miércoles, 24 de febrero de 2010

El refugio del placer


Contra el asedio de la interrupción, el hotel alojamiento propone la ficción de un contacto pleno durante "el turno". "Da derecho a la continuidad –dice el autor–, que ya es casi un privilegio social."

Por: Martín Kohan

ALBERGUE TRANSITORIO. "¿Transitorio respecto de qué?" se pregunta Martín Kohan.

La interrupción es el signo fatal de los tiempos que corren. Puede notarse en las salas de cine o de conciertos, en los espectáculos deportivos, en el furor frenético del que hace zapping frente a la tele: cada vez nos resulta más dificultoso permanecer por dos o tres horas en un mismo lugar, ocupados en una misma cosa. Interrumpir, interrumpirse, hacerse interrumpir, dejarse interrumpir: es la quintaesencia de la vida que llevamos. Ya nunca hacemos nada sin que exista la firme posibilidad de que algo venga a interrumpirnos.

Lo mismo en la vida sexual: todo coito es, en potencia, un coitus interruptus; no importa que se acabe adentro. No está exento, porque en general nada lo está, de la irrupción de cualquier otra cosa muy ajena que aparezca de pronto para interferir.

Nuestras lecturas, nuestras conversaciones, nuestras cavilaciones, nuestras comidas, a cada momento se interrumpen. El derecho a la continuidad, que ya es casi un privilegio social, ha perdido lugares propios donde poder ejercerse a conciencia. El telo es el último refugio contra el asedio de la interrupción. La primera satisfacción que sienten quienes van entrando en uno, más allá de otras posibles, es saber con relativa certeza que, pase lo que pase, y por el tiempo de que se dispone, nada desde afuera va a venir a interrumpir. La puerta que se cierra, como si se tratara del momento en que se presuriza la cabina de un avión, funda solemnemente la soberanía de un mundo aparte, en el contexto de una realidad social que, por invasiva, si hay algo que no tolera es que existan mundos aparte.

El arma letal de las fuerzas de la interrupción es el teléfono. El teléfono es por sí mismo un infiltrado que los otros han metido en nuestro propio espacio. Cuando suena, interrumpe; no hay manera de que no lo haga. La aparición del teléfono móvil, esto es, la desaparición de la posibilidad de sustraerse del teléfono, ha extendido las redes de la interrupción sin dejar un solo resquicio libre. Todo lugar y todo momento es ahora pasible de ser interrumpido.

Nadie llama

En las habitaciones de los telos hay siempre un teléfono: a veces empotrado en la pared, entre botoncitos; a veces en la mesita de luz, al lado del cenicero tieso. Pero sabemos que ese teléfono no va a sonar durante el tiempo con que contamos. Sí, es el héroe de la interrupción por excelencia; pero aquí, en el telo, está totalmente neutralizado: aquí en el telo nadie nos va a llamar.

Sonará tan sólo cuando el tiempo disponible finalice, porque entonces, junto con el tiempo, el propio pacto de soberanía habrá finalizado también. Alberto Laiseca pensó alguna vez un título para una novela que decía justamente así: "Su turno". Es la frase más letal que pueda decirse o escucharse en nuestra época. La novela finalmente apareció con un título algo distinto: Su turno para morir, evidentemente con la intención de atenuar un poco el efecto, de suavizarlo o atemperarlo. "Su turno para morir" es una frase mucho menos terrible y mucho menos fatal que la frase original: "Su turno".

Se dice hotel alojamiento, como si pudiese haber un hotel que no diese alojamiento. Y se dice albergue transitorio, como si hubiese algún albergue, fuera de los cementerios, que pudiese ser definitivo. Lo más usual es decirle telo, palabra que conserva la intención pícara (pícara antaño, en el registro de picardía de las películas de Olmedo y Porcel, y ahora completamente naif) de esconder y de cifrar un hecho con el recurso típicamente porteño de dar vuelta las palabras. Pero telo ha llegado a ser una palabra tan instalada y tan admitida, tan común y tan corriente, que se ha perdido por completo el matiz de subterfugio de quien está hablando al vesre. Un día llegará en que la palabra "hotel" será percibida como la palabra "telo", dicha al revés.

Días y horas

Albergue transitorio. ¿Transitorio respecto de qué? Se supone que de los hoteles generales, que miden su temporalidad con el lapso mínimo de un día entero. Pero es raro que alguien vaya a un hotel y se quede adentro de la habitación durante un día entero. La gente toma su cuarto y sale. En cambio, en los telos, cuando entramos en la habitación, es para permanecer ahí.

¿Cuánto tiempo? El turno standard es de dos horas, pero cada vez más hay promociones que lo extienden a tres horas, o a cuatro, y ofertas para pernoctar incluyendo el desayuno. ¿Qué clase de circunstancias deben darse en nuestras vidas cotidianas para que aceptemos quedarnos durante tres o cuatro horas consecutivas dentro de alguna habitación, fuera de casa, sin salir para nada y no siendo para dormir, renunciando por completo al mundo exterior en cualquiera de sus formas? Que le digan transitorio si les parece mejor, pero es evidente que la de los telos es una de las mayores experiencias de permanencia y de continuidad, de duración y de estabilidad, que podamos vivir en estos días.

El infatigable Tangalanga hacía un chiste feroz: llamaba por teléfono a un telo cualquiera y hablando con el conserje le pedía por una persona en particular. "¿Y digamé, por casualidad no andará el Doctor Ascoaga garchando por ahí?" Era más que una broma telefónica: era un atentado fulminante a la lógica elemental del telo.

Primero porque amenazaba el principio sagrado de la no interrupción. Pero también porque ponía en peligro otro principio no menos sagrado, que es el de la perfecta impersonalidad. Todos los hoteles en algún grado la practican, pero los telos la llevan al paroxismo: ese espacio de anonimato e intercambiabilidad que Marc Augé rastreaba en los aeropuertos se verifica con mucha más perfección en los telos. Por eso los recepcionistas de telo son siempre maestros en el arte de atender sin registrar, mirar sin mirar, decir sin ver. Son ellos los que nos garantizan desde un primer momento la más lograda impersonalidad. ¿Y eso para qué? Para que nos entreguemos de inmediato a la cosa más personal de todas.

TV y espejos

De la cultura de la imagen no hay nada que esté exento; tampoco el telo. El telo es imagen en un sentido tecnológico y en un sentido primigenio: en el telo hay televisión y en el telo hay espejos. La tele puede contribuir perfectamente al efecto de pansexualismo que el telo precisa y promueve, sintonizando los canales precisos. Ese hotel dedicado enteramente a una sola cosa y al que todos los huéspedes concurren para hacer esa sola cosa refuerza esa clase de absoluto cuando uno va, prende la tele y en la tele qué encuentra: encuentra más de lo mismo, un poco más de eso mismo.

Tentarse con el vicio del zapping tiende a ser perjudicial en estas circunstancias: una concesión al poder de la interrupción, una ventana peligrosamente abierta al mundo de afuera.

Pasar por los otros canales puede costar demasiado caro. Basta con que irrumpan en pantalla las caras de los programas que miramos siempre en casa para que se rompa o desvanezca la indispensable ilusión de que no existe nada más en el mundo.

Y a la par de la tele, los espejos. El estadio del espejo y su correspondiente evolución puede rastrearse en versión concentrada y corregida en lo que dura un turno en el telo. ¿Qué vemos en el espejo del telo cuando lo pispeamos un poco? Nos vemos a nosotros: a nosotros mismos haciéndolo. Pero también se lo vemos hacer a esos otros dos, que están ahí nomás. Y por fin vemos cómo esos otros dos que están ahí nomás pispean y nos ven hacerlo a su vez a nosotros.

Borges escribió alguna vez, acaso con error de concepto pero siempre con perfección literaria, que "los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres". ¿Qué decir, entonces, de esta doble abominación, de esta multiplicación al cuadrado, que es la cópula en los espejos? Ni en Tlon fueron capaces de una cosa semejante, ni en Uqbar ni en Orbis Tertius.

Hay un gusto social muy extendido por hacerlo en lugares impropios. Hacerlo en micros de larga distancia, en plazas nocturnas, en cines no muy concurridos, en aulas de facultad. Existe, por lo que se ve, un placer particular cuando se trata de hacerlo en lugares concebidos y empleados usualmente para otra cosa. Ir y hacerlo justo ahí, en el lugar que no es para eso, en el sitio destinado a otra clase de menesteres, aumenta la voluptuosidad.

Un cuarto propio

Pero a fuerza de practicar heterodoxias, al precio de un fuerte incordio no pocas veces brota firme una inquietud muy pertinente: ¿qué clase de lugar no sería a decir verdad para otra cosa, qué clase de lugar no sería finalmente siempre impropio? ¿No lo es acaso también la cama del dormitorio, ese sitio donde dormimos y vemos fútbol, donde convalecemos si hay fiebre y a veces se suben los chicos, ese sitio al que cubre convenientemente el acolchado que regaló mamá?

¿Acaso no es un sitio impropio el sofá del living, donde ayer nomás se sentaron las tías a tomar el té con scones?

¿No lo es la alfombra de la sala, donde el tío mientras tanto se estiró, en razón de que le dolía la espalda?

Entonces no, es al revés, es justo al revés. En realidad, nos la pasamos haciéndolo siempre en lugares absolutamente impropios. La aventura verdadera, por lo tanto, la nueva excepción y la ruptura cabal, radica por el contrario en ir y hacerlo en el único lugar que es propio, y que no son sino los telos. Todo un edificio y sus muchas habitaciones destinados tan sólo a eso. No son telos, ni albergues, ni alojamientos: son cojederos; como tales hay que apreciarlos y hay que entenderlos.

¿Hay algo que esté más amenazado en el mundo de hoy en día que el derecho a un tiempo propio, libre de las interrupciones y el acceso a un espacio específico, donde el lugar y el hacer se confirmen y se refuercen mutuamente? La decadencia de los telos, que prueban las estadísticas, dice mucho sobre el estado social de las cosas.

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