miércoles, 24 de febrero de 2010

Lo audaz de "Avatar" es plantear el paraíso


Se ha criticado el filme de James Cameron por racista, porque el salvador llega de afuera y no es un aborigen. Pero lo que se rechaza es la idea misma de héroe. Quienes sospechan de la convención del final feliz, suponen que uno infeliz es más inteligente, dice el autor.

Por: Pablo De Santis

AVATAR. El discutido filme de Cameron.

Uno de los posibles orígenes de la ciencia ficción es la sátira. Micromegas, de Voltaire o Viaje a la luna, de Cyrano de Bergerac desdeñan la cosmogonía: están menos atentos a las lejanas estrellas que a los vicios de los hombres. La sátira busca los viajes espaciales como antes y después buscó islas desconocidas o países lejanos: o bien toma la mirada de un observador ajeno para juzgar la propia sociedad, o bien proyecta, en un espacio imaginario, los problemas del presente. Pero así como de un viejo sueño recordamos las imágenes, y no los hechos que le dieron origen, así la literatura deja caer como cáscara vacía la intención irónica y quedan las imágenes: la escena de Gulliver atado por los liliputienses permanece en nuestra memoria, no la intención política de Swift.

Esta capacidad de hablar metafóricamente del presente quedó alojada en el corazón de la ciencia ficción. Sus mejores autores (Philip Dick, James Ballard, Ray Bradbury) no presentan mundos absolutamente ajenos en el tiempo o en el espacio, sino que se permiten hablar del presente y de sus posibilidades. En el cine ocurre lo mismo. Aún una película floja como Identidad sustituta (a mí me gustó, pero creo que fui el único) nos habla de los simulacros que nos rodean, y de la diaria huida, por miedo o conformismo, de la vida auténtica. (Identidad sustituta es la inversión de Avatar. En aquella, la mayoría de los habitantes de una ciudad dejan que unos autómatas, más jóvenes y agraciados, vivan por ellos, que los controlan sin salir de sus casas. Es decir, toman un cuerpo ajeno para cumplir con una general falsificación de la vida. En Avatar, en cambio, el héroe toma una identidad sustituta para alcanzar la verdad).

La ciencia ficción es siempre portadora de viejos mitos, incesantemente reescritos. El relato mesiánico, por ejemplo, es una inquietante costumbre de la ciencia ficción. En los filmes de la última década la llegada del elegido se repite. Los indicios sobre el carácter mesiánico de Neo en Matrix (1999) se multiplican y desmienten, hasta que llega la confirmación. En Yo, robot (2004) hay un androide diferente, que acaba por convertirse en líder secreto, salvador de su estirpe. En Soy leyenda, de 2007 (o al menos en la espléndida novela de Richard Matheson que le dio origen), el tema mesiánico aparece invertido, y el héroe solitario es el monstruo de una sociedad enferma.

Se ha criticado a Avatar por racista, porque el salvador viene de afuera, y no es uno de los aborígenes. Esta clase de críticas siempre se repiten frente al cine popular: lo que hay en el fondo es un rechazo a la idea misma de héroe. Yo creo que los defensores de la pureza ideológica aspiran en secreto a que no haya héroes, a que los hombres sólo sean representados grises, anónimos, despreciables. Basta que una película muestre las miserias humanas para que se señale su contenido de verdad. Sospechan de la convención del final feliz, porque creen que la convención del final infeliz es mucho más inteligente.

En cuanto a la transformación del héroe (que en Avatar toma un carácter radical) es un elemento sustancial del mito. El héroe nunca es el que está preparado, el que ha sido entrenado para su misión. Es el inesperado, el insospechado; aquel que escondía su verdadera condición. El héroe aparece señalado por indicios que vienen del fondo de los tiempos, no del presente. El presente lo ignora. En la leyenda artúrica, nadie tiene menos ganas de sacar la espada de la piedra que Arturo, que la arranca sin ningún esfuerzo. En El padrino (1972), el elegido para llevar adelante los negocios de la familia Corleone es Sonny, el guerrero, no Michael, intelectual y patriota; pero en el instante donde se juega el destino del héroe es el hijo menor el que se hace cargo del sangriento legado.

El héroe de Avatar también es inesperado: los científicos lo desprecian porque es un militar, los militares lo desprecian, porque es un lisiado. Deberá encontrar su propio grupo de pertenencia en la tribu azul.

La audacia de Avatar no está tanto en los efectos visuales como en la presentación de un paraíso. Sabemos que las fantasías negativas siempre han sido más poderosas que las positivas. La literatura fantástica es una colección de monstruos, no de ángeles, como lo prueban Frankenstein, Drácula, el señor Hyde y el pobre Gregorio Samsa.

Los clásicos infantiles, como Alicia en el país de las maravillas, Pinocho, El mago de Oz, Peter Pan, o Charly y la fábrica de chocolate apenas ocultan su condición de laberínticas pesadillas. Dante Alighieri dotó a su Comedia de tres ambientes: Infierno, Purgatorio y Paraíso, pero dejad toda esperanza de que los lectores se aventuren más allá de la primera sala.

James Cameron, director de Avatar, tomó el camino difícil al hacer coincidir la maravilla y la extrañeza con lo bueno. Ya lo había hecho en la película El abismo (recuerdo una crítica de Angel Faretta, publicada en la revista Fierro a fines de los 80 y rescatada en su gran libro Espíritu de simetría, donde señalaba el carácter angélico de los habitantes de las profundidades que aparecen al final de aquel filme).

Seguramente El abismo (1989) fue la menos vista de sus películas, y sin embargo en Avatar se permitió volver a una aventura semejante. Si en Titanic había ensayado un hundimiento, aquí prefirió el rescate. Si en Terminator (1984) y Aliens (1986) había derrochado purgatorios e infiernos, en Avatar eligió el paraíso.

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