradona fue un icono en la euforia de los ’80: representó la recuperación de la democracia, la revancha futbolera de la derrota en Malvinas y encarna el ascenso social de las clases más postergadas. ¿Qué representará Messi? Messi no tiene un pasado público en su tierra y su destino lo forzó la mayor crisis económica que sufrió el país en la historia reciente. Cuando partió al Barça, la Argentina estaba a punto de caer en la crisis financiera más prolongada de los últimos cien años: la paridad cambiaria con el dólar desapareció, el Gobierno restringió la salida de dinero privado de los bancos y el país tuvo cinco presidentes en un mes. La obra social y la mutual que financiaban las dosis de somatotropina sintética que Messi necesitaba para crecer dejaron de pagar el remedio. Su única salida fue la fuga, el autoexilio. La historia de Latinoamérica está hecha por líderes caudillos –también en el fútbol– y Messi se formó en un club que, además de pagar su tratamiento hormonal, apostó por la democratización de la pelota. Messi en el Barça ejerce de líder silencioso. Con la camiseta celeste y blanca se vio obligado a pensar en lo que debía ser, mientras que su talento exige no pensar para anticiparse. Si piensa, no fluye. Messi en la Selección de su país propone otra distribución del poder y vive cada derrota como un duelo. Su hermana lo retrata como un chico triste tumbado en un sofá. El reconocimiento público de su argentinidad sigue siendo una cuenta pendiente para Messi. ¿Tiene sentido hablar de esto? Yo creo que sí, mientras pensemos que el fútbol es un acto religioso –por su tendencia a religar– que trasciende al deporte. En la Argentina a Messi le negaron un sitio donde depositar su lealtad y hoy se lo espera como un Mesías.



El héroe puro

 

“La medicina que necesitaba para alcanzar una estatura normal cuesta mil dólares por mes, y él la pagó jugando al fútbol en el Barça. Su condición de genio precoz le arrebató la despreocupación de la adolescencia, pero también le exigió conservar la energía creativa que sólo tienen los niños cuando juegan. Es la esencia de su arte.”


 Por Ariel Magnus

“¡Y aguante Argentina, la concha de su madre!”, cerró Messi su discurso de un par de frases (o sea, dos) frente al Camp Nou la noche en que el equipo festejó el bicampeonato de 2010. Esa frase, que Messi pronunció luego de aclarar que esa vez no diría nada raro (el año anterior había hablado en visible estado de ebriedad durante un festejo análogo, aunque de su discurso sólo cabe destacar la ronquera con que lo pronunció, y alguna sílaba patinada), esa frase es probablemente la declaración más rara que ha hecho Messi en toda su carrera, en el sentido de que es la única potente y memorable. Aunque de estructura y contenido más bien básicos, su remate tiernamente soez y la profunda carga emotiva que le conferían el lugar y el momento (poco antes de que empezara el Mundial de Sudáfrica) hacen del sintagma un verdadero hito oratorio dentro de su humilde, humildísimo repertorio. La trascendencia de aquella exclamación es difícil de medir, pues no da para un titular de diario, pero no sería extraño que más de un hincha haya revertido su opinión acerca del presunto pechofriísmo de Messi tras escuchar este aliento sincero y emocionante, sobre todo si se lo compara con el parco “visca Barça y visca Catalunya” que lo preceden.
Habrá que esperar a que el Barcelona gane alguna copa este año para volver a estar expectantes por una declaración de Messi. De las otras, incluidas las “entrevistas a fondo” de los medios deportivos, es inverosímil que alguien siga esperando escuchar algo memorable. Ni siquiera da la sensación de que en realidad Messi tiene mucho para decir, pero delante del micrófono se pone el casete; más bien se diría que si no fuera por el casete del compañerismo y la humildad (linda música de fondo, ojo), se quedaría completamente mudo. No porque no tenga personalidad (como puede comprobar cualquiera que lo vea jugar al fútbol), ni porque sea tonto (como puede comprobar cualquiera que haya visto una foto de su novia). No: al pibe no le gusta hablar, lo hace solamente porque es parte de su trabajo, y punto.
“Pasa que Messi habla con los pies”, dirá algún poeta. Pero lo cierto, con todo respeto por las metáforas, es que con los pies no se habla. Y no hacerlo tampoco con la boca es algo extraño, incluso inadmisible, en un país donde es noticia todo (absolutamente todo) lo que declare una vedette o un político, o una ex vedette o un ex político, y en donde muchos de los máximos ídolos futbolísticos se destacan también por su verba. Gente como Maradona, Riquelme o Tevez (o el Bambino, Basile, Gatti... ¡Caruso!), han puesto la vara declarativa demasiado alta para la Pulga, y eso es probablemente lo que le impida alcanzar status de héroe nacional. Ojalá lo desmienta ganando un par de copas del mundo (su verdadera y única deuda con la patria, ¡la concha de su madre!), pero nada parece indicar que una vez que deje de hacer goles nos siga importando escucharlo no decir nada, sin ninguna gracia.
A no ser, a no ser, que estemos ante un héroe que sólo se destaca por aquello en lo que quiere y debe destacarse, un héroe digamos puro. El contraste entre su maravillosa elocuencia dentro de la cancha y su tedioso laconismo fuera de ella pareciera indicar que la posibilidad existe. Me gustaría ser historiador para establecer con autoridad que la Argentina nunca conoció a ningún prócer que careciera de oratoria. Pero más me gustaría ser astrólogo para asegurar que lo va conocer.


Si yo no fuera Maradona

 

 Por Claudio Zeiger

Hay algo evidente. Messi no es Gardel, ni el Che, ni Evita. Ni Gatica. Y si bien se discute quién es el mejor, también es seguro: Messi no es Maradona.
Messi rompió la cadena mítica canónica de los argentinos. Tierra, hay que decirlo, abundante en héroes truncados por el destino, la funesta parca, el malogro en alguna de sus formas y el exilio; gran parte de los mitos argentinos se construyeron afuera del país. Y tampoco parece ser uno de sus ídolos arquetípicos que sintonizan sin más con el pueblo, a pesar de abonar uno de los suelos favoritos de la idolatría nacional: el fútbol.
Nos preguntamos qué es Messi. ¿Qué es? ¿Hacia dónde va? ¿De dónde viene? ¿Qué forma heroica de la argentinidad encarna? Siempre el héroe mítico necesita de una distancia que le otorga el aura de no ser uno más, de ser el elegido; una distancia con su pueblo, con sus masas, y sin embargo esa distancia inherente al mito, en el caso de Messi, está como filtrada por una pantalla que reflejara otra pantalla en cuyo fondo hay otra pantalla. Encierra algo de la irrealidad del astronauta, esos héroes del espacio que sólo se nos manifiestan de forma remota y se evaporan con el tiempo, y por eso los chicos antes los idolatraban y querían ser astronautas: representaban el ideal infantil de vivir en otro mundo, en el mundo remoto e ingrávido del mito.
¿Esa distancia finalmente lo acercará a su pueblo o lo alejará definitivamente? Y en todo caso, ¿cuál es su pueblo? ¿O Messi finalmente será el mito de la aldea global, no soy de aquí ni soy de allá, el mito de todas y ninguna parte?
Coartada para el debate: todo puede ser atribuido al tiempo que vivimos, el nuevo siglo, el radical corte en las formas de percepción que ha establecido un mundo visto desde pantallas y manejado por controles remotos, camaritas y tabletitas. Ni siquiera es la sociedad del espectáculo de los años ’90 y su videopolítica, sus videoguerras y sus videojuegos, su pornografía cromada o su erótica de voces en el teléfono para conjurar el sida. Es más: es la ilusión igualitaria de las “redes sociales”; es la posibilidad de que un jugador cambie de camiseta tres o cuatro veces en una temporada como Superman se cambiaba en la cabina de teléfono. Es el tiempo de adherir a revoluciones sin hacer el foco o enviar pésames y condolencias en 140 caracteres a gente que jamás conocimos. Es la hora de disecar una jugada tantas veces con supercámaras que ya no hay posibilidad de saber qué pasó: de frente fue foul, del costado izquierdo ni lo rozó, de la derecha fue con la mano, de arriba fue piquete de ojos y de abajo apretón de huevos. Si los mitos invisibles del fútbol argentino anterior a Maradona carecen de imágenes que les den visibilidad para las nuevas generaciones, hoy asistimos a un exceso ocular. Así no hay verdad que aguante, ni mito que se resista.
Pero hay algo o mucho de verdad en la coartada del tiempo que vivimos. Messi, como todos, vive en el tiempo que le ha tocado y habla el lenguaje de quienes lo rodean, que no es otro que el de la horrible diplomacia de la corporación futbolera, que nunca dice nada salvo bajo la forma del exabrupto del cual después se disculpan (que no tengo nada contra los árabes, ¿eh?), o equivocan mucho el rumbo, como Tevez, y en vez de ser “incorrectos” se empiezan a volver desagradables. Messi es correcto y baja la cabeza, y es el mejor jugador del mundo, sin dudas, porque sólo el mejor puede recibir el Botín de Oro tres veces seguidas y, si no les agarra un ataque de mala conciencia, debería ganarlo al menos tres veces más. Es como si todos los años el Nobel lo ganase el mismo escritor, Borges, por ejemplo, que así debería ser.
Messi agradece y todos nos damos cuenta de que es genuinamente agradecido a la vida. Todos lo quieren y lo cuidan. Aparentemente no busca estrellarse contra las luces del rock y las drogas (¡qué antigüedad!). Luce un poco frágil emocionalmente, pero puede jugar en equipo, es generoso y sabe de táctica y técnica. Messi juega en el mejor equipo del mundo (tendrán la crisis y los indignados y el paro, pero los euros se van en jugadores, olé) y nadie que esté en su sano juicio puede negar que es el mejor equipo del mundo.
Gardel no era correcto y su vida era ambigua, pero cada día cantaba mejor. No cantó mejor desde el primer día. Evita hizo lo que hizo en un suspiro, y fue el mito de doble faz: querida y odiada, pero a salvo de la medianía. El Che no se podía quedar quieto y Maradona todavía no se puede quedar quieto. Gatica fue el más desamparado a mi gusto, el más necesitado, el más enamorado de la desesperación y la rabia que –él lo sabía– latía en el corazón de Evita.
Podría decirse que Messi es entonces el ídolo modelo siglo veintiuno, que no necesita derrapar ni apelar al pasado o al futuro en el que será mitificado. Messi es el presente. Está pasando ahora y punto. Claro que hay un costado argentino que le falta, fatalmente le falta, y eso es irrecuperable. Para bien o para mal le falta picaresca afuera de la cancha, le faltan esos toques de chantada argentina, de soberbia y orgullo argentinos, de talento ingobernable. Es probable que no haya un solo mito argentino que no sea o haya sido, en un momento, irritante, sanguíneo y que haya secado la paciencia de quienes lo rodeaban. Pero es que así funciona la cosa. No funciona con personas correctas, con estadistas que dialogan y buscan consensos y que les caen bien a las damas de caridad. Todavía resuena vergonzosa la campaña mediática que le hicieron a Maradona antes del Mundial, deseando fervientemente que no clasificara para volver a verlo hundido en el fango. A Messi, ojo, también lo están esperando porque están en busca del mito blanco, del mito limpio. El mito no mito. Y guay de que se ensucie. Argentina es un país inapelable con sus mitos, quizá porque tiene los mejores mitos del mundo.
Entonces, ¿por qué no Messi? Sí y no. Su talento está absolutamente controlado, es absolutamente productivo. Es creativo. Está en lo suyo. Nadie espera la frase genial sino la jugada perfecta. Messi encarna algo que quizá lo aleje del mito, pero lo acerque a la utopía: ser los mejores jugadores del mundo en el mejor equipo del mundo por siempre jamás. Ser, simplemente, el mejor. Una utopía que aspira a la perfección del cristal y los diamantes. Ser una joya, fútbol en su estado puro, fútbol destilado. Y eso ya lo está siendo, ya lo está consiguiendo. El problema es que a los argentinos se nos está escurriendo entre los dedos, no sabemos dónde ponerlo porque resulta que no estamos acostumbrados a esta clase de héroes utópicos. Queremos el mito, queremos la redención, condenados como estamos a las tradiciones de la pasión, la carne, el barro, el desacato y el desorden.

sábado 25 de febrero de 2012

A LOS 97 AñOS, MURIO LYDIA LAMAISON



20 de Febrero de 2012

Los ojos de casi un siglo


Desde que protagonizó Cándida, de Bernard Shaw, a los 25 años, la actriz no paró de trabajar. Actuó en más de 80 obras de teatro, se destacó en cine y alcanzó el pico de popularidad con sus apariciones en televisión, fundamentalmente en la década del ’90.


Por Hilda Cabrera

Amor y fervor por el trabajo sostenían a la actriz Lydia Lamaison, fallecida este lunes 20 de febrero, a los 97 años, después de un desmejoramiento progresivo de su salud. Ella se mostró siempre dispuesta a defender espacios culturales y solidarios. En esa actitud suya de vivir organizada había lugar para el teatro, la tevé, el cine y su labor al frente de la Casa del Teatro, entidad fundada en 1938 por la cantante lírica italiana Regina Paccini de Alvear para albergar a artistas de diferentes disciplinas que en su vejez carecen de medios suficientes para sobrevivir.
Nacida en Mendoza el 5 de agosto de 1914, Lamaison vivió desde niña en Buenos Aires: estudió magisterio, guitarra clásica con el maestro y concertista barcelonés Domingo Prat (radicado en Buenos Aires) e ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras. Pero dejó atrás la música para dedicarse a la actuación, disciplina por la que recibió numerosos premios, incluidos reconocimientos institucionales, como el de Ciudadana Ilustre de Buenos Aires (l997); y del Senado de la Nación, que la distinguió por su aporte a la cultura. De sus épocas de intérprete de guitarra, la actriz recordaba con especial afecto un recital suyo en la peña del Café Tortoni, donde fue presentada por la poeta Alfonsina Storni. Ese lugar, convertido en refugio de artistas e intelectuales, era sostenido por Storni, el pintor Benito Quinquela Martín y la narradora y poeta de vanguardia Norah Lange.
Lamaison pudo conocer en esas tertulias a gente que la sorprendía, como la actriz Milagros de la Vega y el actor Carlos Perelli. Corría el año 1935 y se afirmaba en su deseo de ser actriz. Se interesaba por el repertorio de las compañías italianas y francesas que llegaban a la Argentina y asistía a las veladas del Teatro Colón. A los 25 años protagonizó Cándida, de Bernard Shaw, en el teatro independiente Juan B. Justo (uno de los tantos que surgieron en la década del ’30), y poco después, con la compañía Blanca Podestá actuó, entre otras obras, en La vida de María Curie, pieza de 1940, del republicano exiliado Francisco Madrid, escrita en colaboración con Alejandro Casona. Allí interpretó a la adolescente Curie y ganó el premio Revelación. Recibió muchos más galardones durante su trayectoria, como el Alicia Moreau de Justo, John Lennon de la Paz, María Guerrero y Alfonsina Storni.
“La persona que no abandona el estudio se mantiene mentalmente ágil. Es como con el cuerpo. Si se lo cuida, todo va bien. Yo no podría quedarme sentada en casa todo el día”, decía a esta cronista, en oportunidad de un estreno, y no se apartaba de ese convencimiento. Eran habituales en ella las respuestas tajantes: la vida y su historia eran tal como las contaba, y no permitía preguntas indiscretas sobre lo privado ni sobre quien fuera el amor de su vida, el actor Oscar Soldati, fallecido en 1965. Su pasión era actuar y tuvo –según afirmaba– la suerte de que la convocaran. Le brillaban los ojos claros cuando mencionaba a gente querida, como Paulina Singerman, quien la llamó para actuar en el Teatro Marconi (ubicado en Balvanera). Alejandro Berruti, director artístico del Teatro Nacional de Comedia (que funcionaba en el Teatro Cervantes), le ofreció reemplazar a Maruja Gil Quesada y se multiplicaron las oportunidades. Actuó junto a Santiago Gómez Cou y Enrique de Rosas, Luisa Vehil e Iris Marga.
Y se afincó en la escena sin dejar de entusiasmarse por la televisión y el cine. Se consideran hitos en tevé Filomena Marturano (1963), de Eduardo Filippo, dirigida por Nino Olazábal, en el ciclo Teatro en el teatro, y sus participaciones en los unitarios El teatro universal, de María Herminia Avellaneda; Nosotros y los miedos; Alta comedia y Situación límite. Fue la abuela no precisamente dulce en las telenovelas Zíngara, con Andrea del Boca; Nano y Celeste siempre Celeste. Se la vio en Provócame (tira con Chayanne y Araceli González); De Corazón (1997) y Muñeca brava (1998 y ’99), con Facundo Arana y Natalia Oreiro. A los 86 años grababa hasta 14 horas diarias. Compuso a la villana Victoria Ezcurra, en el ciclo Los médicos de hoy; actuó en Jesús, el heredero (2004), con Joaquín Furriel y Malena Solda; y en la telenovela Mujeres de nadie. En cine, participó en Alas de mi patria; La hora de las sorpresas; Una novia en apuros y muchas más. Fue convocada por realizadores notables, como Leopoldo Torre Nilsson, quien la dirigió en La caída, trabajo por el que fue premiada, y donde actuó junto a Elsa Daniel y Lautaro Murúa; Fin de fiesta y Un guapo del 900 (1960). Allí era Natividad, la madre dominadora de Ecuménico López, interpretado por Alfredo Alcón. La distinguieron por Voy a hablar de la esperanza (1965), de Carlos Borcosque (padre), protagonizada por Alcón, Raúl Rossi e Inda Ledesma. Y hubo más: En mi casa mando yo; La fiaca; En retirada; Pasajeros de una pesadilla; y Ciudad del sol, de Carlos Galletini. Entre los últimos trabajos en cine figura su participación en La puta y la ballena (2004), coproducción española-argentina, dirigida por Luis Puenzo, en el papel de una prostituta que fue dueña de los primeros prostíbulos patagónicos; y Mentiras piadosas, de Diego Sabanés, con Marilú Marini.
Memoriosa, incorporaba a la charla a los que seguía admirando: a Federico García Lorca, Quinquela Martín, Ulises Petit de Murat, Pablo Neruda, Jean Paul Sartre..., y no olvidaba mencionar a su amiga del alma, Hilda Bernard, a quien –contaba– conoció en 1942. Agradecía haber sido dirigida por Armando Discépolo (“muy exigente”); Enrique de Rosas –con quien trabajó en el Teatro Nacional Cervantes, junto a Luisa Vehil, Miguel Faust Rocha y Orestes Caviglia– y en épocas más recientes, mencionaba a los directores Agustín Alezzo, Hugo Urquijo y Santiago Doria. Trabajó en más de 80 obras, entre otras la premiada Perdidos en Yonkers, con Soledad Silveyra y dirección de China Zorrilla. Allí era una madre abuela despótica que practicaba el rigor luego de una trágica experiencia con los nazis vivida en su Berlín natal. En Gracia y Gloria, de Tom Ziegler, junto a Marta Bianchi y dirigida por Julio Baccaro, era Gracia, una granjera de 90 años, lúcida y pícara que reivindicaba en el final de sus días su derecho a la soledad. Protagonizó El libro de Ruth, de Mario Diament, donde Santiago Doria dirigía a un elenco integrado por Lidia Catalano, Alejandra Darín y Melina Petriella; y Comer entre comidas, de Donald Margulies, dirigida por Hugo Urquijo, en Andamio ’90.
En ese mismo espacio, compartió la escena con Alejandra Boero en El cerco de Leningrado, del valenciano José Sanchís Sinisterra, un montaje de humor disparatado, donde Osvaldo Bonet condujo en una primera etapa a Boero y María Rosa Gallo; y luego, por una caída de Gallo, a Boero y Lydia Lamaison. Fue también ella quien hizo una lectura de esta obra, en 2010, conmemorando los 20 años de Andamio, junto a Lidia Catalano y Miriam Martino (relatora), dirigidas por Marcelo Moncarz.
Incansable, actuó en Parecen ángeles (2003), con Dora Baret. Una obra estrenada en el Centro Cultural Borges, llevada en gira a Rosario y Mar del Plata y presentada en Madrid, donde compuso a una abuela bravía pero sensible al humor y a la ternura. “He hecho mujeres de carácter débil que necesitan ser protegidas –decía a esta cronista–, pero el público recuerda sobre todo a las más bravas.” Un convencimiento que acompañaba con una frase proverbial en ella: “Mientras tenga memoria y salud seguiré trabajando”. Y así lo hizo esta señora respetada y querida, menuda y elegante con su sombrerito o boina; una actriz cuya voz seca no acallaba matices ni contrastes, ni sus ojos verdes abandonaban el brillo pícaro y escrutador de quienes saben ver más allá de las palabras.

jueves 2 de febrero de 2012

LA BUSQUEDA INCESANTE DE "LA OTRA" TIERRA.




 LOS PLANETAS “TERRESTRES” DE KEPLER 20 (INTERPRETACION ARTISTICA), COMPARADOS  CON  LA TIERRA Y VENUS.


 BUSQUEDA FEBRIL


Por Pedro Saizar

En los días previos a la celebración navideña, se anunció el descubrimiento de dos nuevos planetas “extrasolares”, es decir, que giran alrededor de otras estrellas, lejos de nuestro Sistema Solar. Pero la novedad no es ésta. Después de todo, desde hace más de una década se vienen encontrando planetas extrasolares. Lo significativo es que se trata de los planetas más parecidos a nuestra Tierra descubiertos hasta la fecha.
Estos nuevos mundos forman parte de un sistema de al menos cinco planetas que giran en torno de la estrella Kepler 20, ubicada a unos 1000 años luz de nuestro Sol en dirección a la constelación de Lira. El sistema fue descubierto por el telescopio orbital Kepler de la NASA. De los cinco planetas, los llamados Kepler 20e y Kepler 20f tienen masas muy similares a la Tierra: un 13 por ciento menos y un 3 por ciento más, respectivamente.
El hallazgo es importante. François Fressin, del Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics (EE.UU.), principal autor del trabajo, dijo que “el descubrimiento demuestra por primera vez la existencia de planetas del tamaño de la Tierra alrededor de otras estrellas y que somos capaces de detectarlos”. Esto último no es falsa modestia. Es que, para descubrir las minúsculas señales que revelan la presencia de estos cuerpos, los astrónomos deben exigirle a la tecnología todo lo que ésta pueda dar.

UN MOSQUITO Y UN FAROL (O COMO DETECTAR UN EXOPLANETA)

Existen varias maneras de detectar planetas extrasolares. Una de ellas consiste en observar el tránsito del cuerpo frente a su estrella, es decir, cómo pasa frente a su Sol, provocando un pequeñísimo eclipse. Para ello es necesario que la órbita del planeta lo lleve a pasar frente a su estrella vistos desde la Tierra. En muchos casos, los planetas pueden pasar inadvertidos por la ausencia de esta alineación; pero, en tal caso, hay otras técnicas disponibles.
Las variaciones en el brillo de la estrella causadas por estos eclipses son realmente minúsculas. Para comprenderlo, imaginemos que alguien en Buenos Aires intenta medir el oscurecimiento provocado por un mosquito que se cruza frente a una luminaria en una plaza... ¡de Mar del Plata! (Obviamente, la curvatura de la Tierra y la presencia de edificios y árboles haría impracticable esta observación, pero éstos no son obstáculos en las observaciones astronómicas.)
Esto es lo que el observatorio Kepler busca medir y para ello tiene una capacidad de observación enorme. Su lista de objetos a observar alcanza las 150 mil estrellas y para cada una envía datos sobre su brillo cada 30 minutos. Además, al estar fuera de la atmósfera, las estrellas no están afectadas por el “titilar” provocado por el aire. En suma, el satélite proporciona una gran cantidad de datos de alta precisión: un “paraíso” para la ciencia. De hecho, los datos son tantos que se ha organizado un sitio en Internet para que cualquier persona pueda ayudarlos a descubrir estas pequeñas variaciones. En www.planethunters.org, luego de un breve tutorial (en inglés), uno puede unirse a miles de voluntarios buscadores de planetas.

LOS CANDIDATOS MAS FIRMES

La búsqueda de planetas extrasolares llevó gran parte del siglo XX, pero sólo a partir de la década del ’90 los astrónomos dispusieron de instrumentos suficientemente precisos. Así, en 1995, los astrónomos suizos Michel Mayor y Didier Queloz anunciaron al mundo que el primer exoplaneta confirmado giraba en torno de 51 Pegasi, una estrella a casi 50 años luz de la Tierra. Luego, el avance de la tecnología facilitó las detecciones y en los últimos años el ritmo de descubrimientos se ha ido acelerando significativamente.
Actualmente hay más de un centenar de programas de búsqueda en observatorios alrededor del mundo y desde telescopios espaciales. Hasta fines del año pasado se detectaron algo más de 700 exoplanetas, y hay una larga lista de candidatos todavía en proceso de verificación.
La motivación es comprensible, ya que hay varias preguntas que esperan una respuesta: ¿qué fracción de las estrellas tienen sistemas solares y dónde están? ¿Cuán frecuentes son los planetas como nuestra Tierra? ¿Hay vida en ellos?
La mayoría de los descubiertos hasta ahora son totalmente diferentes al nuestro. Por un lado, son demasiado grandes, más parecidos a Júpiter o a los otros planetas gigantes del Sistema Solar. Son mundos sin superficies sólidas y compuestos de gases licuados por la tremenda presión del interior. Por el otro, yacen demasiado lejos o demasiado cerca de sus “zonas de habitabilidad” (ver aparte), lo que los convierte en mundos demasiados calientes o fríos para sostener formas de vida como la conocemos.
Según el Laboratorio de Habitabilidad Planetaria de la Universidad de Puerto Rico, de los 716 exoplanetas descubiertos, 84 están en sus zonas habitables para sus respectivas estrellas, y de ellos sólo dos pueden ser considerados “terrestres”.
Los dos candidatos se denominan HD85512b y Gliese 581d y fueron descubiertos en 2011 desde el Observatorio La Silla, en Chile. Ambos son bastante más grandes que la Tierra (4 y 7 veces su masa, respectivamente) y, por lo tanto, sus gravedades son mayores que la del nuestro. Las observaciones sugieren que la temperatura promedio en estos mundos sería de unos +65º C y -65º C, respectivamente. En estas condiciones de temperaturas extremas y altas gravedades, los investigadores suponen que en el mejor de los casos podrían sostener vida microbiana.

 


LOS PLANETAS KEPLER

Los planetas Kepler 20e y 20f, en cambio, se parecen más a la Tierra, pero están demasiado cerca de su sol central y, por lo tanto, lejos de la zona de habitabilidad.
¿Podrían en todo caso contener extrañas formas de vida, capaces de soportar condiciones muy diferentes a las de nuestro planeta? Una pregunta razonable: después de todo, hay peces que viven a enormes profundidades, en forma casi independiente del Sol y del aire atmosférico. Es posible que haya formas de vida muy exóticas, pero nadie lo sabe aún. En general, los científicos avanzan con cautela, apoyándose en lo que conocen para explorar lo desconocido. El hallazgo de estos “primos” de la Tierra es un primer paso. Habrá que buscar más. Otros científicos, además, buscan desde hace años indicios de vida inteligente mezclados en las señales de radio (de fuentes naturales) que nos llegan desde el espacio exterior.
En suma, 2012 comienza sin planetas conocidos que cumplan al mismo tiempo ambas condiciones: tener un tamaño y estructura similar a la Tierra y orbitar dentro de su zona habitable.
La búsqueda continuará este año. Al tener un mapa con la ubicación de potenciales planetas terrestres, los exobiólogos (científicos que buscan vida fuera de la Tierra) podrán dirigir parte de sus esfuerzos hacia estos mundos. Aunque es importante recordar lo siguiente: el descubrimiento de planetas con características muy similares al nuestro, incluso con aire, agua y temperaturas adecuados, no implica necesariamente que esos mundos estén habitados.
Pero habrá, sin duda, una enorme motivación para buscar la evidencia que potenciales formas de vida puedan dejar en sus suelos o atmósferas. Esto también es razonable, a juzgar por las huellas que la actividad de nuestra civilización viene dejando en su propio planeta.

jueves 26 de enero de 2012

CLINT EATSWOOD: 41 AÑOS COMO DIRECTOR DE CINE.




Con el estreno de “J. Edgar”, el director Clint Eastwood marca un nuevo comienzo en su carrera, después De filmar su trilogía testamentaria.

Por Javier Porta Fouz

El octogenario Eastwood siempre mantuvo su propia voz y tuvo clara la tradición que lo predecía. Nunca vendió otra cosa que su propio cine.


Este 2012 Clint Eastwood cumple 41 años como director de cine. Dirigió su primer largometraje en 1971, año en el que cumplió, justamente, 41 años. Ya se puede decir entonces que Eastwood ha pasado la mitad de su vida como director. Ese primer largometraje en cuestión, el muy recomendable Play misty for me , se adelantó varios años a Atracción fatal y a otros thrillers de acosadores (acosadoras). También hay que decir que el título de estreno en la Argentina de Play misty for me fue pionero en el uso de algunas de las palabras más repetidas de los títulos locales: se llamó Obsesión mortal . No se puede decir que Eastwood haya sido inmediatamente reconocido como un gran autor. Para decirlo con velocidad, a pesar de Bronco Billy (1980) y Honkytonk man (1982), en general, se lo empezó a considerar con mayor estima a partir de Bird (1988) y Cazador blanco , corazón negro (1990), para considerárselo un consagrado con Los imperdonables (1992), Un mundo perfecto (1993) y Los puentes de Madison (1995). Ahí, con esas tres enormes películas seguidas, ya era difícil “negar a Eastwood”. De todos modos, aún hay gente que hoy cree, automáticamente, que Eastwood es un cineasta de importancia menor, menor a Michael Haneke o Woody Allen. Allá ellos. Más allá ellos.

Pero lo que nos ocupa en esta nota no es la reivindicación de Eastwood (cuando llueve, uno se moja) ni un recorrido cronológico de su carrera como director (apenas podríamos mencionar sus más de tres decenas de títulos) sino poner en perspectiva su estatura cinematográfica hoy, su evidente sabiduría, a partir de sus últimas películas. La última es la novedad, la que se estrena: J. Edgar (ver recuadro). Pero esa novedad es doble. No sólo es una nueva película sino además un nuevo comienzo para un director octogenario. ¿Por qué un nuevo comienzo? Por la lógica de las tres películas anteriores a J. Edgar , por su sistema. Veamos.

Con Gran Torino , 2008, hasta el momento su última película en la que también actuó, Eastwood proponía un manifiesto sacrificial no exento de gruñidos (su Walt Kowalski era un perfecto cascarrabias).

Gran Torino era una película explícita –para algunos que la objetan, demasiado explícita– a favor de la justicia y de la convivencia pacíficas: relataba la conversión de Walt Kowalski, que de ser un viejo recalcitrante, terco y cerrado y con todos los prejuicios raciales posibles se convertía en algo así como un mentor o padre sustituto de una familia asiática un tanto desprotegida. En esos cambios de Walt Kowalski podían verse ecos de cambios ocurridos en Eastwood. En el pasado, como actor y director, Eastwood solía apostar a la violencia como método para terminar con la violencia: sí, por supuesto, en Harry el sucio (1971, dirigida por Don Siegel) pero también en Los imperdonables (en donde no quería pero tenía que). En Gran Torino hubo un gran cambio (que ya estaba de manera más compleja en Un mundo perfecto ): Eastwood muestra el sacrificio del viejo Walt Kowalski para terminar con el ciclo de la violencia, para apostar a la convivencia futura. Como buen cineasta clásico –imbuido de ese espíritu y no clasicista de gesto clásico sobreactuado (sólo una vez Eastwood sobreactuó ese gesto, en Río místico , 2003)–, en Gran Torino presenta los temas fuertes de la película detrás de disputas y convivencias familiares y vecinales, detrás de un coche.

De todos modos, Gran Torino terminaba con una revancha, aunque sacrificial, contra los delincuentes. La siguiente película de Eastwood fue Invictus , 2009. Sudáfrica vista desde Eastwood, Mandela y John Carlin (autor de Playing the enemy , libro aquí editado como El factor humano y en el que se basa Invictus ). El Mandela de Eastwood, al salir de la cárcel y al convertirse en presidente, decide abandonar cualquier plan de venganza (por justa que pudiera ser). Decide jugarse por el factor (humano) sorpresa: incluir a los afrikaaners para lograr un objetivo mayor, superador: la reconciliación de una nación.

Según John Carlin, Nelson Mandela creía que Sudáfrica, en los noventa, necesitaba esa reconciliación y de forma acelerada. Sin olvidar pero con la capacidad de saber perdonar. Sin negar el conflicto ni las diferencias pero sí encararlas de forma inteligente, constructiva. Nada debía impedir el inicio de la construcción de una nueva nación, multicolor, multicultural, tolerante. Para eso había que asegurar la paz, apaciguar el rencor, alejar y anular la amenaza de una guerra civil. Eastwood, en Invictus , decide contar algo de todo eso, las tácticas y estrategias de Mandela, centrarse en el gran plan de utilizar de forma arriesgada –y a fin de cuentas inteligentísima– al rugby y a la Copa del Mundo de ese deporte de 1995. El libro de Carlin, con múltiples historias, ramificaciones y declaraciones, tal vez tenía como destino natural una miniserie, pero Eastwood lo elevó al rango de cine. Para eso hubo que simplificar, podar, ir al hueso. Había un gran riesgo de caer en lo inverosímil: la Copa del Mundo de rugby, el deporte de los afrikaaners , se juega en la Sudáfrica gobernada por Mandela. Y Sudáfrica, que no era favorito en absoluto, gana la copa, en la final contra los All Blacks, que tenían al que se considera uno de los más grandes jugadores (o el más grande) de toda la historia del rugby: Jonah Lomu, que venía de marcar una cantidad enorme de tries y que a Sudáfrica en esa final no pudo marcarle.



Eastwood tenía que relatar política increíble y deporte inconcebible, basado en una historia real. Tenía que condensar tremendamente, convencer a pesar de simplificar. Sin su extraordinaria capacidad narrativa Invictus podría haber sido una película imposible por abarcar demasiado. Y fue una, otra, gran película-testamento de Eastwood. Sin embargo, esa capacidad narrativa para contar sin grandes estruendos historias gigantes, esa mano maestra, sabia, para pasar del dolor social al apunte deportivo, o para pasar de las heridas al apunte cómico con aparente sencillez, no es de lo más valorado por estos días. Eastwood hoy no es festejado como hace algunos años. ¿Sus películas se hicieron peores? No lo creo. La sabiduría y el clasicismo cinematográficos no parecen estar de moda y pocos saben venderlos como James Cameron o remozarlos como J. J. Abrams.

Por otra parte, Eastwood nunca supo vender otra cosa que su su propia mirada. Pocos cineastas han sido menos “derivativos”, menos deseosos de “parecerse a”. Sin dudas aprendió de trabajar con dos grandes como Don Siegel y Sergio Leone pero siempre tuvo su propia voz por tener clara la tradición que lo precedía: su variedad temática habla de su variedad de intereses y no de su variedad de disfraces.

En su siguiente película, Más allá de la vida , 2010, jugó aún más fuerte en cuanto a la osadía temática, se metió con el “después de la muerte”. Pero, gran distractor porque es un gran narrador, un gran creador de diversión cinematográfica, Eastwood hizo en realidad una película sobre lo que hacemos en la vida, no más allá, no después de ella. Más allá de la vida (un título engañoso como guía de lectura, como Gran Torino ) apenas muestra unas breves, efímeras imágenes borrosas de la vida después de la vida: Eastwood no gasta en ellas ni efectos especiales. Es que su objetivo no es contar y pensar ese más allá, sino meditar sobre las vidas de personas que han sentido a la muerte cerca: una periodista francesa (Marie LeLay: Cécile de France) que está técnicamente muerta unos segundos, casi ahogada por un tsunami (que Eastwood filma mucho mejor que lo que lo podría hacer el ruidoso Michael Bay); un niño inglés (Marcus) al que se le muere su hermano gemelo; un hombre estadounidense que tiene el don (o la condena) de comunicarse con el más allá (George Lonegan: Matt Damon). Esa cercanía con la muerte, como se puede apreciar, no es equivalente: Marie tuvo una experiencia límite que cambiará sus intereses y prioridades; Marcus está en estado de shock por un dolor tan enorme que es difícil de enfrentar y necesita vivir el duelo; George quiere retirarse definitivamente de su trabajo de médium , de comunicarse con el otro mundo: quiere una vida normal en este mundo, en esta vida. Marcus, a diferencia de los dos adultos protagonistas, busca comunicarse con su hermano muerto y la seguridad acerca de esa posibilidad tiene que ver con la fe y no con la experiencia. Con Más allá de la vida , Eastwood completó lo que podríamos denominar su tríptico testamentario, su trilogía legado. Y no ha filmado esa sucesión de películas solamente por su propia cercanía con la muerte, Eastwood filma porque está vivo y es sabio.

Con su capacidad de síntesis narrativa para proponer riqueza de ideas y sentimientos (como Nick Hornby y Adolfo Bioy Casares, como Aníbal Troilo, como muchas películas de Pixar) y con la osadía temática de John Huston (no por nada lo interpretó en Cazador blanco, corazón negro ), Eastwood terminó su trilogía testamentaria con Más allá de la vida , que podríamos denominar su “legado filosófico”, y cierra la película en la feria del libro, es decir con una celebración de uno de los más preciados legados humanos. Antes había hecho su legado social con Gran Torino y un sereno y sabio testamento político con Invictus . Como buen hombre sabio, Eastwood hizo su testamento con tiempo para seguir viviendo. Y ahora hizo J. Edgar , un nuevo comienzo.

miércoles 25 de enero de 2012

J. Edgar, el nuevo film de Clint Eastwood.



Ver sin ser visto

El próximo jueves se estrena J. Edgar, la película de Clint Eastwood que retrata al hombre que creó el FBI y permaneció como su director durante cuarenta y ocho años, desde 1924 hasta su muerte, en 1972, casi medio siglo de extorsión, vigilancia y control que marcó, y cambió, a la política y la sociedad de los Estados Unidos. Con Leonardo DiCaprio como el paranoico John Edgar, Eastwood construye un relato sombrío, intimista, que se apoya sobre todo en la vida oculta del personaje y en la relación homosexual que habría mantenido con su secretario Clyde Tolson. Y José Pablo Feinmann repasa la vida y la influencia del hombre que consolidó su poder, y lo mantuvo, encarnando la figura del panóptico de Bentham según Foucault: ese ojo que todo lo ve y jamás es visto, esa mirada que persiguió y expulsó como un silencioso perro de presa.

Por José Pablo Feinmann

Desde hace largo tiempo todos sabemos algo: no hay un decurso necesario que –interno a la Historia– la conduzca hacia metas que coronarían ese decurso con un estadio final de plenitud. A esto se le llamaba “el sentido de la Historia”. No hay tal cosa. Pero eso no lleva a un caos de sucesos incomprensibles y desligados unos de otros. La Historia no tiene un sentido “inmanente y necesario”, pero tiene coyunturas que con total coherencia producen algunos sucesos que derivan de ellas. Hay hechos que una vez transformados en hegemónicos probablemente darán luz a otros que les están subordinados y son coherentes con “el estado de las cosas” que se ha establecido. Si aclaramos este punto es por la aparición de un film sobre un oscuro personaje que manejó durante 48 años las acciones de todo tipo emprendidas por el FBI. Por ejemplo: que en medio de la Guerra contra el Terror, en medio del sistema de seguridad interna más duro que alguna vez el Imperio haya aplicado sobre sus ciudadanos, en medio de una ciudad como Nueva York atiborrada de camaritas que te filman vayas donde vayas, aparezca una película sobre John Edgar Hoover, el hombre que manejó el FBI durante 48 años y que consolidó ese poder y consiguió esa permanencia por medio del arte de vigilar y controlar a los otros, de saber sus secretos más íntimos y amenazar con develarlos si se lo atacaba fieramente, está dentro de las cosas más lógicas, más previsibles que podían ocurrir. Creemos que el director del film, el talentoso Clint Eastwood, pone a Hoover en el centro de la escena y lo hace con lucidez, con gran sentido de la oportunidad. Hay que exhibirle al ciudadano común que la sociedad –si quiere ser libre– tiene que vivir segura. Que la seguridad siempre implica una devaluación de la libertad. Pero es preferible vivir menos libre y vivir. Que vivir libre en una sociedad democrática y celosa de la intimidad de sus ciudadanos y morir. Los tiempos son los tiempos y cada temporalidad exige lo que necesita para desarrollarse sin sobresaltos, sin tragedias, sin altas torres que se derrumben. ¿Cómo no recordar a Hoover? Nadie como él vigiló y controló a su país, lo protegió de los gangsters del ‘30, aniquiló nada menos que a John Dillinger en las puertas de un cine de nombre Biograph Theater en que daban un film de gangsters con William Powell, que protagonizaría las películas de Nick Charles, el personaje de Dashiell Hammett, adornadas por la gracia de Mirna Loy y la aún más divertida perrita Asta. Pero no se detuvo ahí. Siguió persiguiendo a los malvivientes que crecían al calor de la Ley Seca. Así se cargó a Alvin Karpis y al famoso Machine Gun Kelly (Ametralladora Kelly). Esto le dio un gran prestigio y consiguió que el Congreso apoyara decididamente al FBI. Su poder crecía.

Durante la década del ‘40 colaboró con todo lo que le pidieron para ganar la World War II y no fue poco lo que hizo. Aunque su meta ya era otra. Como Patton, como numerosos “americanos patriotas”, advirtió tempranamente que el verdadero enemigo era la Unión Soviética. Estudió textos de Marx, Engels y Lenin, y en todos ellos subrayó el ansia del comunismo por expandirse. No sólo era una doctrina. Era una doctrina en plan de conquista. Su objetivo era dominar el mundo entero. “America” no debía permitir tal cosa. Pero no se trataba de una lucha contra un enemigo externo sino también interno. Esta poderosa mecánica de la internalización del enemigo (“están entre nosotros”) lo habilitó para vigilar a todos los ciudadanos del país y a sus políticos, a sus millonarios y a la Meca del Cine, presa codiciada porque llevaba fácilmente a la primera plana de los diarios.



La colaboración con el senador por Wisconsin, Joseph McCarthy, era inevitable, coherente al extremo. Hoover y McCarthy estaban hechos de la misma materia prima: la paranoia. La propia y la de todos los asustadizos ciudadanos. Voy a seguir algunas páginas de un español macartista que sacó un libro que viene a decir claramente (los tiempos inescrupulosos que vivimos dan para todo): “McCarthy tenía razón. Hoy podemos saberlo. Han aparecido nuevos documentos sobre la infiltración comunista durante los años ’50 y no queda duda alguna: McCarthy no se equivocó. Es un patriota incomprendido”. McCarthy estaba bastante loco, sufría constantes depresiones y tomaba alcohol de la mañana a la noche. Eso lo mantenía bien. Hoover le fue indispensable a McCarthy. “Para entonces (para cuando McCarthy inicia su ofensiva, JPF), el FBI con Edgar Hoover al frente (...) había empezado a suministrar al senador datos vitales de sus archivos” (Fernando Alonso Barahona, McCarthy o la historia ignorada del cine, Criterio, Madrid, 2001, p. 49). Los enemigos de McCarthy también apelan a recursos espurios: lo acusan de ser homosexual (terrible insulto en la “America” de los ‘50) y de tener relaciones con su colaborador más fiel, el brillante y maligno Roy Cohn. (Hay una miniserie con un trabajo espectacular y profundo a la vez del gran James Woods.) Les decían “Jack and Jill”. Sin embargo, el pueblo “americano” (muy manipulable, naïf, temeroso y patriotero) revela en una encuesta de 1952 que sólo hay tres personas para enfrentar con dureza la invasión comunista: J. Edgar Hoover, Dwight Eisenhower y Joseph McCarthy. ¡Adelante con los duros! Queremos vivir tranquilos. Aunque restrinjan libertades. ¿Quién quiere ser libre? En cambio, todos queremos vivir seguros.

Tristemente, en todas partes, los que luchan por ser libres en contra de la seguridad son los que quieren expresarse sin miedo, sin tener que ir a la cárcel por una imagen, una frase o una asociación por los derechos humanos o contra la censura. Pero esa permisividad espiritual no se vivía bajo tipos como el trío de perseguidores que nombramos. A ellos se sumaba –desde la prensa, desde todos los medios que controlaba– William Randolph Hearst (el “ciudadano” elegido por Orson Welles para su admirado film). Estos personajes no han cesado. Se fueron multiplicando en la exacta medida en que el Imperio se metía en conflictos guerreros de mayor peligrosidad. En 1997, Charlton Heston publica un libro que lleva por título To Be a Man (Letters to my Grandson). Y en 2000, su “obra maestra”: The Courage to be Free, al que Alonso Barahona considera una cumbre del pensamiento conservador, un aldabonazo: “¡Despierta América! ¡Estamos en peligro!” (ob. cit., p. 181). McCarthy muere el 2 de mayo de 1957. Tenía 48 años. A su funeral faltaron muchos. Pero otros estuvieron ahí, firmes como centuriones de una causa sagrada: Goldwater, Nixon, Hoover y Roy Cohn.

 

La obsesión de Hoover por las zonas opacas de los otros se puede resumir como sigue: “Quiero ver y no ser visto”. El jefe del FBI encarna esa figura que desarrolló –hacia fines de la década del ‘70– el joven Michel Foucault: el panóptico. Foucault recurre a un arcaico libro de Jeremy Bentham, un inglés que entregó a la sociedad del Leviatán un instrumento para llevar a cabo el deseo que constituye a todo poder: vigilar, controlar, tener un solo Ojo que esté en todos lados, que todo lo vea y que nadie lo detecte, ya que será –a fuerza de su omnipresencia– invisible. La obra se publica en 1791 y la toma Foucault como medio de agredir a la razón iluminista. El panóptico es simple: se ubica en la centralidad –alto como una torre– y la prisión es un anillo que lo rodea. Desde el panóptico, el Ojo controlador puede ver todo lo que sucede en las celdas. Desde éstas no pueden ver qué sucede en el panóptico pues sus vidrios oscuros lo impiden. “El panóptico (escribe Foucault en Vigilar y castigar) es una máquina para disociar el par ver/ser visto: en el anillo periférico se es totalmente visto, sin ver jamás; en la torre central se ve todo, sin ser nunca visto.” Hoover, entonces, es el hombre de la torre central del panóptico. La sociedad es el anillo que se despliega en círculo a su privilegiada posición. La pasión por vigilar a los otros es una patología. Un hombre completamente sano no puede hacer ese trabajo. Implica penetrar en la intimidad de los otros, violarla. Es una intrusión, una invasión. El hombre que sabe todo sobre los demás, ejerce el control sobre el todo. No es azaroso que Hoover haya durado 48 años en su puesto. A cada presidente que accedía a la Casa Blanca le mostraba el prontuario, siempre frondoso, que poseía sobre él: “Si usted me desplaza, la sociedad americana se va a enterar de todo esto que usted ha hecho y creía que era secreto. Lo era y lo es. Pero no para mí. No hay cosa que yo no sepa. Es mi trabajo”. Luego de la muerte de Hoover, Richard Nixon (entusiasta colaborador de McCarthy) reduce a diez años la duración de todo sujeto que se ponga al frente del FBI. Otro Hoover, no. Pero otro Hoover, siempre. Porque se lo necesita. Sólo hay que limitar sus poderes, impedir que se tornen absolutos.

Que Eastwood haya hecho con semejante personaje un film casi intimista y aburrido es imperdonable. En otros tiempos, Hoover habría sido confiado a actores como Broderick Crawford o Lee J. Cobb. Aun Marlon Brando pudo haberlo abordado con grandeza. Con la baby face de DiCaprio no hay grandeza posible. Ni para el Mal ni para el Bien. No mete miedo, ni atrae. DiCaprio exige –para colmo– un enorme esfuerzo de make up para dar viejo y un poco feo. Ese make up es indigno de un cine tan profesional como el de Hollywood. O, cuanto menos, un cine que cuenta con los mejores profesionales. El film no profundiza en nada. Eastwood no parece decidirse: ¿qué tiene entre sus manos?, ¿un patriota o un canalla enfermo? Acaso los norteamericanos deseen hoy –para protegerse del terrorismo– un Hoover en el FBI. Y ese loco paranoico merezca ser tratado con cautela porque su figura retorna y busca encarnarse en alguien que crea en sus valores y haga del FBI un arma de control, espionaje. Un arma destinada a encontrar enemigos donde los haya y donde no también. De aquí el cauteloso tratamiento que le concede Eastwood. Tan cauteloso que el film aburre de una punta a la otra. Apena ver a Naomi Watts, no sólo después de los títulos sino envejecida o, sin duda, maltratada por la cámara y por la luz.

 Arriba, el verdadero Hoover, con su cara de bulldog. Abajo, Leonardo DiCaprio como J. Edgar, en una caracterización convincente a pesar de los peterpanescos rasgos del actor.

  
Hoover tenía sus aristas tenebrosas. Era homosexual y eso –en los ‘50– derruía toda honra. Nadie ignoraba que tenía relaciones sexuales con Clyde Tolson, su asistente más cercano y permanente. Pero nada pudieron hacer. J. Edgar se mantuvo en la cima del FBI durante 48 años y con ocho presidentes. Murió en 1972 a la edad de 79 años. Su fiel amigo Clyde Tolson quemó todos sus archivos para que nadie los profanara.

viernes 13 de enero de 2012

FOTOGRAFIA: LOS ROLLOS DEL SIGLO XX.



Fundada poco después de la Segunda Guerra por un grupo de fotógrafos entre los que se contaban Henri Cartier-Bresson y Robert Capa, la agencia Magnum tenía un propósito sencillo que cambiaría el fotoperiodismo del siglo XX: armar una cooperativa que protegiera los derechos de autor de sus miembros y les diera control artístico sobre los contenidos que vendían a los medios para los que trabajaban. Desde hace 70 años, sus miembros le han ofrecido al mundo imágenes únicas de los hechos más significativos de cada época, han retratado la violencia en todas sus formas y han dado un encuadre original al tan visto mundo del espectáculo. Ahora, la edición del monumental Magnum. Hojas de contacto (Ed. Blume), permite asomarse a los contactos descartados a la hora de elegir esas imágenes, además de leer a los mismos fotógrafos explicando cómo las consiguieron. En estas páginas, apenas algunos fragmentos y fotos de ese archivo crucial para mirar el siglo en todo su horror y humanidad.


PHILIP JONES GRIFFITHS
Vietnam





Jones Griffiths tomó fotografías en Vietnam y Camboya, primero durante la guerra, pero también en las décadas subsiguientes. El escritor John Pilger recuerda que, al final de su primer encargo conjunto en Saigón, Jones Griffiths le entregó “no un paquete de rollos de película, sino un gran sobre marrón que contenía seis fotografías... Me quedé horrorizado..., hasta que las vi. Cada una de ellas era exquisita en su simbolismo y fiel a todo aquello que habíamos visto en Vietnam”.

El pie de foto de Civil vietnamita herida, la fotografía con la que Jones Griffiths termina su libro retrospectivo Recollections, dice: “Esta mujer fue clasificada, posiblemente por un comprensivo miembro del cuerpo, bajo la denominación VNC (“Civil vietnamita”). Esto no era lo normal. Los civiles heridos solían clasificarse como VCS (“Sospechoso de ser el Vietcong”), y todos los campesinos muertos eran elevados a título póstumo a la categoría de VCC (“Miembro confirmado del Vietcong”)”.

Jones Griffiths reconocía: “Lo grandioso de la fotografía es que tienes que estar allí. ¿Son tendenciosas? Desde luego. Cuando miras por un visor, lo que decides ver es un hecho subjetivo”.


BURT GLINN

La revolución cubana




“Cuando llegué, ya había amanecido en La Habana, y Batista había huido. Fidel estaba a cientos de kilómetros, pero nadie sabía exactamente dónde. El Che Guevara se dirigía hacia La Habana. Parecía que nadie estuviera a cargo de nada. En el momento en que llegué a la habitación del hotel, había disparos en la calle. Había multitudes sin control, armadas con todo lo que tenían a mano; pistolas, escopetas, machetes.

Todo el mundo llamaba a Fidel, pero nadie sabía dónde estaba. No había oficina de prensa, no era una operación de relaciones públicas: era una verdadera revolución. Entretanto, el equipo de la revista Life había organizado su propio sistema de transporte y se había incorporado con un fotógrafo venezolano al que todo el mundo llamaba Caracas. Fue él quien, finalmente, localizó a Fidel en la carretera entre Camagüey y Santa Clara.

Tras una reunión durante toda la noche en Sancti Spiritus, el grupo de Castro se había distribuido en cuatro coches, que llevaban a Fidel, a su ayudante Celia Sánchez y a una escolta de unos once barbudos. Habíamos establecido contacto con Fidel, pero era difícil seguirle el rastro. Había partido de Sierra Maestra sin vehículos oficiales, pero a medida que avanzaba por Santiago, Camagüey, Santa Clara y Cienfuegos rumbo a La Habana, la columna fue creciendo. El entorno rebelde se hizo con tanques, camiones, autobuses, jeeps, coches, taxis, limusinas, motocicletas y bicicletas.

Castro continuó cambiando de vehículo, y nosotros seguimos jugando al escondite con él, intentando encontrarlo en la columna que se desplazaba por la carretera. A su paso por la campiña, la caravana se hacía sentir en los pueblos, donde la gente se agolpaba en las calles, aclamándolo... En Cienfuegos, empezó a hablar a las 23.00 horas y continuó hasta las 2.00 horas de la madrugada. Involucraba a los oyentes, pidiéndoles consejo sobre el mejor modo de conducir el país. Se bajaba del estrado, se mezclaba con la gente y debatía con ella sobre técnicas agrícolas o intercambiaba chistes sobre el depuesto Batista. Era una demostración increíble de mutua confianza. Su entorno estaba preocupado porque se pudiera atentar contra su vida, pero Castro era muy valeroso... La euforia era inimaginable e impregnaba todo el país.

Tras dejar Cienfuegos, la ruta se hizo tan irregular que perdimos a Fidel hasta que volvimos a ponernos a su altura a la entrada de La Habana. Para entonces el tumulto era tal, y las filas de los que marchaban, tan irregulares, que no se podía distinguir cuáles eran los que marchaban y cuáles los que asistían a su paso. Al llegar a La Habana, la aglomeración a lo largo del malecón era tal que perdí mis zapatos mientras me las veía y deseaba para hacer fotografías.

Recuerdo las desmesuradas esperanzas y los siniestros presagios que se adueñaron del país entero aquellos pocos días. Solamente quisiera que, en los años transcurridos desde entonces, Fidel lo hubiera hecho mejor para su pueblo y que nosotros hubiéramos sido más inteligentes. Renunciaría a todas estas fotografías, mis favoritas, y a todos los cigarros que he recibido de Cuba si todo pudiera repetirse, pero de un modo mejor”.

HENRI CARTIER-BRESSON

La Guerra Civil Española




“Cuando llegó la guerra (que ya se presentía desde hacía bastante tiempo), tomé mis negativos y los destruí casi del todo, con excepción de lo que queda en Images à la sauvette. ¿Las razones para hacerlo? Lo hice del mismo como quien se corta las uñas: ¡allez hop! Conservé las fotos que me parecían interesantes.”

Después de haber recorrido Italia con sus amigos André Pieyre de Mandiargues y Leonor Fini en 1933, Cartier-Bresson emprendió un viaje de tres meses por España. Tras llegar a Avila el 4 de abril, compró un billete kilométrico de 300 km en tercera clase por 300 pesetas y comenzó a recorrer el país. Visitó Madrid, Córdoba y Sevilla antes de pasar al Marruecos español, donde pasó cerca de tres semanas. De regreso en España, fue a Granada, Alicante y Valencia. Sólo en contadas ocasiones pasó más de cuatro días en cada ciudad. Preparó sus rollos de película y reveló sus fotografías personalmente. El escritor Pierre Assouline hizo notar: “Ningún plan, ningún proyecto. Cartier-Bresson se deja llevar por sus propios pasos, viaja en clase económica, se aloja en hoteles de baja categoría, se alimenta frugalmente, pero aprovecha al máximo el espectáculo de la vida”.


ROBERT CAPA
La Segunda Guerra





El 17 de abril de 1945 la Segunda Guerra se acercaba a su final. Capa se había unido a la Segunda División del 1er Ejército a su paso por la periferia de Leipzig, donde entró sin apenas oposición. Acompañó a un pelotón de ametralladoras a un edificio de apartamentos en la esquina de la calle principal. En el quinto piso, dos soldados disparaban con el arma puesta sobre una mesa junto a una ventana. En un momento dado, salieron al balcón del apartamento, desde el que tenían una vista directa a lo largo de la carretera principal sobre el puente, para proporcionar una buena cobertura a las tropas que avanzaban. Capa pensó que desde allí podría tomar una buena fotografía de los soldados que pudieran estar en el puente y que podría ser, tal como refiere en su autobiografía Ligeramente desenfocado, “la última fotografía de la guerra para mi cámara”.

Utilizando alternativamente sus dos cámaras, fotografió a los soldados disparando a través de la ventana y, después, fuera, desde el balcón. De repente, frente a él uno de los soldados recibió un disparo de un francotirador alemán y cayó muerto. Capa disparó algunas fotografías en las que la sangre del soldado fluye en un charco que se extiende por el suelo. Son las fotos más crudas de toda la carrera de Capa.

Life no publicó las fotografías hasta el número del 14 de mayo, que anunció el fin de la guerra en Europa, sugiriendo, como afirmaría el propio Capa, que tenía “la fotografía del último soldado en caer”, aunque lo cierto es que la guerra continuó con numerosas muertes durante tres semanas más.

Life tapó las caras de los dos soldados en el balcón a fin de que la familia del fallecido no supiera de la muerte de su hijo antes de recibir la notificación oficial por parte del Ejército estadounidense. Sobre las fotografías, la revista reprodujo cuatro versos del poema de A. E. Housman

Por tanto, aunque lo mejor es malo,
muchacho, ponte en pie y haz lo mejor;
ponte en pie y lucha y ve a quien te ha de matar,
y recibe la bala en el cerebro


LARRY TOWELL

La guerrilla latinoamericana


 
             
“Tomé esta imagen un año antes de que terminara la guerra en El Salvador. Pasé por los puestos de control del ejército a la zona controlada por la guerrilla tumbado entre plátanos y pollos colgados del techo del autobús. Todos los campesinos que iban en él sabían que estaba allí arriba, pero no dijeron nada. Yo confiaba en ellos y ellos debían de confiar en mí. Una vez cruzado el río Torolla, se estaba a salvo. Estabas en su tierra prometida.

Me bajé en Segundo Montes, un pueblo de refugiados repatriados que habían escapado a las masacres de la década de 1980 y habían establecido recientemente una nueva comunidad en lo que todavía era una zona de guerra. Habían bautizado el pueblo con el nombre de uno de los seis jesuitas asesinados por los escuadrones de la muerte en la ofensiva de noviembre de 1989. El nombre elegido no era del gusto del gobierno.

Para hacer la historia corta, de Segundo Montes pasé a Perquín, un pueblo abajo, en la carretera, que era frecuentado por combatientes. Les di a conocer mis deseos de visitar un campamento, y, como yo tenía buenos contactos, uno de ellos me llevó a las montañas. En una hora estábamos en un campamento y pude tomar fotografías con toda libertad.

Me uní a un grupo de adolescentes de Segundo Montes, dos chicos y tres chicas de 14 a 16 años de edad. Tuve suerte de haber llevado conmigo una manta, ya que dormimos en el suelo y hacía frío. Los chicos estaban recibiendo entrenamiento militar. Las chicas se convertirían en “brigadistas”, auxiliares médicas básicas para atender a los heridos.

Era domingo por la mañana, su día libre. Se cepillaron los dientes y después se bañaron. Debían mantener las armas a su alcance en todo momento. Después, se fueron a recoger flores silvestres con sus amigos.

Más tarde, llamaron a todos a formar. Había soldados gubernamentales en la zona y el comandante decidió retirarse. Me pidió que regresara a Perquín con algunos de los reclutas. Recuerdo que la chica de la fotografía lloraba porque quería quedarse con sus amigos, pero no estaba todavía entrenada para afrontar lo que posiblemente iba a suceder”.


JEAN GAUMY

La muerte de los peces




“Estas fotografías las tomé en el extremo sur de España, en el estrecho de Gibraltar. Este tipo de pesca ha sido fotografiado con frecuencia, pero sobre todo en Sicilia. Aparece en Stromboli, la célebre película de Roberto Rosellini de 1950.

Había visitado ya en una ocasión estos caladeros en mayo de 1982. Desde entonces, el desarrollo urbanístico ha tenido consecuencias catastróficas. Regresé diez años más tarde, en junio de 1992, ya que me había prometido volver a aquel lugar que en mi opinión albergaba uno de los encuentros más bellos y tradicionales entre los hombres y los peces.

La técnica de la almadraba es un tipo de pesca con redes estáticas que ha sido utilizado durante siglos antes de la introducción de los devastadores métodos industriales de pesca en la postguerra y es un proceso sostenible. Una vez fijadas las grandes redes en posición, los pescadores quedan a expensas de los caprichos del tiempo y de los movimientos de los peces que nadan más cerca o más lejos de la costa en función de los cambios en la dirección del viento. Una sana inseguridad, aunque compensada por siglos de observaciones, que representa un juego limpio, en armonía con la naturaleza. Pero desde entonces, la tecnología y los intereses humanos han cambiado las reglas de una manera catastrófica.

Recuerdo que la primera vez que vi el gran remolino de aquellos grandes peces capturados en la bolsa central sentí una profunda emoción. Me hallaba solo con el gran equipo de pescadores (una cincuentena de hombres), que iban levantando lentamente el fondo de la red en la que había docenas y docenas de animales. Los hombres cantaban para mantener el ritmo de sus movimientos repetitivos, tal como han venido haciendo desde los albores de la humanidad. El pánico invadió a los peces a medida que iba quedando menos agua entre ellos y la superficie. De pronto se produjo una increíble vorágine de cuerpos y agua. Los pescadores dejaron de tirar de la red y se produjo el silencio. Durante varios minutos, no había más que el chapoteo del agua y la agonía de los atunes que chocaban como obuses unos con otros. Juan, uno de los pescadores, vio mi mirada. Como sólo los españoles saben hacer, fascinado y orgulloso, me dijo en voz baja: ‘Es la muerte’”.


STUART FRANKLIN

La plaza de Tiananmen




“Estas fotos fueron tomadas en la mañana del 4 de junio de 1989, justo después de que se tomaran las terribles medidas contra los manifestantes en la plaza de Tiananmen. La plaza había sido despejada durante la noche y estábamos atrapados en nuestro cuartel general, el hotel Beijing. Tomé todas las fotografías desde los balcones del hotel, a lo largo de la avenida Chang’an, en dirección a la plaza.

Cuando empecé a tomarlas, no tenía ni idea de lo que iba a suceder, pero vi a gente a lo lejos que continuaba manifestándose y formaba una línea frente a una de soldados. Escuché disparos, pero no puedo confirmar si alguien resultó herido. En un momento dado, los tanques empezaron a avanzar por la avenida y comenzó el ‘duelo’ entre ellos y el manifestante solitario.

Me sentí frustrado: estaba demasiado lejos. Pero después de que las imágenes de televisión dieran la vuelta al mundo, creo que la fotografía del desafío se convirtió en todo un icono y, al mismo tiempo, en símbolo de la fuerza devastadora del Estado chino desafiada por su propio pueblo”.


JEAN GAUMY

Teherán




“Era mi tercer viaje a Irán durante el período posterior a la revolución. En esa época era uno de los pocos periodistas occidentales que permitían entrar en el país, por entonces en el ojo del huracán. Como es habitual en este tipo de situaciones, el Ministerio de la Comunicación sabía que yo estaba allí y me quería mantener en todo momento bajo control. Sin embargo, en países tan complejos como Irán, donde todo parece imposible, resulta que, paradójicamente, al final hay muchas cosas posibles. Por ejemplo, el Ministerio de la Comunicación me anunció que se me permitía ir a un lugar que no había sido abierto jamás a la prensa occidental: un campo de entrenamiento para mujeres basidjis (milicia paramilitar voluntaria) en las afueras de Teherán. Algunos amigos periodistas lo habían solicitado en vano un año antes. Supuse que los iraníes estaban lanzando un globo sonda.

Me encontré acompañado de dos o tres fotógrafos iraníes que colaboraban con periódicos occidentales. Recuerdo que nos llevó bastante tiempo encontrar el emplazamiento exacto del campamento. Cuando por fin llegamos, los instructores insistieron en que trabajáramos a distancia, utilizando teleobjetivos, lo que yo rechacé absolutamente. Tras una buena media hora de negociaciones, se me permitió trabajar con libertad entre las mujeres. A través del visor de mi pequeña Olympus, me di cuenta muy pronto del poder de la escena, y en particular del de un fotograma que me recordó una imagen de una película que había visto en la década de 1960 sobre una antigua tragedia griega.

La serie se publicó por primera vez en la revista Time, y esta fotografía se vio en todo el mundo. Soy consciente de que no estaba ofreciendo una imagen positiva para Irán desde el punto de vista de los lectores occidentales. Para los iraníes era una manera de decir ‘incluso nuestras mujeres están dispuestas a defender nuestro país’. También debieron prever que las fotografías se publicarían en Time, revista para la cual yo trabajaba en aquella época, o en otras publicaciones internacionales, y, de este modo, serían ‘exportadas’ a los países que apoyaban a Irán o que podían ser ganados para su causa. Los iraníes querían que las imágenes fueran la punta de lanza de la revolución islámica, y es que en ese sentido son extremadamente pragmáticos.

Algún tiempo después, un senador estadounidense de la extrema derecha presentó una protesta oficial porque, desde su punto de vista, distorsionaba la imagen de Irán. Afirmó que esta fotografía no se había podido tomar en el país y que, por tanto, debía ser una falsificación. Y lo que es más, creía que la mujer en primer plano parecía demasiado ‘masculina’ para ser realmente una mujer. La revista Time me pidió que confirmara lo que había fotografiado y yo confirmé dónde había tomado la imagen y lo que había visto. Espero que también consiguiera tranquilizar la mente del senador sobre la naturaleza de los sexos en Irán”.

BRUNO BARBEY

El Mayo Francés




“Cuando los manifestantes se iban a dormir, tenía que volver a la agencia para revelar las películas y editarlas. Fue un ritmo de vida atroz. Las hojas de contactos no eran gran cosa: a menudo eran demasiado densas y oscuras; escogía aquellas que parecían más interesantes a primera vista. Sólo en 2008 me tomé el tiempo necesario para reeditar, ya que estábamos preparando dos libros y varias exposiciones. Encontramos numerosas fotos a las que no había dado importancia en su momento.

En aquellos tiempos no había prácticamente cámaras de filmación. Sólo me acuerdo de ver filmando a William Klein, así como a algunos equipos extranjeros de televisión; la televisión francesa estaba en huelga. Por ello, la fotografía se convirtió en un soporte fundamental. Un pequeño grupo de productores de películas se unió en un colectivo. Fueron Louis Malle, Alain Resnais, Jean-Luc Godard, Chris Marker y otros más. Me uní a ellos con mis fotografías. Chis Marker adoptó la idea puesta en práctica por el realizador soviético Alexandre Medvedkine: durante la década de 1920, filmaba un acontecimiento en un pueblo, viajaba en tren, revelando las imágenes y editándolas durante la noche y mostrando su trabajo en el pueblo siguiente durante varios días. Entregué mis fotos al colectivo y las convirtieron en pequeñas películas. Yo también hice una. Creo que fueron más de treinta en total. Las fotos se utilizaron de forma anónima, los realizadores no aparecieron en los créditos, las películas eran cinetracs o pequeños documentales y se enviaron a las provincias para mostrar lo que estaba ocurriendo en París”.

CHRISTOPHER ANDERSON

Las invasiones en Medio Oriente




“Seis días después del 11 de septiembre de 2001, fui a Pakistán y Afganistán, donde pasé los cuatro meses siguientes haciendo fotorreportajes de guerra. No vi esta hoja de contactos hasta mucho más tarde. Contiene algunas fotografías aceptables, pero nada que pudiera considerar como algo especial. Imprimí el fotograma 15A, que se incluyó en mi gran edición de material sobre Afganistán. Sin embargo, era una fotografía tranquila, del tipo de las que se quedan en el archivo y se publican de vez en cuando, pero a las que no se presta nunca mucha atención.

Un par de años más tarde, volví a examinar la hoja de contactos. El fotograma 27 llamó enseguida mi atención. La fotografía muestra la estela de un bombardero estadounidense que acaba de dejar caer su carga letal sobre una posición talibán y da la vuelta hacia su lugar de origen. No entiendo cómo no había visto esta fotografía con anterioridad. Una imagen de algo tan mortífero y a la vez tan bello. ¿Cuánto tiempo voló el piloto antes de apretar el botón? ¿Cómo se llamaba? ¿Cuántos hombres murieron mientras realizaba el giro hacia la puesta del sol? ¿Como se llamaban? ¿Sabían que el avión iba a por ellos cuando lo vieron por primera vez en el cielo? Ahora estoy seguro de que ésta es la fotografía de guerra más interesante que he realizado”.


CARL DE KEYZER

Ku Klux Klan




“La verdad es que necesité mucho tiempo para encontrar un mitin del Ku Klux Klan. Por suerte el gran mago Tom Robb me informó de dónde y cuándo tendría lugar una de sus poco frecuentes quemas de cruces, hecho simbólico en que la cruz ardiente se convierte en todo un faro para este mundo perdido. Llegué a Hico, un pequeño pueblo en el corazón de Texas. El acto iba a tener lugar en una propiedad privada. Una gran pancarta marcaba la entrada y una cruz de nueve metros, envuelta en arpillera, presidía el evento en la cima de una colina. Más tarde, al gran dragón de Texas le pareció que estaba haciendo demasiadas fotos durante los discursos y pretendía destruir mi cámara. Por suerte, el gran mago puso fin al problema.

Al atardecer, empezaron a llegar algunas caravanas. Todos los miembros uniformados del Klan entraron al bosque. Tras esperar media hora en completa oscuridad, los vi salir de él (eran unos cien, todos de blanco con capirotes: sólo el gran mago y el gran dragón se visten de negro). Empaparon las antorchas con gasolina y se fueron pasando el fuego en un círculo alrededor de la cruz. No podía usar flash durante la quema final de la cruz, pero lo usé de todos modos.

El gran mago prendió la cruz y el grupo empezó a moverse en círculos alrededor de la gran antorcha. La ceremonia era sencilla pero muy impresionante. El círculo cambió de dirección varias veces, y de vez en cuando hacían ondear las antorchas. Un cuarto de hora más tarde, la cruz se había apagado. Entonces, todos se volvieron hacia mí y me temí lo peor, ya que había disparado con flash repetidas veces durante la ceremonia. Pero en lugar de destrozar mi cámara, me dieron las suyas de bolsillo y posaron frente a la cruz. Todos alzaron el brazo izquierdo, no el derecho como los nazis. El izquierdo está más cerca del corazón. Lo mantuvieron en alto hasta que terminé de tomar todas las fotos. Tomé unas veinte, y mi cámara fue la última que utilicé”.



LARRY TOWELL

Gaza




”Fui a Palestina por primera vez en 1993, durante el ramadán, justo antes de la firma de los Acuerdos de Oslo. Pensé que sería importante documentar el nacimiento de una nación. Como todo el mundo, por aquel entonces, pequé de ingenuidad. Me alojaba en casa del Dr. Eyad El Sarraj, el único psiquiatra para miles de seres humanos traumatizados.

El segundo o tercer día de mi estancia en Gaza decidí compartir un vehículo con un fotógrafo francés que había venido de Jerusalén. Vimos a estos niños jugando con armas de juguete, como yo lo hacía cuando jugaba a indios y vaqueros, con la diferencia de que ellos interpretaban el papel de soldados israelitas matando a palestinos. El otro fotógrafo hizo algunas tomas. Yo me bajé del coche y me fui a pie, rodeado de niños. Contemplé aquel remolino de armas de juguete mientras me fijaba en los grafiti que estaban detrás de ellos, intentando encontrar algún sentido a las marcas negras. Después, regresé al coche y nos fuimos.

Aquella noche paseé por la playa. El campamento de refugiados de Shati olía como una cloaca. Lo recorría un reflector israelí desde una torre de vigilancia.

A la mañana siguiente, de camino al centro del tratamiento de Eyad, vi a unos soldados israelíes con unas familias palestinas que pretendían visitar Ansar II, una famosa prisión de Israel. Un soldado andaba fanfarroneando, fumando un gran puro sólo por ofender a aquellas familias durante el ramadán. Les iba dando órdenes, llevándolas de aquí para allá, sólo para divertirse..., lo mismo que hacen en todos los puestos de control en la actualidad. Uno de los soldados fue amable conmigo. Me dijo que era de izquierdas y que estaba allí para asegurarse de que sus compañeros no dispararan contra los niños. Me confesó: ‘No hay muchos como yo’”.

CHRISTOPHER ANDERSON

Inmigrantes ilegales




“En el año 2000 conseguí embarcarme en un bote de madera de fabricación casera de 7 metros de eslora con 44 haitianos que pretendían emigrar clandestinamente a Estados Unidos. Tras un par de días de navegación el bote empezó a hundirse. Estábamos condenados y lo sabíamos. Empezamos a despedirnos unos de otros. Sorprendentemente, la calma dominaba en el bote. No había mucho que hacer excepto resignarse a lo inevitable. Hasta ese momento había tomado pocas fotografías. Todo el mundo en el bote sabía que era fotógrafo, y en cierto modo no había caído bien... Pero cuando el bote se estaba hundiendo, David, el haitiano al que había seguido para llevar a cabo esta travesía, me dijo: ‘Chris, sería bueno que empezaras a hacer fotografías. Sólo nos queda una hora de vida’. Y así, sin pensarlo mucho, empecé a hacerlas.

Nos salvó en el último momento un barco de la guardia costera de Estados Unidos que se topó con nosotros, pero esto es ya otra historia. Este fue, en cierto modo, el momento más decisivo en el transcurso de mi vida fotográfica”.

CHIEN-CHI CHANG

Manicomios




“Llevaba seis años pidiendo permiso para hacer fotografías en el templo Long Fa Tang, cuando las autoridades por fin me lo concedieron. El templo era, al mismo tiempo, un santuario y una prisión para setecientos pacientes mentales. Trabajaban en la granja de pollos del recinto religioso, la mayor de Taiwán, y yo me instalé en el almacén, con mi cámara montada sobre un trípode. Los pacientes hacían una pausa al mediodía para comer. Después fueron llegando al almacén procedentes de la cantina, en parejas, conducidos por su supervisor. Yo estaba sudando profundamente, y es que en octubre, en Kaohsiung, en el sur de Taiwán, hace mucho calor. Además, la posición en la que me encontraba tras mi visor era muy incómoda.

La mayoría de los pacientes habían sido abandonados en Long Fa Tang por sus familiares. El templo no proporcionaba ni medicamentos ni tratamientos, sino cadenas ‘terapéuticas’. Un paciente más lúcido se encadenaba a uno que lo era menos. A veces estaba claro quién llevaba a quién, pero no siempre era así.

Los hechos ocurrieron rápidamente. El supervisor arreglaba las ropas de los pacientes y después, ‘clic, clic’, dos fotografías y se acabó. Mi interacción con aquellas personas mientras las fotografiaba era de unos pocos segundos, pero la que quedó congelada en mi hoja de contactos ha durado mucho más, y continúa aumentando”.